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Libertad De Una Naranja Mecánica
Selección de ContraPeso.info
5 enero 2009
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea Carlos Goedder. Agradecemos a CEDICE, en Venezuela, el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es un examen de la película de Kubrik, A Clockwork Orange.

La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange) es una obra polisémica [con pluralidad de significados] y una de sus múltiples lecturas es interpretarla como un elogio a la libertad humana. El empaque de la película, dirigida y producida por D. Stanley Kubrick en 1971, es visualmente sobrecogedor. Un contraste de colores deslumbrante, imágenes veloces y ambiente onírico.

Todo parece transcurrir dentro de una esas pesadillas que ocurren entre el final de la noche y el amanecer, cuando se insertan algunos fragmentos lógicos en el delirio. La música, arreglada por el innovador teclista Walter (actualmente Wendy) Carlos refuerza la mezcla de futurismo y barroco (la pieza Timesteps y el tema principal basado en Purcell son emblemáticos.)

Hay una sórdida mas exhuberante decadencia en La Naranja.

El hilo argumental es esencialmente éste: Alex, un joven que vive en los suburbios de la ciudad, sale en la noche con sus amigos a sembrar el terror, en peleas callejeras, agresiones sexuales y robos. El grupo se deleita en la “ultraviolencia” y sus crímenes distan de responder a la necesidad material.

Alex es hijo único y mimado, con acentuado deleite por la música (especialmente Beethoven)… y la maldad. Tras un asesinato —que se encuentra entre las escenas más estremecedoras de crimen jamás filmadas—, Alex es encerrado en prisión. Allí se ofrece como voluntario para la “técnica de Ludovico”, un método científico mediante el cual se consigue crear un malestar químico insoportable en el organismo de quien practica la violencia.

El Estado apoya esta propuesta, mezcla de psicología, alquimia y electrónica, que en dos semanas consigue convertir a Alex en un ser incapaz de hacer algo malo. El simple intento de agredir a alguien le enferma tanto que sólo puede “dar la otra mejilla” a quien le ataca. Al volver a circular por las calles, técnicamente curado, Alex enfrenta la agresión de sus antiguas víctimas.

Se trata de un auténtico descenso al infierno. Incluso sufre un terrible efecto colateral de la técnica Ludovico: sufrir al oír su adorada música, quizás la tortura más cruel que pueda aplicarse a un melómano. Al final Alex opta por un intento fallido de suicidio. El Estado le protege, puesto que es la imagen publicitaria del nuevo programa para regenerar a criminales.

Mientras se recupera en el hospital, Alex empieza a recobrar sus preferencias iniciales y esto se manifiesta cuando el Estado le regala un equipo de sonido. El actor que encarna a Alex, Malcolm McDowell, se deleita en su cuarto de hospital escuchando la Novena de Ludwig van.

Y allí acaba la película de Kubrick. Es una adaptación de un proyecto más vasto. El guión se fundamenta en la novela homónima de D. Anthony Burgess (1917-1993). La cinta suprime un capítulo que para Burgess era muy querido, el capítulo 21, que había quedado sin publicarse en la edición estadounidense de la obra (El original británico es de 1962.

La versión en castellano que empleo sí incluye el Capítulo 21 y una introducción del propio Burgess que cito (“La naranja mecánica exprimida de nuevo”). La referencia es: BURGESS, Anthony. La Naranja Mecánica.  Traducción de Aníbal Leal y Ana Quijada. Ediciones Minotauro, 2005). La defensa que hace Burgess de este capítulo es un síntoma de la validez que tiene analizar La Naranja Mecánica como una apología de la libertad:

“El Capítulo 21 concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. (…) Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando sólo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría”.

O bien entra en el género del terror. Esta facultad humana de la transformación cotidiana es la piedra en el zapato que siempre tendrá todo intento totalitario. Ningún Estado, Dictadura o Institución es suficientemente poderosa como para apagar la capacidad humana de decidir. Es en la elección que reside la condición humana y por tanto ética de la libertad. Alex proclama en la obra, usando su jerga adolescente “nadsat” — un inglés de raíces eslavas inventado por Burgess—:

“… Los vecos [individuos] del gobierno y los jueces y las escuelas no pueden permitir lo malo, pues no pueden admitir el yo. ¿Y acaso nuestra historia moderna, hermanos míos, no es el caso de los bravos y malecos yoes peleando contra esas enormes maquinarias?”

Quien más defiende la libertad en la obra de Burgess y en la película es el sacerdote de la prisión. Es un acierto tremendo. El cristianismo es, fundamentalmente, un elogio del ser humano como elector consciente.  Al capellán corresponde esta frase inquietante, dirigida al prisionero Alex:

“Ser bueno puede llegar a ser algo horrible. Y te lo digo sabiendo que quizá te parezca una afirmación muy contradictoria. Sé que esto te costará muchas noches de insomnio. ¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien”.

El título de “naranja mecánica” corresponde a la obra que escribe un desafortunado panfletista agredido por Alex. Burgess rescata este rótulo perdido entre las páginas de su propia novela y lo convierte en topónimo para el mundo ficticio que crea. Cuando justifica tal elección, Burgess señala:

“… Por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyendo a los dos) le dará cuerda”.

El escritor ficticio de la Naranja Mecánica  reafirma: “El hombre que no puede elegir ha perdido la condición humana”.


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