Las decisiones personales tienen propósitos y objetivos. Ella buscan lograr algo. Pero tienen también efectos adicionales, algunos imprevistos. Preverlos es parte de la buena toma de decisiones. Es el arte de anticipar todas las consecuencias de las propias decisiones, especialmente de los gobernantes.

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Introducción

Las cosas son más sencillas de lo que parecen, pero más complejas de cómo que suelen explicarse. Es eso del sentido común y de lo poco frecuente que resulta.

Si comenzamos por un principio obvio, se entiende eso de que todo efecto tiene una causa, lo que en nuestra vida se expresa con algo igualmente obvio: nuestras acciones tienen consecuencias.

No hay manera de evitar esto. Así está construido nuestro universo.

Y es muy aprovechable. Si usted tiene sed, usted tomará líquidos. Lo hacemos porque tenemos una idea clara de consecuencias de nuestras acciones. Tomar líquidos es la acción que produce calmar la sed. También es útil en otro sentido.

El sentido de evitar consecuencias indeseables. Sabemos que la acción de caer lastima dependiendo de la altura. De allí que busquemos no lastimarnos, que sería la consecuencia de una caída. Por eso actuamos cuidándonos de ese riesgo. Acciones que buscan evitar consecuencias.

El principio es universal e inevitable. Nuestras acciones tienen consecuencias y lo que en buena parte nos hace humanos es la habilidad que tenemos para percibir esas consecuencias.

Por principio de cuentas, las entendemos como inmediatas o mediatas, como seguras o probables o improbables, como calculadas o desconocidas.

Es casi un arte el de anticipar consecuencias de las decisiones propias. Un arte de sentido común al que suele asociarse con quizá la más preciada virtud, la de la prudencia: esa fuente de principios y reglas que anticipan efectos de acciones humanas y que suele llamarse sabiduría.

Porque las locuras, igual que las sensateces, tienen consecuencias

Viviremos en el futuro afectado por las consecuencias de nuestras acciones y las de otros. Donde predomine la sensatez habrá más consecuencias positivas. Lo opuesto sucederá donde prevalezca la locura o la idiotez, la que creará consecuencias negativas.

Nuestro futuro son las consecuencias de acciones presentes y necesitamos tener habilidades agudas para saber distinguir a la locura de la sensatez en las acciones presentes.

Habilidades de sentido común, de sabiduría, o como quiera usted llamarles. Nuestros vidas están en juego. Por eso es necesario cultivar el arte de anticipar y prever las consecuencias de las acciones que tomamos.

El esquema básico de consecuencias de decisiones

Las personas piensan, razonan, consideran opciones para tomar decisiones que buscan un resultado. Las acciones humanas se realizan siempre bajo el principio de que ellas persiguen alcanzar una meta, la que la persona quiere.

Y, más aún, esas acciones se orientan siempre a mejorar la situación presente, sea poco sea mucho. Es la razón por la que una persona va a comprar comestibles a un supermercado, por la que ve un partido de futbol en televisión.

La causa por la que tiene un empleo y realiza un trabajo. Es lo que lleva a comprar ropa o ir a misa.

El esquema es el siguiente:

• La persona A sabe que hay una relación causa-efecto entre X y Y.
• Ella toma la decisión X.
📌 La toma porque sabe que X le dará el resultado Y que es lo que ella quiere.
• La decisión X tendrá más consecuencias que solo lograr el resultado buscado Y.
• Idealmente, la persona A debe anticipar las consecuencias de su decisión X, esas que colateralmente producirá su decisión pero no fueron parte de su intención central Y.

Casos

Un ejemplo simple es el de quien tiene sed, sabe que el agua calma la sed, y consecuentemente toma agua. Las consecuencias extras de su decisión son también simples: usar un vaso que luego se limpiará, una jarra que más tarde se deberá llenar de nuevo y quizá no mucho más de eso.

La situación puede complicarse algo más con la decisión comprar zapatos, para lo que hay opciones numerosas y se presenta una variable usualmente descuidada: el dinero dedicado a los zapatos no podrá dedicarse a otras decisiones.

Esto se llama costo de oportunidad y es una consecuencia que debe anticiparse y que está siempre presente en las decisiones.

La realidad, debe ser ya obvia: conforme aumente la importancia de la decisiones se elevan también las consecuencias que ella tiene. Por ejemplo, una decisión de casamiento acarrea más efectos que la de la un viaje de vacaciones.

Las decisiones más importantes son en realidad aquellas que tienen más consecuencias durante más tiempo y que merecen ser anticipadas, en adición al logro del propósito central que las justifique.

Una decisión de matrimonio es un caso claro de consecuencias y efectos de corto y largo plazo, más allá de la razón por la que esa decisión se toma.

Las consecuencias a anticipar y prever

Las consecuencias de una decisión, las adicionales al objetivo que ella persigue y que merecen ser consideradas en el examen de la decisión, son las que tienen cierta naturaleza.

Largo plazo

En lo general, merecen más examen las decisiones que tienen efectos de largo plazo que las que no lo tienen. Una decisión de selección de carrera profesional merece más anticipación de consecuencias que la de la compra de un teléfono móvil.

Personas afectadas

Igualmente, merecen más análisis de anticipación de consecuencias las decisiones que afecten a muchas personas. La decisión de emigrar a otro país de una familia afecta a más personas que la de uno de los hijos que decide ir al cine.

El clímax de la anticipación de consecuencias

De lo anterior, es natural pensar que el mayor caso posible de necesidad de anticipación de las consecuencias de las decisiones propias es el de los gobernantes. Ellas afectarán a millones durante años.

Este es el punto central de la columna, el reconocer que la necesidad de anticipar las consecuencias totales de las decisiones es vital en el caso de las acciones de gobierno.

Anticipar efectos y consecuencias de decisiones gubernamentales

Porque esas decisiones afectarán a millones durante plazos largos, los gobernantes son un caso especial de la clara obligación de estudiar los efectos de ellas. Esa obligación es clara y no aceptarla es un acto de irresponsabilidad política.

Algunas guías generales serán de ayuda para comprender tal obligación.

Los propósitos no bastan

Ninguna decisión política puede justificarse considerando solamente los objetivos que busca tener. Los deseos de que una cierta decisión alcance un objetivo admirable no constituyen una validación de lo atinada que ella sea. Es una falacia el suponerlo.

Los ciudadanos cometen un grave error de lógica al suponer que las buenas intenciones de un gobernante son evidencias que acreditan la implantación de sus planes.

Hay más efectos que el solo resultado

Es una realidad. Las decisiones tendrán consecuencias más allá del resultado central que buscan, lo logren o no. Es decir, hay multiplicidad de efectos, y algunos de ellos serán benéficos, pero otros no.

El arte de anticipar las consecuencias de las decisiones radica mucho en la habilidad para determinar efectos no intencionales indeseables.

Conclusión

Se ha destacado la obligación de anticipar las consecuencias de las decisiones, especialmente las de los gobernantes. Sus actos tienen una repercusión en la vida de millones durante largos períodos de tiempo.


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[Actualización última: 2022-05]

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Más de cuatro décadas de escribir columnas de opinión y análisis políticos en periódicos y en línea. Autor de tres libros.