La prisión del estado de bienestar
El escape de una prisión

Es el síndrome de sobreprotección estatal. Un fenómeno gubernamental por el que los gobiernos se adjudican la responsabilidad de cuidar a sus ciudadanos como niños menores de edad.

Una historia para empezar

Las palabras de Billy Sunday fueron más famosas mucho después de haberlas dicho al entrar en vigor La Prohibición en 1920 en los EEUU. Dijo él que:

«El reino de las lágrimas ha terminado. Los barrios bajos serán pronto un recuerdo. Convertiremos a nuestras prisiones en fábricas y a nuestras cárceles en graneros y molinos. Los hombres caminarán erguidos ahora, las mujeres sonreirán y los niños se reirán. El infierno estará en renta para siempre». old-post-gazette.com

Los resultados, en realidad, fueron otra cosa —como lo muestran datos sobre lo sucedido después:

«Financiación Policía +11.4 millones; arrestos por prohibición +102%; arrestos por conducta desordenada y embriaguez:+ 41%; detenciones de conductores ebrios+ 81%; robos: +9%; homicidios, asaltos y agresiones +13%; número de convictos federales: +561%; población penitenciaria federal: +366% ; gastos totales federales en instituciones penales: +1,000%».

Lo anterior da ocasión para tratar algo que puede llamarse síndrome de sobre protección estatal —y cómo personas con muy admirables miras pueden producir efectos opuestos a los que buscan.

Significado de protección estatal

Es parte de las funciones de gobierno la protección del ciudadano, su persona, sus propiedades, e intereses —es lo que se conoce como seguridad contra el crimen y servicios conexos de policía y tribunales.

Esto suele ser complementado con la llamada protección civil — definida como «un conjunto de actividades que, con apoyo gubernamental, se aplican en la mayoría de los países que tienen como objetivo apoyar a las poblaciones que habitan en zonas vulnerables para hacer frente a los desastres naturales o de carácter antrópico».

La frontera y su rebase

La protección de gobierno, determinada en los dos anteriores niveles, tiene sentido y puede verse como algo razonable. Es cuando esta frontera se rebasa que surge el síndrome de la sobreprotección estatal.

Este síndrome toma una forma concreta en el estado de bienestar que va más allá del tamaño óptimo de un gobierno y que suele expresarse en la frase de un Estado que cuida al ciudadano desde la cuna hasta la tumba.

Es cuando eso sucede que los gobiernos sufren una metamorfosis y pasan a ser agencias de protección universal contra eventualidades y riesgos que puedan alterar el bienestar de las personas.

Ejemplos

Existe el síndrome de sobreprotección estatal en los casos de La Prohibición de bebidas alcohólicas, de la guerra a las drogas, de impuestos para combatir a la obesidad, regular el número de hoyos en los saleros, de regulación de empaques, prohibiciones de fumar y similares.

Esas medidas tiene su clímax en el establecimiento de servicios estatales de salud, de educación, de pensiones, leyes laborales sesgadas, protección en alquileres, créditos blandos, subsidios, aranceles, ayudas a madres solteras, seguro de desempleo, salarios mínimos, control de precios, reparto de condones y otras prácticas similares.

Todas ellas inspiradas en la filosofía de un gobierno que tiene la obligación de remediar cuanto problema se presente en la vida de sus ciudadanos —porque su responsabilidad ya no es de protección, sino de logro de felicidad.

Síndrome de sobreprotección estatal

En las consideraciones siguientes apunto algunas ideas sobre la sobreprotección ejercida a través de la autoridad política.

Subsidiariedad ignorada

En un mundo imperfecto resulta absolutamente lógico que existan problemas —muchos de ellos considerables. Siempre existirán esos problemas, de una naturaleza u otra y atenderlos es una obligación.

El centro del asunto es quién los puede y debe atender, para lo que existe una solución razonable —la del principio de la subsidiariedad: aquel que teniendo la capacidad para hacerlo se encuentre más cercano a la situación concreta.

Bajo ese esquema, el gobierno es el último de los recursos a usar y eso es lo que ha cambiando el síndrome de la sobreprotección estatal —el que establece que el gobierno debe ser el primero es dar solución a problemas de los ciudadanos.

La narrativa

Algunos de esos problemas son concebidos por personas que los narran como asuntos de protección y cuidado —como la protección del consumidor, la del trabajador, de las madres solteras, de los ancianos y demás. Igualmente los narran como protección contra actos y decisiones de la persona misma.

Eso significa protección de dos tipos —el de protección contra actos de terceros, que es concebida como protección de un grupo frente a otro grupo opresor; y el de la protección contra actos propios como la protección contra la bebida, la comida. o las drogas.

Las personas que conciben a los problemas de la sociedad como un asunto de protección operan bajo un marco mental que entiende a los gobiernos como agencias de servicios de protección o terapia.

En el caso de La Prohibición, las personas piden la protección gubernamental contra las bebidas y que toma una forma simple, hacerlas ilegales —algo extraordinariamente similar a la protección contra las drogas.

