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Economía para Desencantados
Selección de ContraPeso.info
2 agosto 2006
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto de Everardo Elizondo, a quien agradecemos el permiso de reproducción. Se trata de la spalabras proniunciadas durante la presnetación del libro Economía para Desencantados, de Maanuel Sánchez González.

En México, al parecer, todo mundo entiende de economía. Al menos ésa es la opinión que cualquiera deriva de Economía Mexicana para Desencantadosleer los periódicos, donde casi no hay día en que un cronista, un líder sindical, una columnista de sociales, un político o un editorialista nos ilustren sobre tal o cual de los grandes problemas económicos nacionales … y muy a menudo nos ilustren también sobre su “solución evidente”.

Cuando me topo con semejantes audacias, no puedo dejar de recordar a J.L. Borges hablando de política.

Al respecto, decía el gran escritor argentino: “Es absurdo suponer que todo mundo puede opinar de política. De política entenderán algunas personas, entre las cuales hasta podríamos incluir a algún político”.

Algo muy parecido debe decirse acerca de la economía, con todo respeto para Borges. Es absurdo suponer que todo mundo puede opinar sobre economía.

De economía entenderán algunas personas, entre las cuales hasta podríamos incluir a algún economista. Manuel Sánchez es, sin duda, uno de esos economistas.

Después de incursionar con éxito en la academia y en la empresa privada, Manuel decidió probar suerte en el periodismo, para encanto nuestro —a pesar del título de su libro.

En esta obra que ahora me honro en comentar se recogen y ordenan los artículos que Manuel ha publicado en Reforma a lo largo de los últimos años. El texto cubre muchos temas que pueden parecer dispares, pero los uniforma una tesis fundamental: aquella que sostiene que la libertad individual es un elemento poderoso, al que conviene dejar operar en aras no sólo de la eficiencia sino también de la equidad.

Para que funcione bien la relación voluntaria entre las personas —vale decir, para que funcionen bien los mercados libres— es indispensable que exista un marco de referencia —un marco institucional— adecuado. ¿Qué quiere decir tal cosa?

Básicamente, lo siguiente: que los agentes económicos privados deben tener la certeza de que el grueso de los frutos de su trabajo, de su ahorro, de su asunción de riesgos no será confiscado arbitrariamente por el estado, por los criminales o por los monopolios. En otras palabras todavía, que los derechos de propiedad deben estar bien especificados y ser respetados estrictamente.

Por cierto, Manuel dedica el Capítulo IX de su libro a tratar la cuestión de la inflación y la política monetaria. El tratamiento del tema es impecable. Tanto así, que me hubiera  gustado escribirlo yo mismo. O, cuando menos, firmarlo.

La estabilidad de los precios se inscribe dentro del tema de los derechos de propiedad. Esto, por la sencilla razón de que la inflación es una forma tan cierta de confiscación del patrimonio de la población como lo es la estatización más flagrante de los activos tangibles, digamos la tierra. (De hecho la inflación tiene la dudosa ventaja de ser bastante más sutil).

A este respecto, resulta cuando menos curioso la insistencia de algunos “progresistas” en criticar los esfuerzos de desinflación realizados por el Banco de México. Y digo curioso porque los mismos críticos se autodefinen como preocupados por “la cuestión social”, como defensores de los más pobres de nuestra sociedad.

La ironía consiste en que son precisamente los pobres los más afectados por la inflación. Manuel logra un acierto más cuando en su texto pone en evidencia esta incongruencia de muchos comentaristas.

Para ser precisos, Manuel señala las incoherencias reiteradas de dichos “opinadores” en más de un sentido. Por cierto, apenas esta semana me tocó escuchar otra vez una de ellas. Me refiero, por un lado, a la noción de que “el peso está demasiado fuerte” y, por el otro, a la idea de que “el Banco de México ha acumulado reservas internacionales en exceso”.

Manuel tiene razón, desde luego, cuando señala, al estilo “friedmaniano”, que la inflación es un fenómeno fundamentalmente monetario y que el Banco Central siempre puede abatirla. Pero, en todo caso, creo que sobre este particular conviene enfatizar algo: en la práctica, ningún programa de estabilización puede ser exitoso sin estar apoyado en finanzas públicas sólidas.

