Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ni es Justicia…
Leonardo Girondella Mora
23 mayo 2007
Sección: DERECHOS, Sección: Análisis
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Cuando las palabras dejan de tener significado, termina toda posibilidad de razonar —de nada puedo conversar sobre un tema cualquiera cuando tanto la otra persona como yo tenemos distinta idea de ese tema. Peor aún es la situación en la que ambas personas creen que hablan de lo mismo pero en realidad tienen ideas distintas sobre el significado de las palabras que usan.

Una de esas palabras o expresiones que son usadas por muchos, sin saber bien a bien lo que significa, es la de justicia social —puede significar una cosa para mí, otra para mi interlocutor, y de eso podemos o no darnos cuenta él y yo. Pero la usamos, además, por una razón: sea lo que sea que ella signifique, da un aire de aprobación a lo que decimos.

Examinando algo más esa expresión puede quizá verse el siguiente panorama de personas:

• Quienes no la comprenden pero asignan a ella una connotación positiva —es algo bueno que implica una vaga obligación de que algo debe hacerse.

• Quienes la aprovechan como un instrumento de justificación de alguna acción, la que sea, que sienten que se hace por un sentido moral —mantiene su vaguedad, equivalente a decir que una acción es buena porque es positiva añadiendo un sentido de obligación.

• Quienes la usan en un sentido que la comprende como una obligación moral aplicable en campos relacionados con la sociedad y los grupos que la forman —especialmente en cuestiones de igualdad y pobreza.

De lo anterior, derivo dos riesgos inclementes inherentes de la expresión justicia social.

Uno es el riesgo de la vaguedad. Sin una precisión razonable de los términos empleados en una análisis, será imposible sacar provecho de ella y lo más probable será llegar a conclusiones erróneas. Pero esa vaguedad estará rodeada de signos de aprobación positiva y entusiasta que promoverá las acciones erróneas basadas en términos vagos.

El segundo riesgo es el de la conclusión lógica que la práctica ha mostrado: cuando algo se justifica como de justicia social no existe un claro y predeterminado sujeto obligado a actuar —se establece una obligación que en realidad nadie sabe con precisión quién la tiene. Subyacente a esto es la hipótesis de que alguien lo debe hacer y que por eliminación no existe otro obligado más que la autoridad política.

Debe insistirse en esto último. La vaguedad y el sentido de obligación acarreados en esa expresión son canalizados a una presión de acción que es a su vez canalizada a justificar mayor intervención gubernamental —muy marcadamente en aspectos concretos que tienen como meta la igualdad entre grupos dentro de una sociedad, justificando políticas como el uso de herramientas fiscales redistributivas, subsidios y otras acciones del sector público.

Entre paréntesis, existe una potencial contradicción entre esa expresión y la preocupación por la igualdad: la justicia significa en buena parte dar a cada quien lo que es merecido, una acción que lleva a la igualdad de trato pero no a la igualdad de lo merecido.

Regresando a la consecuencia del uso de la expresión, es decir, a la mayor intervención estatal, debe señalarse que la justicia social tiene un uso muy favorecido entre los proponentes del socialismo —no hay sorpresa aquí. Pero sí es admirable que la expresión sea favorita de personas con opiniones muy alejadas del socialismo —son las que muestran gran tribulación por causa de alguna situación a la que consideran indeseable y que, sin gran esmero, acuden a la expresión para dar una mejor aura a su reclamo.

Buena porción de la confusión al respecto de justicia social es la transferencia de responsabilidades del individuo a la sociedad —es muy sencillo comprender lo que es una obligación personal, como la de los padres para atender las necesidades de los hijos y similares. Las personas tienen obligaciones como individuos, uno por uno, y no como grupo. Si los conductores de autos tienen obligación de conducir con prudencia, la obligación es perfectamente trasladada a cada uno de los conductores —con el grupo sirviendo únicamente de referencia para identificarlos.

Los deberes impuestos por la justicia son con sencillez asignados a las personas —quien recibe un pago por un servicio a prestar tiene la obligación de realizar ese trabajo, y pagarlo quien lo recibe. La justicia aterriza en las personas concretas, pero cuando algo es llamado justicia social ese aterrizaje ya no es concreto —¿quién es el obligado específico cuando algo es de justicia social? Ante la imposibilidad de una respuesta clara, por eliminación se llega a creer que el obligado es el gobierno, todo rodeado de una imagen positiva general.

