Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lo Mismo, Diferente
Eduardo García Gaspar
23 febrero 2010
Sección: DIPLOMACIA, Sección: Una Segunda Opinión
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La noticia fue reportada el 18 de febrero. Por ejemplo, el NYT dijo que dos altos líderes talibanes habían sido capturados en días recientes. Esto fue después de otra captura, de alguien aún más importante. Más allá de eso estamos en una situación peculiar.

Las capturas se realizaron en Paquistán, por parte de oficiales de ese país, con la muy probable ayuda de la CIA y la inteligencia paquistaní. El reporte señala que los sucesos “demuestran el monto en el que los altos líderes del Talibán han sido capaces de usar a Paquistán como un santuario para planear y montar ataques en Afganistán”.

Es un cambio notable de condiciones de la guerra y da pie a lo que se conoce como guerra preventiva, algo que no se entiende usando las ideas de un conflicto bélico tradicional. Es ese caso, de una guerra ortodoxa, la situación es más o menos simple: un gobierno responde a un acto de agresión de otro gobierno, como cuando la invasión de Polonia por ejemplo.

La guerra en esos casos está definida casi como la reacción ante la acción de otro, que es el gobierno de otra nación. Claro que el problema es definir exactamente qué es un acto de agresión. Podría serlo muy claramente la entrada de un ejército extranjero en el territorio de otro país. Pero podría serlo alguna otra acción menos clara que el ataque a Pearl Harbor.

Total que en una guerra ortodoxa, el problema es entre gobiernos, por la razón que sea, y las acciones las conducen con armas que llevan personas reconocidas como soldados. Las cosas han cambiado: los ataques a otra nación los puede realizar alguien más que no es un gobierno, sin soldados reconocibles y con armas de gran impacto y destrucción, antes sólo disponibles a gobiernos.

Al principio de los años 90, por ejemplo, se habló de un ataque en Francia, que consistiría en dirigir un avión tripulado contra la Torre Eiffel. ¿Qué hacer en estos casos? La amenaza no venía del gobierno de nación alguna. No había soldados con uniformes posibles de reconocer. Tampoco las armas eran convencionales.

En un conflicto ortodoxo, el gobierno del país atacado reúne sus soldados y recursos y los dirige en contra del ejército contrario. Los civiles permanecen casi siempre de lado. Pero no en la actualidad, cuando estas guerras especiales tienen como objetivo asignado a los civiles del país atacado.

En fin, esas características hacen del nuevo tipo de guerra algo especial, distinto a lo anterior y que se complica porque oscurece el papel de los gobiernos en los países en los que las organizaciones terroristas se asientan… después de todo, necesitan un lugar en el que planear y organizarse. ¿Cómo saber si esos países alientan o no a los terroristas?

De allí que se haya desarrollado eso de la guerra preventiva, en teoría antes de que se sufran ataques, pero siempre en respuesta a ataques ya realizados. La sola identificación de los terroristas y su localización es un problema de consideración para saber a quién y en dónde combatirlos. Es una guerra diferente, con un enemigo escurridizo, que se disfraza y puede estar dentro del territorio nacional.

Una guerra normal supone un cálculo de costos, propios y ajenos, que se tratan de minimizar por ambas partes. Pero en la nueva guerra estos cálculos son difíciles, sino imposibles. ¿Cómo calcular las probabilidades y los costos de atentados como el de Atocha en Madrid y la reacción ante ellos?

Y, más aún, en una guerra tradicional son las ambiciones políticas las que la motivan centralmente, como el deseo de gloria nacional o la imposición de un pensamiento político. Pero ahora mucho del terrorismo tiene justificaciones religiosas que no son sujetas a discusión y legitiman todo sin excepción.

En la guerra tradicional, ella se considera la última carta que se juega en la diplomacia, entendiendo que no toda acción enemiga conduce a la guerra. Pero en estos casos nuevos, no hay siquiera posibilidades de acciones diplomáticas previas que puedan evitar el conflicto.

No cabe duda de que estos nuevos conflictos, si bien tienen antecedentes en guerrillas y fuerzas militares informales, tienen ahora un clímax en buena parte causados por la existencia de armas de diferente naturaleza.

Otros tiempos sufrieron de las ambiciones de gloria y conquista y dominio. Nosotros ahora mismo los seguimos teniendo, con otra forma, pero no somos la excepción de la historia. Seguimos viviendo riesgos bélicos, con un tipo de guerra nuevo que no tiene las mismas reglas de la guerra ortodoxa.


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