Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Embrutecimiento Colectivo
Eduardo García Gaspar
6 mayo 2015
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es una posibilidad de análisis. Una posible forma de examinar a los profesores. androjo

De conocerlos y evaluarlos.

También debería servir para examinar autores, escritores y filósofos, amigos.

Me parece que en el caso de los profesores, ellos pueden clasificarse en uno de dos tipos posibles.

Dos tipos de profesores que dependen el enfoque que ellos sigan.

Uno de esos tipos, es el profesor que desea convencer al alumno de sus ideas. Más que un profesor propiamente hablando, se trata de un promotor de sus propias ideas, Sean las que sean.

Los casos extremos suelen darse en los universidades por parte de profesores marxistas; pero no son los únicos.

Otro caso muy notable es el profesor ateo, quien incluso aprovecha una clase de matemáticas para me negar la existencia de Dios, o criticar al Vaticano. Por supuesto, también hay casos en el sentido inverso, aunque me parece que son menos numerosos.

No es malo en sí mismo este tipo de persona, ya sea un profesor o no. Todo depende de cómo promueva sus ideas. Podría ser que se trate simplemente de alguien que quiere forzar sus ideas en los demás; pero también podría tratarse de alguien que está dispuesto a usar la razón y argumentar en su favor.

El otro de estos tipos de profesores es totalmente diferente. Mientras que el primero es un promotor de las ideas propias, éste es un promotor de otro tipo. Más que un promotor, es alguien que quiere instruir sobre cómo usar la razón.

El primer tipo de profesor es uno que quiere enseñar qué pensar y el segundo tipo de profesor es el que quiere enseñar cómo pensar. He hablado mucho de profesores, pero también debo incluir aquí a filósofos, escritores, columnistas, conferencistas, incluso amigos.

Pueden ellos clasificarse como pertenecientes más a un tipo que otro.

El caso más particularmente odioso es el de quien quiere promover sus ideas, convenciendo a los demás, sin necesidad de esgrimir argumentos. Tal vez el caso más provechoso sea el de quien ayuda a otros a pensar.

Digo que es el más provechoso porque tiene dos particularidades fascinantes. Una es esa precisamente, la de enseñar a pensar, a usar la razón. La otra es algo más oculta y se trata de aceptar que existe una verdad que puede ser encontrada, un requisito que suele pasar desapercibido la mayoría de los casos.

Tengo la impresión que nuestros días de demasiada televisión y poco seso, existe un énfasis desmedido en la promoción de ideas, pero no en el uso de la razón. Me refiero a la obsesiva venta de ideologías, sin la menor atención a la posibilidad de examinarlas.

Tome usted por ejemplo, esa idea de lo políticamente correcto. Significa que existen nociones y propuestas que no pueden ser examinadas, que no pueden ser cuestionadas. Si acaso usted se atreve hacerlo, ello puede acarrearle acusaciones serias.

También, en nuestros días existe otra idea que impide el uso de la razón. Es la noción de la tolerancia hacia las opiniones del resto, sean las que sean. Lo morbosamente curioso es que la apelación a la tolerancia significa también una petición para no usar la razón, para evitar pensar.

No solamente lo políticamente correcto y la tolerancia tienen el efecto de evitar pensar, también lo logra el relativismo. Cuando se logra convencer a alguien que no existe una verdad objetiva, se le está adoctrinando en la comodidad de no pensar.

El resultado de todo lo anterior, es la existencia de verdaderas campañas que promueven ideas, pero que al mismo tiempo hacen algo más peligroso de lo que no hay mucha conciencia. Promueven esas ideas bajo la condición implícita de que ellas deben aceptarse sin ser pensadas.

Se trata la última instancia de la promoción del embrutecimiento colectivo. Tiene sentido práctico el tratar de evitar que pueda pensarse.

Pocas cosas son tan peligrosas como una persona que piense y, peor aún, que piense correctamente. Tome usted a un joven al que quiere convencer de cometer actos terroristas y verá que lo puede hacer siempre y cuando este joven no quiera pensar.

Todo lo que he tratado de hacer es proponer la existencia de dos tipos de instrucción. Una, la basada en promoción de ideas bajo la condición de que ellas no deban ser pensadas. La otra, la basada en enseñar a cómo pensar, que es la que me parece ha sido desdeñada en nuestros días.

Post Scriptum

Insisto en aclarar que la promoción de ideas propias no tiene nada malo en sí misma, pero puede tenerlo cuando esa promoción es una invitación al dejar de pensar. Quien quiere convencer a otro de sus propias ideas, tiene también la obligación de usar la razón para hacerlo.

Más aún, insisto en anotar que lo políticamente correcto, la obsesión con la tolerancia y la promoción del relativismo, son fuerzas que producen un embrutecimiento colectivo.

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