grandes ideas

La apuesta obligatoria sobre Dios. El famoso razonamiento de Pascal acerca de la más importante decisión que puede tomar una persona. Una apuesta inevitable.

Introducción

El tema de este resumen es la célebre apuesta de Pascal, la más famosa de sus ideas. La apuesta obligatoria sobre la existencia de Dios y las consecuencias que de ella se derivan.

La idea reportada fue encontrada en Kreeft, Peter, Pascal, Blaise (1993). Christianity for modern pagans : pascal’s pensées edited, outlined, and explained. San Francisco. Ignatius Press, p.291 y ss. Kreeft hace en esa obra una selección de los pensamientos de Pascal a los que añade reflexiones suyas.

Tener vida coloca a las personas en una posición en la que es imposible renunciar a ejercer la libertad y Pascal lleva esa posición a su extremo lógico, en el que las consecuencias de las decisiones pueden ser infinitas.

La apuesta obligatoria sobre Dios

La apuesta esta bien resumida en uno de los pensamientos del autor: dice que uno debe estar muy temeroso de equivocarse y encontrar que el cristianismo es en realidad verdadero.

Más temeroso que del error opuesto, creer que es verdadero y encontrar que es falso.

Es importante señalar que Pascal no está hablando de Dios en un sentido general ni de creencias en varias religiones, sino del cristianismo. Su marco es evangélico, por ejemplo:

«El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios». (san Juan 3, 18).

Infinito y finito

Sobre esta base, el pensamiento de Pascal inicia con una consideración central entre lo finito y lo infinito. Algo que es el eje de la apuesta obligatoria acerca de la existencia de Dios.

Lo finito frente a lo infinito se convierte en nada y eso sucede con nuestra razón. Sabemos de la existencia de lo infinito, por ejemplo, los números son infinitos.

Hay un número infinito pero lo desconocemos. No sabemos si es par o non.

Es decir, podemos saber que Dios existe pero no conocerlo. Está infinitamente fuera de nuestra comprensión. Por eso no puede culparse a los cristianos de su incapacidad para explicarlo totalmente a las luces de la razón humana.

Es posible saber que Dios existe, aunque sea imposible saber qué es. Esto lleva a Pascal a plantear directamente el problema y la apuesta.

Solamente dos posibilidades

Sólo existen dos posibilidades: Dios existe, o Dios no existe. No es algo que pueda examinarse racionalmente a entera satisfacción dada la distancia que existe entre nosotros, lo finito, y Dios que es infinito.

Al final de esa distancia infinita, propone el autor, se arroja una moneda y al caer en ella se verá cara o cruz. ¿Qué apuesta hacer? La razón no ayuda a decidir, ni a probar que una de esas dos posibilidades es errónea.

No es para condenar a quienes han seleccionado una opción entre ambas ya que no puede probarse que están equivocados. Unos habrán hecho la apuesta obligatoria sobre Dios en un sentido, otros en el otro.

Por supuesto, habrá quienes critiquen a quienes han tomado una decisión diciendo que existe otra posibilidad, la de no participar en el juego de la apuesta. Dirán que es mejor no apostar diciendo que la moneda caerá de cara o de cruz.

Pero Pascal argumenta que no hay escapatoria, se debe apostar y solo hay dos posibilidades. ¿Cuál escoger? Es una apuesta inevitable.

Quizá puede verse que el equivalente de no apostar es el de creer que Dios no existe: el ateo es igual al agnóstico al final.

Lo que el autor señala es claro, una no-decisión es en última instancia una decisión, una apuesta a una de las dos posibilidades. Estar vivo significa estar imposibilitado a renunciar a la apuesta obligatoria sobre Dios.

Cosas que perder y evitar

Inmediato, Pascal señala que existen dos cosas que perder, la verdad y el bien. Y cosas que soportar, la razón y la voluntad, el conocimiento y la felicidad.

Más dos cosas que deben evitarse, el error y la desgracia.

Ya que no hay otra posibilidad que aceptar la apuesta, la razón no sufre afrenta por seleccionar una de las dos alternativas.

El tamaño de la apuesta

Con este punto aclarado, debe examinarse la felicidad y determinar el monto de la apuesta: lo que se puede perder o se puede ganar.

Si Dios existe y se apuesta a eso, se gana todo. Si Dios no existe, se pierde nada. La apuesta obligatoria riene una respuesta que es obvia: debe apostarse a que Dios existe.

Eso es lo que haría un ser racional. La apuesta establece que las probabilidades son iguales de ganar o perder, pero el monto a ganar es infinito.

Si se ganara tan solo una vida más, convendría hacer la apuesta. Con más razón si se ganaran dos o tres vidas más.

