Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Impuestos al Pecado
Selección de ContraPeso.info
30 mayo 2017
Sección: GOBIERNO, Sección: Análisis
Catalogado en: , ,


Los impuestos al tabaco y al alcohol es la idea de James Sadowsky. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es The Economics of Sin Taxes.

Los «impuestos a pecado» reciben ese nombre porque se aplican a esas mercancías, como el tabaco y el alcohol, que son objeto de desaprobación generalizada.

«Tales impuestos», dice Paul Samuelson, «a menudo son tolerados porque la mayoría de la gente —incluyendo muchos fumadores de cigarrillos y bebedores moderados— sienten que hay algo vagamente inmoral con el tabaco y el alcohol. Piensan ellos que estos impuestos al pecado matan dos pájaros de un solo tiro: el estado obtiene ingresos y el vicio se hace más caro».

«Impuestos al pecado» no es una expresión técnica en Economía. Ellos son simplemente una modalidad de impuestos especiales. ¿Qué es entonces un impuesto especial? Es un impuesto que se impone a algunos pero no a todos los productos.

De esta forma se diferencia del impuesto general sobre ventas, que se aplica a todos los productos (con algunas excepciones menores). Esto significa que se cobra adicionalmente al impuesto sobre las ventas. Los impuestos especiales tienen una historia larga.

¿Recuerda el infame impuesto a la sal de la monarquía francesa? Está el notable impuesto al té aplicado a las colonias americanas, el que llevó a la Boston Tea Party y preparó en camino para la Revolución Americana. Estudiosos de la historia América recordarán la insurrección del whisky, la que ocurrió durante la administración de George Washington. Esta rebelión surgió del resentimiento sobre un impuesto al consumo de whisky.

El efecto de largo plazo de un impuesto especial es una reducción de la oferta de la mercancía sobre la cual se cobra el impuesto. A su vez, esto tiende a producir un aumento en el precio que los consumidores tienen que pagar. ¿Cómo funciona esto?

Si aquellos que ofrecen el artículo siguen produciendo en la misma cantidad, no serán capaces de subir el precio. Si los consumidores hubieran estado dispuestos a pagar el precio hoy más el impuesto, los productores podrían haber cobrado con éxito esa cantidad en ausencia del impuesto. Esto me mostraría que habían estado cobrando menos de lo posible. ¿Y por qué no cobrar más por el producto? Después de todo, ¿no habría estado aprovechando la inelasticidad de la demanda antes de la imposición del impuesto?

Por lo tanto, si continúan vendiendo la misma cantidad de producto en el mercado con el impuesto recientemente decretado, no podrán tener más que el precio antiguo. Ya que este precio no los compensará por los ahora mayores costos de hacer negocio, algunas empresas tendrán que reducir el suministro de los bienes en cuestión. La salida de empresas marginales de la industria como resultado de los mayores impuestos, contribuye a la reducción de la oferta. Esto pone de relieve el hecho de que los productores no controlan directamente los precios a los que venden sus productos. La oferta y la demanda determinan los precios de venta.

Es solo mediante la alteración de la oferta o de la demanda que son capaces de modificar el precio. Y, para todos los propósitos prácticos, podemos descartar la creciente demanda como un medio para compensar los mayores costos de producción. ¿Por qué? Por que si fuera posible manipular la demanda, lo habrían hecho antes del aumento de los costos de producción. Así que lo que modifica al precio es la disminución de la oferta de la mercancía. Y, por supuesto, esta disminución de la oferta significa que se consumirá menos del bien.

&&&&&

Entonces, ¿qué debemos pensar acerca de los impuestos especiales? Eso depende, en buena medida, de lo que pensemos de los impuestos en general.

¿Cuál es su propósito? Generalmente es elevar los ingresos del gobierno. En ese caso, tenemos que preguntarnos si queremos que el gobierno tenga esos ingresos. El propósito de estos ingresos es financiar el gasto público. Es el gasto, más que el retiro de dinero de nuestros bolsillos, lo que constituye el problema principal.

Milton Friedman lo expresa así en Tyranny of the Status Quo:

«Sin embargo, el gobierno obtiene el dinero que gasta, los bienes y servicios que compra, o que son comprados por las personas a quienes transfiere dinero, no estando, por lo tanto, disponibles para otro uso. Esos bienes y servicios —no las piezas de papel que los pagan— son el costo real del gobierno para los contribuyentes».