La transferencia de la obligación moral al gobierno va acompañada de la correspondiente cesión de la obligación personal —la persona, gracias a la justicia social, tiene licencia para renunciar a sus obligaciones y abandonar su cumplimiento en manos de la autoridad. Por tanto, el resultado neto de la popularidad de la justicia social es el incremento del intervencionismo estatal y el decremento de las responsabilidades personales.

Una expresión vaga, como ésa, sin siquiera ser percibido, produce la adopción de políticas económicas fallidas y el socavamiento de la moral personal —ya no hay razón por la que debo preocuparme de ayudar a los demás, dice el hombre de la calle, pues hacer eso es una función del gobierno, es de justicia social.

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La justicia social, y con esto regreso al paréntesis que abrí antes, es asociada casi siempre con cuestiones de igualdad —la ecuación implícita que establece la justicia social es que la desigualdad es igual a injusticia, desigualdad material concretamente, para terminar connotando que la pobreza es opuesta a la justicia social. La concreción consecuente de esta manera de ver las cosas fomenta la aplicación de políticas redistributivas de riqueza y justificadas ampliamente por eso, por ser de justicia social.

La aplicación de esas políticas redistributivas de riqueza por medios gubernamentales tienen un récord fallido y tal vez bastaría eso para intentar buscar otros remedios —pero aunque tuviesen éxito, ellas están violando el mismo principio que intentan defender, el tratar a todos por igual. Es claro que una medida redistributiva no lo hace: toma por la fuerza recursos de un grupo para otorgárselos a otro y por eso es que no puede haber igualdad; si la hubiera, no podría quitársele nada a ningún grupo.

Es evidente, por tanto, que la idea que se encuentra detrás de la justicia social no se refiere a brindar un trato igual a todos, sino una que desea hacer a todos iguales en sus posesiones, o al menos elevar las posesiones de los más desprotegidos hasta un nivel que se considere adecuado, cualquiera que éste sea. De aquí que entonces sea ya posible ver con más claridad el problema intrínseco de la justicia social, el querer lograr un resultado percibido como justo o igualitario utilizando medios injustos.

En un juicio penal, por ilustrar el punto, la persona acusada debe ser tratada de manera justa, es decir, igual a cualquiera otra persona sin importar si ella es hombre o mujer, rica o pobre, joven o vieja —la imagen de la justicia vendada de los ojos bien ilustra esta idea. Pero, a pesar de ese principio de justicia, la justicia social solicita el trato desigual de un tipo de persona, la que se juzga que tiene abundancia de recursos para transferirlos a quienes se juzga que poseen escasez de ellos. La contradicción es clara, aunque ella no haya sido lo suficientemente explícita.

Incluso yendo a la acepción común de justicia, la de dar a cada quien lo que se merece,  se llega a tener problemas: si es de justicia dar a cada quien lo que merece, no puede ser de justicia quitarle a nadie lo merecido —la única justificación aceptable sería la del caso en el que un sujeto tuviera posesión sobre algo inmerecido, que pudiera haber sido obtenido por medio de un robo tal vez, o de un acto ilegal como vender drogas prohibidas. La justicia social se adentra en los terrenos de lo merecido dictando un veredicto cuestionable: los que tienen “mucho” no lo merecen y los que tienen “poco” merecen lo que tienen los primeros.

Desde luego, el punto de la justicia no es en forma alguna dependiente de si se tiene un cierto monto de posesiones —su principio es ciego, dar a cada quien lo que merece sin importar de quién se trate.

El panadero que tiene éxito en su negocio debido a la preferencia de sus clientes resulta una imagen adecuada de justicia a secas: el merecimiento del panadero está reconocido en la conducta de sus clientes, los que lo favorecen. Si el panadero llega a acumular una gran fortuna de esa manera, ello sería una manifestación de justicia, dándole lo que se merece ante el beneficio que brinda a sus tal vez decenas de miles de clientes.

Se llegaría una situación terriblemente injusta si se retira al mencionado panadero lo que merecidamente ha ganado por medios válidos y legítimos. Del otro lado, puede considerarse la situación de otro personaje, el del vago perezoso que vive malamente: su situación será merecida también y en ello no difiere del caso anterior. Las dos serán vistas como justas por merecidas —lo que permite, entonces, percatarse de la mal expresada idea que contiene la justicia social, la del merecimiento.

Es una buena entrada al tema del merecimiento el caso del heredero de la gran fortuna del panadero, su hijo, tal vez en nada responsable de esa fortuna —¿será justo que reciba tal fortuna que no fue su creación? Planteada así la duda, lo que a ella se conteste tenderá a ser negativo, no, no lo merece porque ese hijo nada ha hecho para lograrla, se trata de una herencia.

