Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Bush y Kerry
Eduardo García Gaspar
24 marzo 2004
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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El caso de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos es una buena situación para examinar varios aspectos de la vida política que llevamos los ciudadanos normales para sacar de ella algunas lecciones sobre nuestra manera de pensar.

Sin duda, de todas las elecciones presidenciales en el mundo, la que más llama la atención es la de ese país.

Al respecto, he observado lo siguiente en México. No he visto a nadie que no conciba a esa elección como un asunto de selección del mejor de los candidatos.

Es decir, la pregunta planteada por las personas es la de quién debe gobernar y, desde luego, una pregunta así sólo puede ser contestada mencionando al candidato que uno cree que es el mejor.

Ésta es la misma forma de pensar que llevó a la presidencia a Fox. Se trata de un enfoque rotundamente personalista, totalmente dependiente de los candidatos, que lleva a la selección de uno de los dos personajes de la política norteamericana.

Al contestar esa pregunta, desde luego, se ignora el otro aspecto de la política, el de cómo se debe gobernar y que es mucho más importante (algo señalado hace ya tiempo por Karl Popper).

Se presupone que todo depende de la persona elegida y por eso es que se tienen posiciones tan extremas en la preferencia del candidato. La verdad es que dentro de un sistema democrático, un presidente tiene en buena proporción las manos atadas, como Fox ha mostrado, y el quién es elegido es menos relevante en una democracia que en una dictadura de partido como la que tuvo México.

Mi conclusión hasta aquí es que los mexicanos seguimos entendiendo a la política como la selección de los mejores, un error de juicio que lleva a colocar todo el peso en las elecciones e ignora la importancia mayor de la división de poderes, el federalismo y las negociaciones entre legisladores y gobernantes.

Pero hay más. Los criterios de preferencia de cualquiera de los dos candidatos que he escuchado manifestar son perfectamente racionales, pues están basados en una asignación lógica de tiempo para analizar la información sobre Bush y sobre Kerry.

Si existe muy poco tiempo para averiguar sobre ellos, porque el tiempo personal se dedica a tareas de más relevancia propia, es natural que los criterios de preferencias sean más impresiones que razonamientos.

Lo anterior, combinado, produce una situación notable: basados en la pregunta errónea acerca de la política, se exhibe una preferencia sustentada más en la emoción que en la información, lo que lleva a pensar que existe un candidato ideal o al menos un candidato extraordinariamente malo.

Es decir, los candidatos se polarizan al estilo de las historietas cómicas de Batman.

Eso, me indica que no hay análisis que lleven a una preferencia razonada; por ejemplo, a muy pocos he escuchado hablar del déficit gubernamental de Bush, ni tampoco de las inconsistencias de Kerry.

Un electorado así presenta un reto de gobierno, un real desafío para el gobernante. Si es cierto lo que digo, en lo general habrá una tendencia a elegir a gobernantes con mensajes más emocionales que racionales, más simples que complejos, más de corto plazo que de largo plazo, más populistas que prudentes.

Bajo esas condiciones, elegir a un estadista será más la excepción que la regla, al igual que apoyar medidas necesarias pero dolorosas en su inicio.

Digamos, si se me permite la frase, que el electorado se ha tornado hedonista: quiere que el Estado le otorgue favores a cualquier costo. Ese electorado se comportará de tal manera que preferirá, como en el DF, recibir unos pesos de ayuda, que pensar.

Preferirá ignorar las evidencias de corrupción o al menos de una administración absolutamente incapaz, que razonar. Preferirá marchar en las calles que estar informado. Bajo este ambiente, será en extremo difícil tomar medidas necesarias que impliquen algún sacrificio de corto plazo con beneficios en el largo.

Las conversaciones de los mexicanos sobre Bush y Kerry son un buen terreno para extrapolar lo que sucederá en México en 2006. Deberemos esperar elecciones con candidatos pobres en planteamientos, con mensajes populistas que prometan beneficios imprudentes a la población y, desde luego, trucos sucios propios de toda elección.

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