La cuestión es en realidad bastante simple, y se inscribe en el ámbito de la “economía política”. Un gobierno que incurre repetidamente en un déficit presupuestal, amplía por ello mismo sus pasivos. Cuando tal endeudamiento encuentra su límite en la capacidad de absorción voluntaria de los particulares (nacionales y extranjeros), se genera de inmediato una presión —que tiende a crecer sin remedio con el paso del tiempo— para que sea el Banco Central quien financie el desequilibrio.

Esta demanda puede originarse en todos los sectores de la población afectados por el alza del costo del crédito, y termina por ser insoportable.

Por tanto, a mi parecer, en el largo plazo “la piedra de toque” de la estabilidad de los precios es la fortaleza de las finanzas públicas. Manuel eleva esta noción a la categoría de una primera lección en lo que toca al combate de la inflación. No puedo estar más de acuerdo.

Desde luego, la anterior no es la única lección atendible, ni la reforma tributaria es la única reforma necesaria. En este ámbito, no sobra recordar la recomendación de un distinguido economista norteamericano (Gordon Tullock): “Quienes se ocupan de formular propuestas de política económica, deben escoger los argumentos que conduzcan con más probabilidad al resultado deseado, no los argumentos más elegantes. El mejor razonamiento económico no es siempre la mejor herramienta política”.

Este no es un consejo cínico, es simplemente el recordatorio de que “las cosas” suceden en la arena que los antiguos llamaban con propiedad “political economy”, no simplemente “economics”.

Por cierto, me alegra mucho que Manuel no se haya conformado con la opinión provocativa de un extraordinario profesor de la Universidad de Chicago. Me refiero a George Stigler y a una tesis que data de 1983. Según Stigler, y cito a la letra: “Los economistas ejercen una influencia menor y apenas perceptible en las sociedades en las que viven”. Stigler repitió este punto de vista en un pequeño libro de ensayos titulado “The economist as a preacher”.

Alguna vez tuve la sospecha de que las tesis de Stigler no eran otra cosa que una “puntada intelectual” —una más de sus famosas “puntadas intelectuales”. Sin embargo, más tarde las aprecié como lo que son: un intento (quizá no tan sutil) de ridiculizar la ínfulas de sus colegas, y de evitar que el grueso de la comunicación económica se limitara a la enseñanza en las aulas, o al intercambio de opiniones sesudas, pero inocuas, en las páginas de las revistas especializadas.

Porque lo cierto es que, en el mundo real, quienes tienen peso decisivo sobre el diseño y la puesta en práctica de la política económica son por lo común legos en asuntos económicos, no son economistas profesionales. Y no es infrecuente que cuando los tomadores de decisiones acuden a buscar el consejo de los economistas, realmente quieren sólo una validación de sus prejuicios.

Así pues, para influir de verdad sobre la naturaleza y devenir de las instituciones económicas; sobre el contenido y evolución de la política económica; y, en fin, sobre el progreso económico de la sociedad, es absolutamente indispensable participar en el debate público, en la confrontación de las ideas o, por decirlo de otra manera, en la “vulgarización” rigurosa de los principios económicos.

Para una tarea así, se requieren al menos dos cualidades: dominio de la disciplina y dominio del idioma. Manuel reúne sobradamente esas dos características.

Los artículos de Manuel nunca han buscado ganar la simpatía o la aprobación de sus lectores. Su propósito, a mi juicio, ha sido otro y más importante: el esclarecimiento de las ideas y de los hechos. Muy a menudo flotan en el ambiente nociones contradictorias, que en apariencia no causan mayor daño.

El problema es que tales concepciones chocan cuando se transforman en acciones, provocando entonces enormes perjuicios. Una de las tareas que se impuso Manuel en sus escritos fue detectar a tiempo tales incoherencias, a sabiendas del peligro que encierra el dejarlas campear sin reto.

No alargo más estos comentarios que, por supuesto, no hacen entera justicia al espléndido trabajo de Manuel.

Termino simplemente con una felicitación reiterada y también con una reflexión personal. Después de muchos años de experiencia profesional, me parece que en nuestro campo no puede darse por sentado que una vez que se ha establecido una noción como verdadera, quedará así para siempre.

Las malas ideas económicas tienen una perversa capacidad para revivir. Cada nueva generación de ciudadanos plantea la necesidad renovada de persuadirla de las bondades de acatar los principios fundamentales de la ciencia económica. Por ello, espero sinceramente que Manuel retome la pluma y el foro, y que pronto veamos una nueva colección de sus puntos de vista, de sus críticas, de sus luces. Es obvio que las necesitamos.


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