Una agencia de protección general

Este es el síndrome de la sobreprotección estatal, el de gobiernos con funciones de protección que soluciona problemas personales agrupados en colectividades. Y retiran buena parte de la responsabilidad individual.

Un ejemplo más actual es el de la obesidad —una condición biológica producto de las decisiones propias de la persona que ha decidido comer en exceso y que trata de resolverse por medio de impuestos adicionales a ciertos alimentos, lo que se piensa reducirá su demanda. La autoridad convertida en terapista nutricional.

📌 En las entrañas mismas de este fenómeno está la idea de convertir a la autoridad política en un servicio de protección personal que sustituye las decisiones personales con las gubernamentales —como el impedir fumar dentro de propiedades privadas, o el prohibir el consumo de ciertas sustancias.

La actividad sexual es un caso especial de este fenómeno —donde la autoridad política se vuelve un proveedor de servicios que tratan de resolver sus consecuencias, ofreciendo condones, anticonceptivos, abortos.

En resumen

Se resaltó en lo anterior el síndrome de la sobreprotección estatal, el fenómeno de la conversión de los gobiernos en agencias de servicios de protección/terapia ciudadana.

La protección ciudadana en contra de actos criminales, como robos, se ha expandido a actos como el comer, ahorrar, tener sexo, estudiar, beber y demás —en los que el ciudadano ha perdido libertades para decidir por sí mismo, adjudicándose esas responsabilidades la burocracia.

Esto lleva incluso hasta la imposición de los planes de estudio en las escuelas —bajo la obvia idea de proteger a los hijos de las malas decisiones que podrían tomar sus padres.

Como hijos sobreprotegidos

La gran mayoría de las personas, seguramente todas, desaprueban la sobreprotección de los hijos. La sobreprotección produce infantes caprichosos, consentidos, mal educados, irresponsables, que son incapaces de reconocer responsabilidades.

Basta imaginar a la madre de un estudiante de universidad que ha reprobado un curso y ella va con el profesor. Le explica que su hijo pasa por un mal período, que cortó con la novia, que se siente presionado por la vida, que lo disculpe, que le suba la calificación para lograr el pase.

O al padre que compra al hijo cuanto juguete existe, porque si no lo compra el chiquillo se pone a llorar y patalear, y que llegando a los 16 años, le compra un convertible de lujo.

O el caso de los padres que compran a la hija ropa de marca porque ella se siente mal con sus amigas si no la lleva.

Hay casos en los que las madres se quejaban de demasiada carga de estudios de los hijos, quienes por eso no tenían tiempo para salir por la noche y se sentían estresados con tantas tareas.

Sobreprotección estatal, igual síndrome

Si lo anterior es cierto, resulta sorprendente que la sobreprotección sea aprobada en otra situación. No solo aprobada, sino aplaudida y alabada.

Ahora hay que imaginar que son los padres los sobreprotegidos. Alguien más los protege en demasía: les quita responsabilidades, hace las tareas en su lugar, les regala lo que piden, los cuida en exceso, cumple con sus caprichos.

¿Qué efectos tendría eso en los padres? Los mismos que se producen en los hijos.

Si la sobreprotección de los hijos los torna en seres irresponsables, parece razonable que el mismo efecto se tenga en los padres si alguien les da el mismo tratamiento de sobreprotección.

Serían ahora los padres quienes terminarían siendo mal educados, vanos, irresponsables, perezosos, egoístas, libertinos.

¿Puede alguien sobreproteger a los padres? Sí, puede alguien hacerlo. Podría tenerse el caso de, por ejemplo, el abuelo extremadamente controlador que toma las decisiones por los demás y los cuida de lo malo que realizan.

El agente de la felicidad

Les da regalos, obsequios. Les reduce precios de lo que compran, los lleva al médico, a la escuela, les da casas, les dice lo que deben ahorrar, lo que no deben comer.

Les da útiles escolares, les pone espectáculos para que se diviertan, les repara sus casas. En fin, los cuida y protege de lo que les puede hacer infelices.

Por supuesto, el efecto es el mismo que en el caso de los hijos, del síndrome de la sobreprotección estatal. Allí la gente sentirá que tiene derecho a todo y deber de nada, igual que el hijo caprichoso.

Serán ciudadanos que se sentarán a esperar que otro resuelva sus problemas, que otro los saque de apuros, que otro haga las cosas por ellos. Igual que los hijos consentidos harán rabietas en forma de marchas callejeras exigiendo derechos, pidiendo lo imposible.

Por eso es que llama la atención que la sobreprotección que tanto se critica en el caso de los padres con los hijos reciba aplausos cuando se trata de la sobreprotección de los gobiernos con los ciudadanos.

La misma cosa es considerada reprobable y deseable al mismo tiempo, sin admitir que en las dos instancias es mala.

En el caso de las familias se les llama padres sobreprotectores. En el caso de los ciudadanos se les llama estados de bienestar —y son esos que, como los padres, queriendo hacer felices a los hijos los convierten en seres infelices e incapaces.

Y unas cosas más para los interesados…

Conviene profundizar el tema con al menos una de estas ideas:

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