Pero planteada de otra manera, la respuesta cambia. No se trata de si merece el hijo la fortuna, sino de que una fortuna merecida por su creador es cedida por su legítimo dueño a quien él ha decidido —una situación preferible a la de que el gobierno sea quien nombre al beneficiario de toda o partes de esa fortuna sin que intervenga la voluntad de quien la ha creado.

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La justicia social, se ve con claridad, corre entre contradicciones y sin sentidos reclamando transferencias de recursos intermediados por el gobierno —un proceso que contiene peligros inherentes de corrupción, nepotismo y favoritismo que lo debilitan en su implantación.

Pero aunque esas malas prácticas pudieran esquivarse, se mantiene el defecto de principio: la justicia social aplicada al remedio de la desigualdad requiere realizar actos injustos, concretamente el quitar a alguien lo que le es merecido para intermediarlo y otorgarlo a alguien que no lo merece.

Se vuelve al tema del merecimiento, el que conviene sondear desde otra perspectiva. No tengo duda de que los motivos ulteriores de todo partidario de la justicia social son comprensibles: existen situaciones de pobreza que llaman a la acción, es decir a su solución —la más pequeña de las sensibilidades humanas es suficiente como para ver esos niveles de pobreza y querer hacer algo al respecto. Lo que la justicia social quiere hacer, sin embargo, no es lo correcto, como he explicado antes.

La justicia social, por tanto, crea un efecto colateral dañino: al poner énfasis en una solución redistributiva, con todas sus fallas, obstaculiza la búsqueda de otras soluciones mejores. La solución distributiva es en extremo superficial, de efectos inmediatos pero no duraderos —es posible especular sobre un escenario extremo, el de la distribución absolutamente igualitaria de todo los recursos de la tierra de tal manera que nadie posea más que el resto.

Implantar este escenario posee problemas serios, de solución imposible, como el reparto de iguales porciones de tierra, y que crearían desigualdades entre quienes reciban tierras en regiones fértiles y quienes las reciban en algún desierto. Pero lo vital será observar que partiendo de iguales recursos poseídos al inicio, tiempo después esa igualdad habrá desaparecido por los diferentes desempeños de las personas.

El problema queda, pero la solución de la justicia social se abandona por incongruente —¿qué hacer? Apuntar una dirección aconsejable, primero, definir el problema distinguiendo entre desigualdad y pobreza. No son lo mismo.

Las desigualdades son relativas, la pobreza es absoluta y contiene más potencial de solución su enfoque, ya que en el plano final no es una cuestión de hacer a todos iguales en su monto de recursos poseídos, sino de elevar los ingresos y fortunas de quienes ahora carecen de ellos. Hablar de desigualdad, por tanto, es una buena forma de llamar a acciones inmediatas y llamativas, pero una mala manera de atender el problema de fondo.

Es mejor y más prometedor enfocar el problema de la pobreza y hacerse la pregunta más básica que se puede, la de qué es lo que causa la pobreza —una perspectiva que complementa la visión más ortodoxa del tema, la de qué es lo que causa la riqueza.

Si lo que permite elevar los ingresos personales son los intercambios con otras personas, es de mera lógica el elevar el valor de esos intercambios: si un mozo limpia un piso manualmente, ese mismo trabajo puede hacerse más productivo y valer más aumentando la preparación del mozo y usando herramientas más eficientes —limpiará más pisos, mejor y en menos tiempo. Al ser más productivo ganará más que antes.

Esto permite arrojar luz sobre la causa de la pobreza: quien es pobre lo es porque no tiene la capacidad de ofrecer productos y servicios valorados por el resto. El mozo sin herramientas ni preparación realiza un trabajo que cualquiera puede hacer y resulta natural que reciba un ingreso bajo en relación a casos en lo que sucede lo opuesto —el neurocirujano de experiencia con años de preparación y rodeado de instrumental, instalaciones y recursos. La solución a la pobreza debe ser ya muy aparente.

Se trata de acumular capital —capital humano y físico que eleve el valor de lo que cada persona puede realizar y ofrecer al resto. Esta vía de solución es más directa y profunda que el enfoque superficial de quien simplemente habla de justicia social y con ello justifica medidas de efectos contrarios a los deseados.

La justicia social no es justicia ni es social, sino una expresión vaga que distrae a la mente de las soluciones reales.


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