Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Millonarios de Francia
Eduardo García Gaspar
18 septiembre 2006
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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Un artículo reciente provee información interesante porque con ella podemos aprender lo más importante que existe, al menos según un amigo.

Decía él que la administración es una ciencia que debía concentrase en evitar las tonterías (él usaba otra palabra), con lo que los aciertos se dan espontáneamente. Francia, en este caso, nos sirve de ejemplo.

Ejemplo de lo que no debe hacerse. Pero comencemos por el principio. Antes que nada, la columna señala que el crecimiento económico de Francia, según las últimas cifras reportadas, fue de 1.1 por ciento.

Es la cifra mayor en cinco años y muestra un desempeño en verdad decepcionante. En la superficie parece que Francia comienza a despertar de su largo aletargamiento.

No necesariamente. La columna lo intenta probar con datos adicionales. La prensa americana publicó un reportaje en el que se señala que un estudio del gobierno francés concluyó que cada día un francés sale de su país, un francés millonario que va a países más amigables con sus recursos.

Se narra un caso, el de un francés que emigró.

Emigró a Bruselas, donde abrió un negocio que genera ahora unos 32 millones de dólares. Salió de Francia porque debía pagar impuestos por dos y medio millones por tener valores que no podía vender después de vender su empresa y retirarse a los 34 años.

La primera impresión es la inexacta: el gobierno francés pierde ahora los impuestos que esas personas estarían pagando, pero eso es lo de menos.

Toda Francia está perdiendo el valor del trabajo de quienes salen de ella para trabajar a otras partes. Por eso no sorprende otro dato. El 42 por ciento de los trabajadores sin empleo no pudieron encontrar trabajo en un año.

La misma cifra en los EEUU es 13 por ciento. Igual, el porcentaje de personas que inician un negocio es cinco veces mayor en EEUU que en Francia.

La lección inmediata es sencilla de comprender: las tasas de impuesto pueden impedir el crecimiento al crear incentivos negativos entre quienes abren negocios y son, por eso, motores de la economía.

En Francia pueden irse a Bélgica u otro país. En México, se van a la informalidad a la economía subterránea y así operan bajo condiciones que les impiden crecer. Y quienes no abren negocios, pero quieren trabajar honestamente, salen del país.

El resultado es la pérdida del talento empresarial y del trabajo esforzado.

El gobierno mexicano pierde los impuestos que hubiera cobrado a esos dos, trabajadores y empresarios, pero lo importante es que el país entero pierde los beneficios que ellos hubieran logrado en el país.

El problema es serio y el caso de Francia apunta en la dirección correcta: la intervención estatal es demasiado grande y crea esos incentivos negativos, de tal magnitud que fuerza a las personas a ir a otras partes.

Es costumbre arraigada de los últimos años culpar a la administración de Fox por la salida de mexicanos que ilegalmente trabajan en EEUU y otras partes.

Tienen razón, las políticas económicas de este gobierno son las equivocadas, como también lo han sido las de administraciones anteriores por tener los mismos resultados: economía informal y emigración de trabajadores.

¿Dónde está la causa del problema? El caso francés da una pista segura: en la intervención exagerada del gobierno. Tanta que termina por ahogar a la actividad económica.

Los impuestos mexicanos son complicados y elevados, abrir un negocio es caro y tardado, contratar trabajadores es gravoso y difícil, la inseguridad eleva los costos de producción, la corrupción también.

No es sorpresa que cuando se ponen tantos obstáculos a quien sólo quiere trabajar, la persona opte por la solución mejor: operar dentro de la informalidad o irse a otras partes, en las que, paradójicamente, la ley laboral brinda mucha menor “protección” a los trabajadores.

Y es que aquí como en Francia sucede lo mismo.

Tenemos gobernantes y legisladores que todo lo que saben hacer es estorbar al que quiere trabajar. Creyendo que sus disposiciones protegen al trabajador, producen emigración y economía subterránea.

Pensando que las empresas deben pagar muchos impuestos, cancelan la creación de empleos. Lo que prueba que de propaganda saben mucho y de economía, nada.

POST SCRIPTUM

• La columna a la que me refiero es de Nima Sanandaji, fue publicada el 30 de agosto de 2006  y puede ser leída aquí.


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