Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Conciencia Como Cimiento
Eduardo García Gaspar
24 diciembre 2010
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La idea ha estado presente por siglos.

La de que en algún tiempo pasado hubo una especie de Edad de Oro: un tiempo en el que la humanidad vivió una época de paz y armonía, sin conflictos ni luchas, atendiendo las necesidades más altas del intelecto y sin preocupaciones materiales.

De allí surgen consecuencias en otras ideas, como la del Noble Salvaje. Un ser humano idealizado que fue echado a perder poro la civilización posterior, haciendo salir de él vicios que anularon las virtudes anteriores.

También, por supuesto, hace surgir la nostalgia de poder regresar a esos tiempos ideales, cosa posible si se hicieran ciertas cosas… todas esas ideas que suelen surgir en esta época del año.

Es difícil, la verdad, pensar en esa Edad Dorada, dadas las evidencias que poseemos de una vida primitiva llena de situaciones con dificultades extraordinarias y circunstancias precarias.

Sin embargo, el mero pensar en una pasada Edad Dorada en tiempos inmemoriales, tiene otra consecuencia digna de ver.

Significa que los humanos tenemos una cierta noción de cómo sería una situación idílica, la de una vida satisfactoria, congruente con nuestra naturaleza.

Es decir, tenemos una idea de lo que pensamos debe ser nuestra conducta para tener una vida feliz. Esto es una gran cosa.

Lo es, porque de allí podemos concluir que dentro de nosotros existe algo que podemos llamar conciencia del deber: si nos portamos de cierta manera, tendremos esa placentera vida… pero si nos comportamos de manera opuesta, entonces lastimaremos nuestras oportunidades de felicidad.

En otras palabras, supongo, los seres humanos tenemos nociones sobre lo que debe ser y podemos distinguir entre lo que debe ser y lo que simplemente es. Si viéramos pocas o nulas diferencias, entonces reconoceríamos que nuestro mundo es bueno, muy bueno.

Y lo opuesto, cuanto más distancia existe entre lo que es y lo que debe ser, nuestro mundo sería malo, poco congruente con lo que somos.

Todo lo positivo que en esto existe, sin embargo, puede echarse a perder cuando se trata de imponer por la fuerza el mundo ideal que se piensa puede existir. Es algo que no puede imponerse porque depende de la decisión libre de cada persona.

Es decir, la mayor o menor bondad que exista en nuestro mundo depende de la contribución voluntaria que a él haga cada persona.

Imagine usted que por decreto y usando la fuerza se impone esa situación considerada ideal para una sociedad. Ya se ha intentado, como en la URSS, o como ahora en Venezuela.

Es la implantación de la voluntad de unos pocos, por la fuerza, y sólo puede lograr lo opuesto de lo que intenta, una situación aún peor de la que intenta corregir. La razón es natural: va en contra de nuestra propia naturaleza, que es libre.

Si se ataca a la libertad, por definición, ya no puede haber haber una sociedad siquiera medianamente satisfactoria.

Lo bueno y lo malo de una sociedad es producto de las decisiones voluntarias de sus miembros, y no el efecto de la imposición de las ideas de sus gobernantes.

Pueden esos gobernantes tener sus proyectos de nación, los que sean, que de nada sirven si para implantarlos necesitan anular la libertad de sus ciudadanos.

Porque lo bueno que tiene una sociedad viene de las acciones reales de sus miembros, uno por uno. Por ejemplo, ahora en México, se sufre de inseguridad y criminalidad muy altas. El panorama grande es claro: una buena cantidad de personas, los criminales, están cometiendo actos que son muy distantes de lo que deberían hacer.

Por eso es que cuando en una sociedad se trata de anular la idea de que existe el bien y el mal y se difunde la idea de que todo es relativo, que cada quien establece lo que más le conviene, entonces esa sociedad deja de tener guías de comportamiento y se descompone.

En ella no existe ya siquiera el mito de esa Edad de Oro ancestral que sirve de inspiración a la conducta propia.

Nuestra naturaleza es libre y, por eso mismo, necesita de dos componentes adicionales: el poder pensar y el tener ideas que guíen esa libertad. Sin guías y sin razón, la libertad no tiene sentido y se vuelve contra sí misma.

Se dijo que para destruir una nación debía destruirse su moneda. Puede ser, pero es absolutamente cierto que para destruirla, debe anularse el sentido del bien y del mal que tiene su gente. Toma tiempo, pero la destrucción es total.

Post Scriptum

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