Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De Buena Ley: Say
Leonardo Girondella Mora
2 marzo 2009
Sección: ECONOMIA, Sección: Análisis, Y MATERIAL ACADEMICO
Catalogado en:


En los tiempos actuales, con una recesión en desarrollo, es de utilidad recordar principios que la expliquen en sus dos sentidos —en el de qué la creó y en el de cómo puede remediarse.

Uno de esos principios es muy conocido, se le conoce como la Ley de Say —el economista francés, Jean Baptiste Say (1767-1832) que fue presionado por Napoleón para cambiar sus escritos y no cedió. En su tratado propuso la idea que hoy en día se expresa diciendo que la oferta crea su propia demanda, una idea que se conoce también como la Ley de los Mercados.

Según Say cuando un producto es vendido crea en ese momento un mercado para otros productos cuyo total sea de igual valor —es el producto de una observación muy aguda y que determina que para comprar primero hay que vender. Si eso da la impresión de ser una observación obvia, apunto que hay quienes piensan lo opuesto.

Son los que creen lo opuesto, que para vender, primero hay que comprar. La distinción es vital y es una de dirección causal. La Ley de Say implica que el camino a la construcción de la riqueza comienza con la oferta, es decir, la producción, porque ella es la que muy poco tiempo después crea la demanda.

Otros —debo decir que increíblemente— piensan que la dirección causal es la opuesta. Son los que piensan que la construcción de la riqueza da inicio con el consumo y que éste es el que crea la producción u oferta.

La diferencia entre  las dos creencias es parte de la realidad diaria en las decisiones políticas. Una autoridad que devuelve impuestos a particulares parte del supuesto de que la demanda creará la oferta —lo que supongo haga dar vueltas a Say en su tumba: la demanda, es decir, el consumo destruye la riqueza y no tiene sentido estimularla en sí misma. El plan de estímulo económico en los EEUU, ahora mismo, comete este error.

Lo que sí tiene sentido es estimular la oferta, es decir, la creación de riqueza, la producción. Es la oferta la que crea demanda, como cuando un carpintero vende un mueble y que en ese momento crea demanda para, quizá, alimentos o algún otro bien. Más aún, puede darse la razón a Say porque la demanda ya existe en cantidades ilimitadas, pero no la oferta, que siempre será limitada —es necesario crearla y eso sí necesita ser estimulado, por ejemplo con impuestos bajos a los productores. El plan de estímulo económico en los EEUU comete también esta equivocación.

La discusión que se ha organizado sobre la Ley de Say es ardua —por ejemplo, se ha dicho que la Teoría General de Keynes no es otra cosa que un prolongado ataque a tal ley y que termina promoviendo las bondades del gasto irresponsable (en la demanda) y la inconveniencia del ahorro (para la oferta).

Si se toma la idea de que la oferta crea su propia demanda, ella puede de inmediato ser criticada —si la venta que hizo el carnicero, y que le produjo un ingreso, no se gasta casi de inmediato en, por ejemplo, zapatos, se cree que esto produce una crisis de bajo consumo: la gente vende sus productos y servicios, pero quizá no gaste sus ingresos totalmente, pues los puede ahorrar.

Y entonces resultará, se dice, algo muy malo —la oferta ya no creará su propia demanda y se producirá un problema de bajo consumo, lo que hace muy atractiva la idea de estimular ese consumo. Todo debido a que por causa del ahorro, la oferta no fue toda dedicada a la demanda, es decir, a la compra. Con menos demanda, la conclusión es natural: se presenta una crisis de bajo consumo o de sobre producción —lo que debería haberse gastado se ahorró, es decir, no se convirtió en demanda. Esta crítica de la Ley de Say sería válida excepto por un olvido. ¿Qué le sucede al ahorro?

Una posibilidad real es la de que el dinero que produjo la oferta de bienes en una o más personas se meta bajo el colchón —es un caso de acumulación privada, pero no significativa. El ahorro mayoritario no se hace así. Las personas y empresas ahorran en bancos, invierten, dan créditos, siempre tratando de hacer producir su ahorro.

Lo que una persona ahorra se convierte en la inversión que otros hacen, es decir, en demanda también y, por tanto, Say se deshace de la crítica de la crisis que produciría el ahorro. Los ahorros no suelen quedarse improductivos, al estilo de lo que se veía en las caricaturas del tío rico del pato Donald —un tío que era un extraordinario ejemplo de estupidez en el manejo de dinero.

El ahorro, convertido en inversión, es decir, fondos disponibles a quienes no los tienen y necesitan, tomarán dos formas al menos —una es la de crédito al consumo, como cuando alguien compra una casa usando una hipoteca. La otra es más interesante. Es la inversión en capital, en formas de producción, las que son demanda también, como la compra de una máquina de embotellado de cerveza.

El ahorro que hace el carnicero, o el cervecero, aunque él no lo se dé cuenta, se convierte en consumo de otros —e incluso el ahorro que ellos hagan para invertir en mejorar las instalaciones de sus establecimientos, se convierte en consumo.

Pero, cuando se olvida esa cualidad del ahorro, la de volverse inevitablemente en consumo, comienzan a cometerse errores de comprensión y acción. Durante la Gran Depresión, puede decirse, se cometió ese error y se entendió el proceso al revés —era una crisis de bajo consumo y como el consumo produce la oferta, se pensó, lo que había que hacer era estimular el consumo, por ejemplo, elevando el ingreso de los trabajadores con salarios mínimos mayores y gasto extraordinario del gobierno.

La equivocación es terrible y se debe a la inversión de la relación causal que mencioné antes —tener oferta significa tener de inmediato demanda, pero no al revés: tener demanda no significa tener de inmediato oferta. Así puede comprenderse mejor la ley de Say. No es que la oferta sea igual en cantidad exacta a la demanda, sino que la oferta es la condición necesaria previa de la demanda.

Nada puede demandarse si antes no ha sido producido, de lo que puede obtenerse una conclusión que es natural, pero no reconocida: si se desea prosperar, el primer paso a realizar es facilitar la creación de oferta, es decir, de oferta o de capital. La Ley de Say, por tanto, señala la dirección de la solución a la pobreza —como de otra manera sostuve en Pobreza: Definición Causal.

Finalmente señalo una realidad —la discusión de estos puntos, que podía ser racional y ordenada, no se realiza por la contaminación ideológica que ella acarrea. El discurso político del gobernante se destina primordialmente al logro de votos y popularidad, la que se logra más fácilmente con medidas que estimulan la demanda y restringen la oferta, que es lo opuesto a lo debido.

Una contribución significativa al error se debe al marxismo involuntario que padecen muchos gobernantes y que les hacen ver como actos heroicos las medidas que buscan estimular la demanda, como con incrementos al salario mínimo, y atacar a la oferta, como con restricciones a la producción.

Post Scriptum

La idea del estímulo al consumo tiene una nota importante en una noticia del Times on Line (11 enero 2009):

The Bank of England’s Governor admitted yesterday that Britain is now in “deep recession” and signalled that it is ready to start “printing money” as soon as next month in aggressive, last-ditch moves to limit the slump. Mervyn King indicated that the Bank is poised to move beyond relying on further interest rate cuts to combat recession. It will give a green light within weeks to a strategy of “quantitative easing”, the modern equivalent of printing money, he made clear.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.



No hay comentarios en “De Buena Ley: Say”
  1. Iniego Dijo:

    La Ley de Say es una aportación valiosa y agrada verla mencionada al fin por alguien que afortunadamente no es un keynesiano supongo yo. Podemos culpar de la crisis a quienes no hacen caso de esa ley.





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