Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Representar al Bien Público
Eduardo García Gaspar
12 febrero 2015
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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La frase es constante. Se expresa de diversas maneras, pero su significado es el mismo. androjo

Le llaman “interés público”, “bienestar común”, “demandas sociales”.

Podemos imaginar qué es, pero su comprensión es difusa.

Lo es por una razón obvia.

Tome usted al gobernante típico que explica su posición. Se justificará en su vocación de servicio, su deseo de atender al interés público, su anhelo de atender demandas sociales.

Se verá a sí mismo como ocupando un puesto desde el que puede ayudar a las personas, especialmente a las que más ayuda necesitan.

Hay un problema severo en esa justificación. La noción de representar al interés público admite todas las interpretaciones que usted quiera. Cada gobernante se interpretará a sí mismo como un representante del bien público como él lo interprete y entienda.

Lo podrán ver como fomento a la educación, como subsidios a servicios públicos, como ayudas a madres solteras, nacionalización de empresas, relajamiento del crédito, impuestos progresivos, pensiones universales, seguros de desempleo, conciertos gratuitos… lo que usted imagine.

Y sucederá que en la política diaria esas diversas concepciones del interés público se enfrentarán unas a otras.

Por ejemplo, el interés público comprendido como estado de derecho se enfrentará al interés público entendido como negociación con grupos violentos. Igual que el enfrentamiento entre las propuestas de nacionalización y las de privatización.

Lo que sucede en el fondo es, por tanto, simple. En la política cotidiana se encuentra el escenario de conflictos entre diversas interpretaciones del interés público según sea entendido por cada gobernante y por cada partido.

Es obvio, pero necesita repetirse porque parece que se ha olvidado que el interés público admite definiciones muy variadas y contradictorias entre sí.

La cosa se complica notablemente por la existencia de una noción siempre presente, el descontento con la política del día.

En parte, por los ciudadanos que no están satisfechos con sus gobernantes, pero también debido a la oposición política que promueve el descontento con el gobierno del día. Surge así la noción de “el cambio”.

Eso de “el cambio” es al final de cuentas un deseo de mejorar al gobierno por medio de la sustitución de unos gobernantes por otros, es decir, una ideas de bien público por otras.

Se presupone, sin base razonable, que el cambio en sí mismo será benéfico. Un truco que suele funcionar como estrategia electoral, aunque no tenga base sólida alguna.

Llego así a mi punto, algo que creo que bien vale una segunda opinión. Ese punto puede ser resumido en una palabra, soberbia. O bien arrogancia, engreimiento, altivez, orgullo, o como quiera usted decirle.

Tengamos sentido común. Reconozcamos que quien sea que diga que persigue representar y defender al interés público parte de un supuesto falso: supone que conoce cuál es ese interés público y que lo conoce con tal profundidad que es capaz de realizarlo una vez que ocupe el poder.

Por supuesto hay un problema. Nadie conoce realmente al interés público.

No existe una teoría aceptable sobre él. No sabemos cómo funciona la sociedad porque tampoco sabemos cómo funcionamos cada uno de nosotros. Es nuestra misma naturaleza la que hace imposible conocer, con la profundidad necesaria para gobernar, al interés público.

Solamente puede haber concepciones interesadas sobre el interés público. Nociones que prefieren una concepción a otra, sin que ninguna pueda tener realmente una justificación sólida que justifique al gobierno como conductor de la sociedad en una cierta dirección.

Las utopías del siglo 20 son una buena demostración de eso, desde la revolución rusa hasta el socialismo del siglo 21. Pero también sus versiones más ligeras, como el estado de bienestar en Europa.

Entonces el problema de gobierno se entiende. Necesitamos gobierno pero nadie está preparado para gobernar. Nadie tiene el conocimiento suficiente como para hacerlo (tampoco tiene el carácter moral para hacerlo). ¿Qué hacer entonces?

La solución que sea que se adopte será imperfecta y de eso no hay remedio. Pero sabiendo lo anterior al menos podremos aceptar que la respuesta no está en la manera tradicional de pensar sobre el tema. Las soluciones están fuera de esa caja.

Post Scriptum

Una forma de demostrar lo que he dicho es constatar que los partidos políticos, con sus inclinaciones ideológicas, representan definiciones propias de interés público a las que representan con mayor intensidad que con la que representan a los ciudadanos.

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