Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Redistribución, Desesperación
Eduardo García Gaspar
13 noviembre 2013
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


“Una reforma en donde quien genere más utilidades, pague más. Contribuir al gasto público es parte de la identificación de ciudadanía, pues quien tiene más, tiene que contribuir más”. Luis Videgaray, secretario de Hacienda (11 enero 2013)

Sucede en todas partes. En todos los tiempos.

Toma formas distintas, pero en esencia es avaricia estatal.

Pueden ser expropiaciones ilegales, o impuestos especiales. Nunca desaparece su idea del todo.

La tuvieron los reyes, la tienen los dictadores y también los partidos políticos.

Por ejemplo, un partido político mexicano, según se reportó (CNNExpansión, 23 octubre 2013):

El grupo parlamentario del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el Senado planteará la posibilidad de establecer un ‘impuesto a los ricos’ que logre que la declaración tributaria de los grandes consorcios corresponda a al menos 5% de sus ingresos, dijo este miércoles el coordinador de ese grupo en la Cámara alta, Miguel Barbosa.

La idea es universal y simple: tome el gobierno a un grupo pequeño que posee ingresos sustanciales y quítele lo más que se pueda.

El fundamento moral de la idea es considerar justo quitarle a unos para darle a otros y hacerlo por la vía del gobierno como agente redistribuidor. No es complicado.

Tampoco es complicado calificar a eso de robo legalizado por el mismo ladrón. Según esa mentalidad, resulta justo quitarle una parte de su riqueza a todos los que pertenecen a un cierto grupo de personas, las que según algún parámetro “son ricos” (lo que sea que ello signifique).

Esa penalización a todo un grupo logra la acumulación de recursos económicos en manos de un agente que se designa a sí mismo como repartidor de esa riqueza sacada de los bolsillos de otros. Hace esa redistribución a su entera discreción entre grupos a los que él selecciona.

Todo el asunto es de una maldad terrible. Hace lo peor que puede hacerse: juzgar colectivamente sin considerar personas. La simple condición para caer en un grupo es tener más de cierto ingreso. Lo mismo para caer en el otro, tener menos de cierto ingreso. Es un juicio terrible, basado en la discriminación personal. Sí, como si fuese algo racial.

Pero también, es un asunto de una inocencia supina.

Confiar en que el gobierno recolecte fondos de ese tipo y no los use para su provecho debe ser una de las creencias más ingenuas de todos los tiempos. Generará corrupción, clientelismo, venta de votos, corporativismo, todos los vicios que atacan a la libertad que la democracia defiende.

Siendo más o menos razonables, es posible acordar un principio general de convivencia en cualquier sociedad civilizada: nadie puede ser usado como un medio para beneficio de otro. En otras palabras, no puede justificarse en sacrificar a uno para el bien de otro. Todos son esencialmente iguales, nadie tiene menos derechos que otro.

Pero resulta que, si se adopta la política fiscal redistributiva, necesariamente se crean legalmente personas que tienen más derechos que otras. Peor aún, en su aspecto económico, esa política crea incentivos negativos para la actividad económica y produce menos riqueza nacional, lo que lastima a quienes menos tienen.

Quizá esa política sea mejor entendida como una acción compasiva desorientada, una mala caridad. Imprudente y corta de miras. Por supuesto que mueve a la compasión encontrar casos de pobreza y miseria. Por supuesto que eso inquieta y hace desear hacer algo para remediar tales situaciones.

Pero la preocupación, ni la inquietud, ni la urgencia, son buenas consejeras para alcanzar soluciones sólidas. Redistribuya usted todas las riquezas del mundo por igual para todos y sucederá lo natural: todos terminarán más pobres que antes.

Al final de cuentas, la política fiscal redistributiva tiene fallas de justicia, de ingenuidad, de efectos colaterales y de ineficiencia. Sólo puede ser justificada por el ansia de poder de un gobernante que no piensa.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Redistribuciones.

El efecto político más nefasto es la acumulación de poder excesivo en el gobierno, una entidad ya de por sí poderosa, y que abusará de sus nuevos poderes como algo natural.

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