Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Derechos: La Segunda Generación
Leonardo Girondella Mora
27 febrero 2013
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Los gobiernos, por naturaleza propia, tienden a crecer —aumentan en tamaño, empleados, funciones y recursos, sin limitación ni freno.

El resultado de esa tendencia puede verse en cifras como la deuda pública, el déficit público, el número de burócratas, el gasto público —síntomas todos de una patología subyacente que es un problema de ideas.

Ideas que tiene una utilidad práctica para el gobernante, el que las usa consistentemente para dar una justificación y una explicación al crecimiento gubernamental. Una de esas ideas, en extremo ingeniosa, es la de los derechos humanos.

Los derechos humanos han sido transformados en una excusa que valida el crecimiento estatal —una situación paradójica, ya que los derechos humanos en su sentido original son en realidad libertades que defienden al individuo frente al abuso estatal. No más.

La transformación —y prostitución— de los derechos humanos para justificar el crecimiento de los gobiernos puede ser explicada de la manera siguiente:

• Se toma un concepto que goza de gran estima y popularidad, como el de los derechos humanos —esas libertades que sin mucho análisis todos aprueban y consideran un gran avance.

• Se propone que esos derechos avancen y progresen; que se modernicen y actualicen; que se aumenten y amplíen —cosa a la que muy pocos se opondrían. El objetivo de ampliar algo resulta tan irresistible como el de los derechos humanos.

• Se crea una nueva expresión, la de derechos humanos de segunda generación —ya no sólo los de primera generación, que son los originales, ahora hay derechos humanos más avanzados, más progresistas, más amplios.

• Se definen esos derechos de segunda generación como un adelanto significativo para el progreso y el bienestar mundial —y se dice que esos nuevos derechos son de naturaleza económica, social y cultural, apoyados por expertos, por organismos internacionales.

• Cuando se especifica el contenido de esos derechos de segunda generación, se habla de derecho a un trabajo digno, al cuidado de la salud, a la vivienda digna, a la alimentación suficiente, a la diversión y la información y demás.

• La mezcla de los elementos es irresistible y la idea de los derechos humanos de segunda generación se acepta más o menos masivamente —pocos podrían oponerse al avance de derechos humanos que han sido expandidos y se dirigen a un mayor bienestar universal.

• Lo que sucede y no es percibido es que esos derechos de segunda generación no pueden ser implantados sino por un solo medio, el crecimiento del gobierno —no hay otra manera de lograrlo. Es entonces cuando se suelta la bomba.

“Gracias a los derechos de segunda generación, los gobiernos pasan a ocupar un nivel diferente y superior al que tenían antes, para tomar la forma de un Estado de Bienestar, que tiene la misión de satisfacer los reclamos sociales que significan los nuevos derechos”, se dice aclarando las cosas.

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En otras palabras, los derechos humanos de segunda generación son motivo para que los gobiernos crezcan sin límites —como obligación social y para el bienestar de todos, el gobernante debe tener más poder. Es un razonamiento ingenioso, capaz de convencer a más de uno, que por inocencia caerá en la trampa.

Lo que ha sucedido en el fondo es asombrosamente simple: las promesas electorales de campañas políticas se han transformado en derechos a los que el gobernante no puede renunciar —y, sin sorpresas, por supuesto, necesita más poder y más dinero.

En sus campañas electorales los candidatos se venden ofreciendo a los votantes todo género de promesas: becas, ayudas a madres solteras, vivienda, cultura, transporte, pensiones, empleo. Cuando todo eso llega a convertirse en un derecho exigible, los gobiernos tienen ya una misión sagrada e irrenunciable que deben cumplir.

Y para cumplir no hay otro camino que darles más recursos, más poder, más personal —y logran de esa manera que los gobiernos crezcan en medio de vítores que alaban la conciencia social del gobernante.

La realidad pasa a segundo plano o se ignora totalmente —de nada importa que toda la evidencia indique que los gobiernos excedidos son obstáculo a la prosperidad, que son ineficientes en el uso de recursos, que aprovechan el poder para fines personales.

El ardid funciona bien —convertir a las ofertas electorales en derechos humanos ha creado el pretexto perfecto, la excusa cabal, el motivo magnífico, para satisfacer la adicción del gobernante: tener más poder.

Resulta que con el admirable objetivo de dar al ciudadano una mejor vida, el que realmente la obtiene es el gobernante, quien gozará de más poder poder político y económico —lo que disminuye la calidad general de vida de los gobernados.

Addendum

La mentalidad en la que se fundan los derechos de segunda generación es la expresada en la propuesta de que los gobiernos deben hacerse cargo del bienestar de sus ciudadanos, desde que nacen hasta que mueren —proveyéndoles de todos los bienes que ellos necesitan durante toda su vida.

La idea llega a extremos insospechados antes —un ejemplo radiante, en México, lo ilustra: uno de los candidatos a la presidencia ha propuesto que su gobierno creará una república amorosa y una constitución moral para usarse en escuelas y medios. Ya no sólo es un proveedor de bienes, ahora el gobierno es un proveedor de sentimientos positivos.

Nota del Editor

Para ampliar el tema, véase Estado de Bienestar: Una Definición.

En 2009, Girondella mostró que en las escuelas mexicanas se adoctrina al alumno en los derechos de segunda generación que dan pie al Estado de Bienestar.

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