Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Quiero un Empleo Aquí
Eduardo García Gaspar
1 septiembre 2009
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
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El hombre, que se encontraba sim empleo y vivía de lo que su hermano le daba, exclamó con total convicción,

“Es un imperativo moral, universalmente aceptado en nuestros tiempos, que todo hombre tiene derecho a trabajar”.

Se lo dijo precisamente a su hermano, rogándole que lo le diera un trabajo en la exitosa empresa de éste. La respuesta del hermano fue directa, contestó que si alguien tiene derecho al trabajo, significa que no se le debe detener, que trabaje. Le sigue respondiendo,

“Ejerce tu derecho al trabajo. Toma tu trabajo de entre las hierbas entre las que crees que crece”.

El diálogo es duro, porque se da entre hermanos. Uno, un empresario exitoso, innovador, independiente, esforzado. El otro, incapaz, sin preparación, perezoso y, peor aún, un severo crítico público del éxito de su hermano, a quien ha acusado de ser un comerciante sin escrúpulos interesado sólo en su beneficio personal.

Aunque la situación narrada en una célebre novela es ficticia, tiene mucho de real y aplicable en estos tiempos. Entre la siempre creciente lista de derechos humanos suele incluirse ese, el del derecho al trabajo. No es malo en sí mismo. Lo horrendo es la interpretación que se le ha dado.

En una mente razonable, el derecho a trabajar significa libertad de emprender e impone en los demás respetar esa libertad. Si usted quiere abrir una empresa, o buscar un empleo en alguna de ellas, usted tiene la libertad de hacerlo sin que los demás la obstaculicen.

Y, más aún, los beneficios que usted obtenga son suyos, los ha ganado con su esfuerzo, nadie se los puede quitar. No es algo complicado de entender y tiene sentido.

Pero ha sucedido algo terrible: se ha distorsionado esa libertad de trabajo para convertirla en una aberración, que es la que se describe en ese diálogo. El que no lo merece se siente ahora con derecho a exigirle a otros un trabajo. Es una distorsión de planos. Según esto, el que ejerce su libertad de trabajo y lo hace bien, debe aceptar dar trabajo a los que se lo exigen.

Esa distorsión es tan absurda que ha tenido que ser disfrazada. Lo explico.

Si el derecho al trabajo quiere decir que alguien tiene la obligación de darme empleo, entonces Steve Jobs en Apple tendría que aceptarme como un empleado suyo en el área que yo decida. No, no exagero, eso es lo que significaría tal derecho al trabajo en su interpretación distorsionada.

Ya que es tan ridícula y sujeta a ser un objeto de burla, el derecho al trabajo ha pasado a ser una función estatal, una responsabilidad de gobierno. Y lo intenta hacer. En un mundo de sentido común, General Motors, no hubiera recibido apoyos de gobierno, pero los recibió y seguirá haciéndolo. Buena parte de la razón es mantener esos empleos en una empresa ineficiente.

Si usted se sintiera conmovido ante la pérdida de empleos de General Motors, en caso de cierre, antes de decidirse a aprobar las dádivas gubernamentales para preservar esos empleos, considere esto. Las ayudas de gobierno están formadas por recursos tomados de empresas sanas, productivas, exitosas en donde trabajan empleados capaces, que ahora contarán con menos recursos.

Es decir, para evitar la pérdida de empleos en una empresa ineficiente lo que se ha hecho es afectar a empresas productivas que hubieran creado o mantenido sus empleos. El costo de mantener empleos en una empresa fracasada es por definición pagado por empresas exitosas. La protección de unos empleos significó la pérdida de otros empleos.

Por supuesto, el observador superficial, motivado por los mayores sentimientos de bienestar social, aprobará la intervención gubernamental para salvar esos empleos, miles de ellos. Se sentirá bien, creerá que se ha hecho algo admirable que beneficiará a la sociedad entera.  No se dará cuenta del terrible acto que se ha cometido y que para él permanece invisible.

El hermano exitoso del diálogo anterior, en muchas mentes, dará la apariencia de ser frío, calculador, egoísta y sin sentimientos de ayuda a la familia. Pero la realidad es otra: esa aparente dureza es una acción compasiva que considera el bienestar de otros a quienes no quiere sacrificar en beneficio del incapaz: los otros empleados a quien su hermano dañará realizando un trabajo para el que no está preparado.

La clave de todo, me dijo alguien, está en el tremendo daño que causa una caridad imprudente que buscando el bien de uno daña al resto.

Post Scriptum

La novela de la que saqué el diálogo es la de Rand, Ayn. La Rebelión De Atlas [1957]. Buenos Aires: Grito Sagrado, 2007, p. 880.


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