Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Son las Personas
Eduardo García Gaspar
8 noviembre 2006
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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El asunto de la globalización tiene sus admiradores y sus detractores. No es novedad. Eso sucede con cualquier tema, o casi. Los humanos no solemos estar de acuerdo y eso no es malo, pues las discusiones son sanas cuando en ellas impera la razón… lo que no siempre sucede, como en esto de la globalización.

Le invito a ver un aspecto de la globalización. Sólo uno y muy específico y muy sencillo, que debe ayudarnos a entender qué se hace dentro de la globalización. La idea es entender que no son los países los que comercian entre sí, que no son las naciones las que compran y venden bienes y servicios.

México no le compra vino a Chile ni a Argentina, ni México le vende automóviles a España. El comercio no se da entre las naciones.

¿Suena raro? Desde luego. Aunque sea cierto que no son las naciones las que se compran y venden, tenemos esa imagen porque los medios así lo reportan, hablando de las exportaciones mexicanas o de las importaciones argentinas.

Es falsa esa idea. Igual de falsa que la idea de que Jalisco le vende a Nuevo León tequila y éste a su vez le vende cerveza. Así no funcionan las cosas en el comercio.

Pero lo que sí es cierto es que un argentino compra a un mexicano, o un mexicano le vende a un chileno. El comercio se da entre personas y sus empresas, no entre naciones. Viviendo en México usted no le compra tequila al estado de Jalisco, sino a una empresa que está en Jalisco.

E igual, usted no le compra vinos a Chile, sino a una de sus empresas. La única diferencia es la localización de las personas y sus empresas: unas está en Jalisco y las otras en Uruguay, o en España.

La diferencia le puede a usted parecer digna de producir un bostezo, pero créame que no lo es, pues significa que quienes compiten son las empresas y no los países, con lo que se logra algo fantástico: el beneficio de los consumidores, usted y yo, que ahora tenemos a más empresas en más partes dedicadas a intentar complacernos con más productos, más variados y de mejores precios. Más vinos, más cervezas, más alimentos, más coches, más de todo. Y de allí sale algo sorprendente.

Lo que más importa son las importaciones, no las exportaciones, que es lo opuesto de lo usualmente predicado. Usted lo ha escuchado mil veces, lo bueno que es tener un superávit comercial con los EEUU, como en el caso de México y el TLCAN. La realidad es que esas exportaciones en sí mismas se justifican sólo por la posibilidad de importar, porque son las importaciones las que nos benefician directamente a los consumidores.

Esta postura es profundamente liberal y significa algo que no suele agradar a los empresarios. Quiere decir que se deben poner a trabajar y a hacerlo bien, dándonos buenos productos a buenos precios. Es lo opuesto de lo que desea el empresario, quien solicitará a su gobierno protección de la competencia externa y con eso alterará nuestro bienestar.

En el fondo esta es la razón por la que los empresarios temen al libre comercio y prefieren vivir protegidos por los gobiernos. La petición de protección es constante argumentando que si no se les protege el país entero se dañará.

Es falso. Si se les protege, quienes saldrán lastimados serán todos menos ellos. Lo que el libre comercio hace es poner en competencia a las empresas y eso es lo que cuenta al final para beneficio de los consumidores.

Eso lo sabemos por experiencia propia en México y en muchos otros países en los que se aplicó el proteccionismo empresarial, con escasos resultados obvios de predecir: la autosuficiencia no es posible.

Creo que el punto bien vale una segunda opinión. Todo porque las noticias suelen presentar el lado falso del comercio internacional: nos pintan la imagen de que las naciones compiten entre si vendiendo y comprando bienes, lo que es falso pues quienes compiten son las empresas no las naciones. Y nos predican las bondades de tener un superávit comercial, cuando lo que nos beneficia son las importaciones.

Y esto tiene una consecuencia sorprendente: un socialista extremo alguien que odia a la clase empresarial en realidad debería apoyar al liberalismo por una sencilla razón: el liberalismo es el sistema económico que peor trata a los empresarios de todos tipos forzándolos a servir a la gente sin protección estatal.


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