Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Democracia e Igualdad Exagerada
Eduardo García Gaspar
18 febrero 2015
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Todo empieza con una idea. Una idea buena, aceptable, razonable. androjo

Basados en la dignidad humana, concluimos que los gobiernos deben ser democráticos.

Que deben estar sustentados en la voluntad de los ciudadanos.

No está mal, nada mal.

Pero hay algo que merece verse más de cerca. Me refiero a eso de “la voluntad de los ciudadanos”.

En su superficie es algo que se admite sin gran dilación porque supone algo obvio. Supone que esa “voluntad” existe y es buena y es razonable. ¿Lo es? No necesariamente.

Primero, el supuesto de que esa voluntad existe. Eso quiere decir que la ciudadanía, toda o la gran mayoría, tienen una opinión sobre el gobierno que es el más deseable. Significa partir de la hipótesis de que la gente tiene un mínimo de ideales políticos, de criterios que le permiten opinar razonablemente sobre su gobierno y votar periódicamente.

Segundo, el supuesto de que esos ideales y criterios políticos son correctos, adecuados. Significa partir de la hipótesis de que la gente tienen ideales y criterios políticos congruentes con esa idea central de la igualdad humana, en la que se basa la democracia.

Sin esas dos hipótesis, la noción de la democracia puede venirse abajo. Tome usted, un ejemplo, el quizá más peligroso de todos. El de la exageración igualitaria.

Teniendo un punto de partida razonable, la democracia siempre está en peligro de exagerar a la igualdad. Puede llevarla a extremos indeseables.

Este riesgo es conocido desde hace tiempo. Por ejemplo, Tocqueville (1805-1859), quizá el pensador más sutil de la democracia, ubica a esto como un riesgo democrático. El riesgo es uno de dictadura mayoritaria, una especie de despotismo de la opinión pública de la mayoría.

Si la democracia tuvo su origen en la noción de la libertad humana y su oposición a gobiernos excedidos que abusan de su poder, la democracia es su mismo seno no se libró del riesgo de otra modalidad de gobierno excedido.

No la monarquía, ni el despotismo, sino la igualdad convertida en obsesión mayoritaria.

Una obsesión que olvida todo el real sentido democrático, el de la libertad. La igual dignidad humana es la justificación de la libertad. Siendo iguales no puede nadie imponer su voluntad en el otro y eso hace necesario un régimen democrático que traduce a la igualdad en libertad.

Olvidando que la democracia solo tiene sentido como un mecanismo que protege a la libertad, ella se transforma en otro mecanismo, uno odioso y terrible, un régimen destinado a la igualación como un fin en sí mismo, que todo lo justifica. Y que se legitima como partiendo de la voluntad popular.

Esta es la exageración igualitaria, el riesgo interno de toda democracia. Y sucede cuando “la voluntad popular” olvida que su meta y gran valor es defender sus libertades, no la igualación social.

Eso es precisamente el despotismo de la opinión mayoritaria, el creer que la mejor sociedad posible no es la sociedad de personas libres, sino la de personas iguales.

Cuando este modo de pensar penetra en la sociedad, invade poco a poco las conciencias e incluso los más razonables sucumben a ella, creyendo que toda desigualdad es injusticia, que toda diferencia es inmerecida.

La invasión ataca a todos, clérigos, políticos, intelectuales, académicos, empresarios, columnistas, ciudadanos comunes, que comienzan a sospechar de todo lo que no sea igualitario.

Es como si la sociedad caminara toda ella sobre un eje de igualación tratado de llegar a un destino ideal, el de la igualdad universal.

Las apariencias pueden engañar a casi todos, sin embargo. Se alaba a la diversidad pero se reprueba la opinión contraria; se exalta la multiculturalidad pero se rechaza la disensión. Se ensalza la tolerancia, pero se desecha la inconformidad. y se da la bienvenida a la uniformidad

Una especie de miopía invade al ciudadano, el que solo alcanza a ver a la justicia como igualdad, como si la justicia fuese solamente un asunto de similitudes máximas conforme a una lista creciente de derechos que solo los gobiernos pueden implantar.

¿Qué hacer frente a esto? No lo sé con exactitud, pero sí sé que es un asunto de valentía y valor. Y se trata de hablar con claridad, sin temores, sin miedo a consecuencias, sean las que sean. O, visto de otra manera, es un asunto de quitarse miedos y temores cuando se expresan opiniones propias.

Nada hay peor en una sociedad que el silencio de quienes contemplan errores y quedan callados por temor a represalias.

Post Scriptum

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