Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Falacia del Jugador
Eduardo García Gaspar
17 junio 2008
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Miguel ha ganado dos manos de póquer una detrás de la otra, ambas con un par de ases, lo que llama la atención de Antonio, quien razona que es prácticamente imposible que en la siguiente mano Miguel reciba otro par de ases. Por su parte, Miguel piensa que los ases están calientes y que es probable que también en la siguiente mano reciba esa carta también.

El asunto que está sobre la mesa es uno muy común y que suele ser llamado la falacia del jugador. Consiste en creer que las manos siguientes en un juego dependen de las manos dadas previamente. Lo mismo aplica a juegos de dados, ruleta y otros de cartas y que hacen creer que el pasado alterará el futuro.

Miguel piensa que dos manos con dos ases cada una es un evento muy raro y que ello significa que recibirá más ases en las siguientes manos. Antonio piensa lo mismo, que dos manos con dos ases, es un evento poco probable pero que precisamente por eso es casi imposible que la siguiente mano de Miguel sea otro par de ases.

Lo que esas dos maneras de pensar suponen es algo irreal: creer que las cartas tienen memoria y que recuerdan todas las manos anteriores que se han dado, para ellas mismas decidir su orden de aparición en la mesa. Yo no sé usted, pero no creo que las cartas tengan memoria, ni preferencias, a menos que sean manipuladas por alguien que haga trampas.

Hacer trampa es igual a alterar el orden aleatorio de reparto de las cartas para provocar jugadas intencionales. Pero si el orden y el reparto son aleatorios, cada mano es independiente de la otra y ambos, Miguel y Antonio, están equivocados al sacar esas conclusiones. Miguel tiene la misma probabilidad de sacar un par de ases en cada mano que se dé durante toda la noche de juego.

El absurdo de creer que las cartas tienen memoria ha sido llevado a su extremo con la historia del que se sube a los aviones con una bomba que no pretende hacer explotar, razonando que si es poco probable que haya una bomba en un avión, es aún menos probable que haya dos. Lo mismo aplica al que siempre compra el mismo número de la lotería, creyendo que si no sale hoy, tendrá más probabilidad de salir mañana.

¿Puede predecirse la siguiente mano de póquer entre esos amigos de acuerdo con lo que ha sucedido antes? No, es imposible hacerlo. La causa de eso es que cada mano es independiente de la otra (si las cartas son entregadas al azar). Miguel puede sacar el tercer par de ases y desesperar a Antonio, porque simplemente tiene la misma probabilidad de hacerlo que en las manos anteriores.

Por eso quien en un casino razona como ellos es víctima de esa falacia. No puede predecirse que en una ruleta el siguiente es rojo porque los diez anteriores han sido negros. Lo que sí puede predecirse es que a la larga habrá igual número de rojos que de negros.

Por más que esto sea explicado, sin embargo, es seguro que los jugadores actúen movidos por esas creencias y piensen que realmente son válidas y reales. Hay un par de razones para que ellos cometan ese error. Una es llamada percepción selectiva: pondré más atención en lo que apoye mi creencia que en lo que se oponga a ella… y veré una realidad parcial.

La otra es la existencia de rachas: eventos continuos que se perciben como poco probables y que efectivamente lo son en conjunto, como las dos manos seguidas que Miguel gana con un par de ases. No es común, pero es perfectamente posible que esa racha exista, igual que muchas otras, como juegos de póquer en los que en toda la noche no se gana un solo juego, o lo opuesto.

Esas variaciones es lo que se llama suerte, buena o mala: rachas de juego que favorecen o dañan a todos los jugadores por igual. Por eso, cuando uno de ellos siente que los ases están esa noche con él, deberá recordar que los ases no tienen memoria ni gustos y que será mejor pensar así al decidir sus juegos.

Esta falta de memoria en las cartas es lo que hace pensar que cuando un jugador de póquer gana de manera consistente, la variable que está en juego no es la suerte, sino su propio desempeño: él juega mejor que el resto porque el resto ha tenido las mismas probabilidades.


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