Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No hay Escape Moral
Eduardo García Gaspar
17 marzo 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una acusación usual. Una incriminación usual. androjo

Útil para salirse del tema. Eficaz para evitar pensar. Consiste en usar un adjetivo que tiene mala connotación.

Logra terminar victoriosamente las discusiones.

Usted la puede usar: dígale al otro que es “un moralista”. Eso es todo.

En mundo de demasiada televisión y poco seso, es común sucumbir ante las connotaciones creadas. Uno de los ejemplos más fascinantes es la palabra “moral”.

De inmediato, ella hace surgir en la mente la idea de un sermón con un contenido estricto, poco real, que tiene la intención de dominar nuestras vidas.

Veamos esto que bien vale una segunda opinión.

Calificar a alguien de moralista es acusarle de proponer una serie de reglas sobre lo que debe ser (prescriptivas en términos más técnicos). Al menos, así se le señala como alguien molesto, que quiere meterse con la vida de los demás.

Surgen palabras asociadas: moralista, doctrinario, moralizador, dogmático, autocrático, fundamentalista, doctrinal y demás. En resumen, una real molestia, un fastidio, un estorbo. Es como si alguien llegara a suspender una muy divertida fiesta.

La acusación no se detiene allí. Va más allá y se reta al inculpado de moralista.

¿Quién es él para decirme cómo debo comportarme? ¿Tiene él acaso la verdad revelada? Debe él respetarme a mí y a mis ideas, y dejar de decirme cómo debo comportarme. Después de todo, es mi vida y solo mía.

El resultado neto al final de todo lo anterior es no deshacerse de lo moral, sino simplemente cambiar una moral por otra. El hecho es que nunca podremos poner de lado a la moral: si no vivimos bajo un sistema moral, vivimos bajo otro, u otro. No hay escapatoria.

Vea usted esto. Si alguien dice que no debe seguirse la moral del moralista, en realidad está diciendo que se debe vivir bajo otra moral, la que sea.

En el clímax de esto, decir que no debe haber moral es igual a decir que debe haber moral solo en sentido inverso. Y las dos son afirmaciones morales porque señalan algo que debe ser.

Cuando usted o yo o el que sea habla de lo que debe ser, estamos estableciendo o reconociendo una regla moral. Eso incluye la afirmación de que es bueno que no haya moral (o que es malo que haya moral). No hay escapatoria posible.

Aquí es cuando las cosas se ponen interesantes. Si no hay manera de escapar de creencias morales, entonces no hay otra opción que aceptar que viviremos bajo algún sistema de creencias morales. No hay alternativa para salirse de la decisión de bajo qué esquema moral se vivirá.

Un problema fascinante y claramente moral. ¿Qué conjunto de reglas morales es el mejor que podemos tener? Esa es la pregunta que resume el problema frente a nuestros ojos.

Hay buena cantidad de respuestas, algunas bastante complejas y que usan esas esdrújulas que producen tanto respeto: deontológico, teleológico y demás. No me meto en esas complicaciones. Simplemente apunto una idea que me parece razonable.

Si voy a vivir bajo un sistema moral que pueda yo seleccionar, me inclinaría mucho por uno que tuviera un par de características esenciales.

La primera, que fuese un sistema moral que no dependiera de mí, que viniera de afuera, algo externo. La razón es que me considero débil y desconocedor.

Si yo hiciera mi propias reglas morales me sucederían dos cosas: me haría reglas fáciles y laxas, a las que encontraría excepciones frecuentes; y no tengo el conocimiento sólido para crear un buen sistema yo solo.

La segunda, que fuese un sistema estricto, que tuviera altas miras. Si no puede hacerse un atleta olímpico sin gran disciplina y esfuerzo, no creo que pueda tampoco hacerse a un buen ser humano sin control propio, sin dominio de sí mismo.

Si en verdad, por ejemplo, quiero aprender una cierta materia en alguna clase, seleccionaré al profesor que mejor me permita aprender, no al que me permita relajarme. Quizá sea un asunto de ambición y aspiración, para reconocer que si quiero ser mejor eso no lo podré lugar con un sistema moral flexible, relajado, dúctil.

Por supuesto, existe la otra opción general, la de crearse uno mismo la moral propia. Tiene sus ventajas, puede vivirse placenteramente, sin obligaciones y creando excepciones cuando uno guste. Al mismo tiempo, uno puede acusar a quien no piense igual de moralista y dogmático, ganando la discusión. Un suave caldo tibio de mediocridad.

Es obvio cuál de los dos sistemas prefiero y entre los cuales no hay escapatoria. Lo queramos o no, tendremos que decidir, porque si no se es moralista de un estilo, se es del otro. Con una adición: quien crea que puede salirse de la decisión, ya optó por uno de ellos.

Post Scriptum

Se habla de “vacío moral” para designar la falta de valores y virtudes, pero en realidad no puede existir un vacío moral: siempre habrá una creencia sobre lo bueno y lo malo. Lo que sí puede suceder y sucede es que esas ideas sean incorrectas.

El tema es fascinante y lo trato de nuevo el jueves próximo, bajo el formato de un extrevistador extraterrestre qye habla con un progresista, razonando con él.

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