La respuesta racional

Lo que se apuesta es a una vida eterna de felicidad o infelicidad. El monto de la apuesta es finito, en relación a una ganancia infinita. Ninguna mente racional rehusaría aceptarla.

No hay espacio para la duda: es una apuesta sin escapatoria y sería irracional valorar la vida finita en vez de arriesgarla por una ganancia infinita.

El monto arriesgado es finito en un juego de iguales probabilidades de dos alternativas, con una de ellas dando ganancias infinitas.

La apuesta podría ser criticada mencionando que el interés del apostador es negativo, que realiza la apuesta no por amor a Dios sino por el miedo a una vida eterna de infelicidad.

Esta crítica ha sido respondida mencionando que ese miedo es un primer paso que lleva posteriormente al amor a Dios. Kreeft agrega que la misma apuesta puede justificarse señalando que ella está primariamente motivada por el amor a Dios, sin que ella se altere.

El esquema de la apuesta obligatoria sobre Dios

Lo que Pascal ha explicado ha sido examinado con el establecimiento de cuatro posibles sucesos es lo siguiente y se debe a que no existe una manera en la que humanamente puede resolverse de una vez por todas el asunto.

Si se tuviera esa certeza, la apuesta no se realizaría.

  • Dios sí existe y yo sí creo en él: ganancia infinita.
  • Dios sí existe y yo no creo en él: pérdida infinita.
  • Dios no existe y yo sí creo en él: pérdida nula.
  • Dios no existe y yo no creo en él: pérdida nula.

Ahora puede decirse que sí, que la razón señala la conveniencia irrefutable para realizar esta apuesta obligatoria a que Dios existe.

Hay más información según Pascal

Pero entonces puede preguntarse si existe forma de conocer más, de saber de las cartas con las que se está haciendo la apuesta, algo que añada información a la decisión por tomar. Pascal dice que sí existe ese conocimiento.

La información adicional está en las Escrituras aunque ellas no puedan dilucidar racionalmente el asunto de manera absoluta.

Pero puede alegarse aún más. Otra cosa. Puede decirse que la persona tiene las manos atadas, que se ve forzada a apostar, que no es libre, que se le fuerza a aceptar lo que ella no cree.

Es el alegato del que desea no tomar la apuesta argumentando que se ve forzado a hacerla sin quererlo.

Pascal responde que eso es cierto y que si sucede, entonces hay que reconocer que eso se debe a las pasiones humanas. La razón señala que debe creerse, incluso por conveniencia propia y que si no se acepta lo que la razón dice es por la ceguera de las propias pasiones.

Lo que hay que hacer por tanto, no es encontrar pruebas racionales de la existencia de Dios tanto como reducir lo que impide hacer lo que la razón indica.

Pascal contrasta la posición racional de aceptar la apuesta y creer en Dios en oposición al sentimiento irracional de rechazarla. Y señala que si eso sucede es porque los sentimientos se oponen.

Menos sentimientos más razón

Lógicamente, por tanto, lo aconsejable es alejarse de los sentimientos y acercarse a la razón.

Si se hace caso a la razón y se busca retirar la incredulidad que producen sentimientos y pasiones, entonces es necesario aprender lo que han hecho otros en la misma posición y que han ya aceptado la apuesta racional.

La solución de Pascal es práctica y directa: se comportan ellos como si creyeran, realizando las mismas acciones que haría el creyente. Con esa conducta, la voluntad poco a poco nos hará creer naturalmente. Y si de eso se tiene miedo, Pascal, afirma lo lógico, no hay nada que perder.

Actuando de tal forma, como si se creyera, no vendrán males, al contrario. La persona será fiel, honesta, humilde, agradecida, llena de buenas obras, un buen y sincero amigo. Y se renunciará a las pasiones, los placeres que ciegan, la gloria.

El punto de Pascal es que incluso en esta vida se gana, que cada paso dado en esa dirección reforzará la creencia en la certeza de la decisión tomada, la apuesta en algo cierto por lo que nada se ha pagado.

La apuesta en resumen

Lo admirable de esta idea es su sentido racional y práctico, sin elucubraciones teológicas. Conociendo el monto arriesgado en la apuesta, una cantidad finita contra otra cantidad infinita, la decisión racional es obvia.

Cualquier jugador en un casino la aceptaría gustoso y sin pensarlo dos veces.

La posibilidad de ignorar la apuesta es imposible. Llegará un momento inevitable de hacerla. Y si acaso la persona duda entre hacerle caso a su racionalidad o no, Pascal dice sin dudas que debe un comportarse como ser racional.

Si las dudas se mantienen, eso se debe a que se ha asignado más valor a los sentimientos, pasiones y prejuicios personales que a la razón misma. Esta situación tiene un remedio, actuar como si se creyera.

