Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Mérito de la Culpa
Eduardo García Gaspar
5 enero 2015
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


A muy pocos se les ocurriría hablar de eso. Quienes lo hacen suelen recibir burlas. androjo

Me refiero a la idea de una falta moral, definida como pecado.

Una situación que en sí misma hace irresistible el tema.

Comencemos por el principio, el qué es pecado:

“… transgresión de la ley de Dios y el rechazo del verdadero bien del hombre. Quien peca rechaza el amor divino, se opone a la propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y hiere la belleza espiritual de la Iglesia, de la cual todo cristiano debe ser piedra viva”. aciprensa.com

En otras palabras, es una violación voluntaria de un mandato de Dios y que significa el rechazo a Dios. Esto supone una cosa necesaria, el ser cristiano.

Si no se es cristiano no se da ese rechazo a Dios. Esto es lo que hace pensar que un no creyente puede una buena persona, pero un creyente no puede ser un buen creyente si no es una buena persona.

Una vez expuesta la definición de pecado, entremos al tema que bien vale una segunda opinión.

Primero, la popularidad del concepto, la que obviamente es mucho menor que antes. Es como una idea en desuso que es cada vez menos encontrada en las conversaciones.

La cosa es obvia, conforme avanza el laicismo la idea de Dios se vuelve más difusa. Una imagen difusa de Dios causa una noción desvanecida del pecado. Si el pecado es una falta contra Dios, al desaparecer Dios también desaparece el pecado. No es complicado.

Segundo, algo llamativo en nuestros tiempos. Para el creyente, el sentido del pecado es un reconocimiento de culpa: : “he hecho algo malo, reconozco haber ofendido a Dios y trataré de no hacerlo más”. Para el no creyente, es similar excepto por la parte divina: “he actuado mal, lo acepto e intentaré no hacerlo más”.

En ambas posturas hay algo en común, esa idea de reconocer haber actuado indebidamente y la conclusión natural, el comprometerse a no hacerlo otra vez. Más aún, implícitamente eso significa aceptar que las personas podemos actuar de manera indebida, es decir, cometer faltas morales.

Es una buena posición la que la persona alcanza cuando admite haber actuado mal: admitir un error y tratar de no repetirlo. Más o menos como cuando se comete una equivocación en un cálculo, se reconoce y se acumula experiencia para evitarlo. Hay un enriquecimiento personal producido por el aprendizaje que causa el cometer errores.

Sin embargo, hay algo curioso en nuestros tiempos de demasiada televisión y poco seso.

Demasiados suelen pensar que el reconocer errores es un mal que nos causamos a nosotros mismos, algo que daña a nuestra autoestima, que nos rebaja y lastima. Consecuentemente, se promueve la anulación del reconocimiento de errores y faltas morales.

Esa anulación del sentido de culpa personal, que me parece inevitable, trata de ser anulado haciendo creer que se trata de una enfermedad que puede curarse, o trasladando la culpa a otros. Un joven, por ejemplo, puede ser colocado en el plano de víctima de un medio ambiente que le ha obligado a ser narcotraficante.

O un alumno que ha plagiado un trabajo puede ser entendido como sufriendo un trastorno que merece terapia psicológica, no un castigo. El sentido de responsabilidad por la falta cometida se redefine, por tanto, como una enfermedad que merece tratamiento o como el efecto de una culpa ambiental que también quita responsabilidad.

El efecto neto es claro: reducción del sentimiento de culpa y del compromiso de corregirse. Con un resultado neto de reducción del sentido de responsabilidad personal.

Imagine usted ahora una sociedad en la que la mayoría de las personas tienen un escaso sentido de responsabilidad personal (robos, corrupción, fraudes, tenderán a subir).

Resulta al final que sintiéndonos mal por la falta cometida, terminamos bien, en una posición superior. Superior porque podremos tener la intención de no hacerlo más y también el aprendizaje que el error ha proveído. En cambio, sin reconocer culpas, nos quedaremos en la posición mala ahora y después.

La aportación del Cristianismo, ese sentido del pecado, por tanto, es una gran adición a la calidad de nuestras vidas, incluso para los no creyentes que procuren no perder el sentido de culpabilidad personal. Solo reconociéndonos pecadores es que tenemos la oportunidad de dejarlo de ser.

Post Scriptum

Un llamativo caso del estado convertido en terapeuta que retira responsabilidades personales es la idea de subsidios, en Argentina, a trasvestis mayores de 40 años por dificultárseles encontrar empleo.

Si le gustó la columna, quizá también:

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Una guía simple sobre el pecado está en AciPrensa.

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