Si el gobierno tomara todo el dinero y lo arrojara a un horno, en efecto principal (suponiendo incluso impuestos entregados) sería una disminución de la oferta monetaria. El dinero restante sería suficiente para comprar la misma cantidad de bienes y servicios debido a la consiguiente reducción de precios.

Lo que importa, por tanto, es que lo que el gobierno toma en términos reales: los servicios que ya no están disponibles y el consiguiente aumento de los precios. Todo lo que el economista puede hacer es señalar estos costos. Si merecen o no ser aceptados es un juicio de otro tipo.

Pero aquí está un hecho que escapa a la atención de la mayoría de la gente. No es el caso de que los bienes y servicios entregados por el gobierno sean adicionales a los bienes y servicios que están disponibles antes del gasto del gobierno.

Sustituyen a los bienes y servicios que de otra manera estarían disponibles. Incluso personas que no pagan impuestos se encuentran pagando estos productos en la forma de precios más altos de las cosas que realmente quieren.

Típicamente los políticos no informan a sus electores acerca del costo que implican los beneficios. Cuando se nos pregunta si queremos estas cosas siempre debemos preguntarnos «¿en lugar de qué?». Si la gente hiciera esto, estaría mucho menos dispuesta a apoyar el monto actual de gasto gubernamental.

Como mencionamos antes, a veces las personas están dispuestas a aceptar impuestos especiales a artículos «pecaminosos» como el tabaco y el alcohol debido al sentimiento de que ellos son un castigo legítimo a tales placeres. No sorprende, por tanto, que el gobierno ponga con gusto impuestos a estos particulares artículos.

Por supuesto, a veces, el propósito anunciado de estos impuestos es el de desalentar el uso del producto. En verdad hacen eso porque disminuye la cantidad de producto. Muchos se preguntarán si esta acción paternalista por parte del gobierno está justificada. Se preguntaran qué hace a los gobernantes mejores jueces de lo que es bueno para nosotros según nosotros o aquellas personas en las que tenemos confianza.

No solo eso —¿se detendrá el gobierno allí? Muy probablemente no. El gobierno está ahora amenazando con intervenir en el uso de vitaminas y otros artículos alimenticios. Hemos recorrido un largo camino desde los días en los que se acercaba que el solo propósito del gobierno era proteger los derechos que estaban en la Declaración de Independencia.

Ocasionalmente, los impuestos al pecado se defienden porque supuestamente aumentan los ingresos y desalientan el uso del producto pecaminoso. Como dijo John Bloom, Director de política de la American Cancer Society: «Canadá ha demostrado en los impuestos al pecado salvan vidas y elevan los ingresos».

Pero uno podría preguntarse si aquí existe un curso de colisión inminente. Los impuestos al pecado no aumentan los ingresos a menos que la gente use el producto y no salvan vidas a menos que la gente evite el producto. ¿No serán muchos de los que quieren elevar los ingresos los que también quieran que la gente cometa el pecado de usar el producto?

Podríamos tener algún consuelo en el lecho de que parece estar ocurriendo un retroceso. De acuerdo con el New York Times del 9 de febrero de 1994, el primer ministro canadiense, Jean Chretien, estaba reduciendo los impuestos sobre los cigarrillos para tratar de combatir al contrabando generalizado desde los Estados Unidos, donde los impuestos son actualmente alrededor de una quinta parte.

Esto muestra que hay límites en lo que la gente de nuestro tiempo está dispuesta a aceptar. Quizá el gran logro de Thatcher-Reagan no sea su éxito legislativo, sino su giro para hacer que las demostraciones sean responsabilidad del gobierno, no del sector privado.

Nota del Editor

Por supuesto, llama la atención que la columna haya sido escrita al principio de los años 90 y que a partir de entonces, la tendencia del gasto gubernamental no haya sido precisamente la de reducirse. Los electores no se han hecho realmente esa pregunta de a cambio de qué obtienen las dádivas gubernamentales. Quizá en ellos se tenga aún la ilusión de obtener algo a cambio de nada.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Facebook
Extras