Pero al final de cuentas, existe una apuesta sobre la existencia de Dios y ella es obligatoria. No hay manera de escapar de ella.

Nota del Editor

Hay más material sobre el tema en ContraPeso.info: Dios. La columna también ha sido clasificada dentro de la categoría ContraPeso.info: Razonamiento. En esta se incluyen temas que implican el uso de la razón, como por ejemplo Trampas Mentales.

Más sobre Dios, la decisión de creer o no, y la apuesta obligatoria que eso implica.

Dios y la maldad

Por Eduardo García Gaspar –   17 julio, 2003

Pocos días después de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 en los Estados Unidos, escuché un noticiero americano en el que intervenían varias personas con sus comentarios.

El conductor habló por teléfono con un rabino y con gesto de ansiedad, le hizo una pregunta. «¿Por qué suceden estas cosas? ¿Cómo es que Dios permite acciones malas?»

Esta es la objeción mayor que se opone a la existencia de Dios y que altera nuestra apuesta obligatoria sobre ella. lleva a muchos a concluir que no puede Dios existir dado el mal que existe en el mundo.

La respuesta del Rabino

El rabino oyó la pregunta y sin mucho pensarlo, hizo una mención de la libertad humana. Los humanos somos seres libres que tienen ante sí opciones, unas son terribles, pero aún así podemos optar por ellas.

Los actos terroristas son acciones consecuencia de la libertad humana; algunas personas voluntariamente decidieron realizar acciones terribles. No son la excepción, aunque su extremismo es enorme. Igual hacen en esencia quienes realizan actos malos.

El que roba, el que mata, el que daña. Todos esos son actos decididos gracias a la existencia de la libertad humana. Si eso es así, la siguiente es una pregunta lógica y tremenda.

¿Cómo es que Dios permite eso?

Porque Dios, se supone, es un ser infinitamente bondadoso, quien ha creado al mundo y a nosotros. Si Dios es tan bueno, no hay explicación para aceptar un mundo en el que hay esa perversidad.

Vivimos en un mundo donde existe la maldad, lo que hace pensar que la Creación es imperfecta, que Dios no es infinitamente poderoso, ni bondadoso.

En pocas palabras, llegamos a la conclusión de que Dios no ha creado un mundo bueno, como se supone que debería ser toda creación suya.

Uno se puede quedar a este nivel y deducir eso, que Dios no ha creado un mundo perfecto y que por lo tanto, Él no es perfecto. Y para la apuesta obligatoria acerca de su existencia, se concluye que Dios no puede existir.

Pero yendo un poco más a fondo, uno se encuentra con cosas que cambian esa impresión.

¿No creó Dios un mundo perfecto? La verdad es que sí lo hizo.

Basta recordar el Paraíso para confirmarlo. Era el mundo perfecto, pero fue drásticamente cambiado por la existencia de un factor bárbaro, la libertad humana. Tenemos la posibilidad de tomar otros caminos, que no son los de Dios.

Esto lleva a otra consideración, la de la posibilidad de que Dios creara seres que no tuvieran la posibilidad de hacer cosas malas. Sí, es cierto, hay esa posibilidad, pero esos seres sin posibilidad de pecado, no serían humanos, sino robots sin opciones, programados para solo hacer ciertas cosas y no otras.

La libertad

La libertad es parte esencial de la naturaleza humana, un don Divino en realidad, que nos da poder incluso para renunciar a nuestro Creador. La libertad es un valor humano, y no hay ninguno mayor que él.

Y eso nos hace tener responsabilidades, las del uso de esa libertad. ¿Es la libertad la posibilidad de hacer lo que yo quiera? Sí, pues es el poder tomar decisiones de los actos que se deseen, como poner bombas o como donar sangre.

Aunque la verdad, yo no me siento muy a gusto con esa definición, por lo que me gusta colocarla en otros términos, los de la libertad como una oportunidad de hacer eso que se debe hacer.

No lo que quiera hacer, sino lo que debo hacer, que es muy diferente. Es obvio que, por tanto, la libertad debe estar acompañada de un código de conducta que establece el deber hacer.

Sin ese código, la libertad sería insensata. Y Dios no nos falló. Nos dio un código sencillo, los Diez Mandamientos, pero fue un paso más allá, nos dio también algo que es impresionante, la extensión lógica de esos mandamientos, el Sermón de la Montaña.

Ambas piezas están allí, a disposición de todos, por lo que la libertad bien usada no es sino una decisión personal, hacer lo que allí está plasmado.

Y eso cambia la respuesta a la apuesta obligatoria explicada por Pascal acerca de Dios: sí, aún con tanta maldad en este mundo, es posible que Dios exista. Ahora haga usted su apuesta. Ella es inevitable.

[La columna fue actualizada en 2019-10]