Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lenguaje y Política
Eduardo García Gaspar
7 marzo 2016
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Seleccionar a un médico. Votar por un candidato. Las dos cosas necesitan bases para su decisión.

No muy diferente a escoger un automóvil. En cada uno de esos conceptos está encerrado un conjunto de expectativas.

Cosas que esperamos cumpla el médico, o el político, o el auto.

Un caso pertinente. V. Fox, expresidente de México (2000-2006), hizo declaraciones recientes sobre el muro propuesto por D. Trump para construir un muro que detenga la emigración hacia EEUU.

Dijo Fox en un programa de entrevista y lo repitió poco después en otro:

«I am not going to pay for this f**** wall»

La pregunta es inevitable. ¿Es ese lenguaje en público congruente con la expectativa que se tiene de un presidente?

La pregunta tiene su necesidad, aunque parezca irrelevante. No hace mucho, en Nuevo León, México, los legisladores propusieron una ley cuyo objetivo era evitar el uso de lenguaje soez por parte de funcionarios públicos.

El gobernador del estado había declarado en una escuela primaria a la que había sido invitado que despediría a «maestros huevones».

En el fondo de esos coloridos sucesos está el asunto de si tal lenguaje es consistente con lo que está encerrado en el significado de gobernante.

Mi punto es muy sencillo. Cuando usted usa la palabra gobernante o sus equivalentes, tiene en la mente una serie de expectativas, de cosas que supone posee un gobernante (y de las que no posee). ¿Espera usted que el uso de esas palabras sea consistente con las cualidades de un buen gobernante?

No lo son. Por supuesto que no lo son. De un gobernante se espera inteligencia, talento, educación. Nada de eso es compatible con el uso de palabras soeces en público. Y en cuanto a lenguaje, podría aspirarse a que diga cosas como «El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones».

O como «Nunca en el campo de los conflictos humanos, tantos le debieron tanto, a tan pocos». Ambas de W. Churchill (1874-1965), Premio Nobel de literatura. Si no se espera esa excelencia verbal, mucho menos se espera un lenguaje de patanes.

La cosa no queda allí. Conocí personas que opinaron al respecto de esos dos sucesos de lenguaje procaz. Dijeron que no veían en realidad nada reprobable porque, después de todo, así habla la gente común y el político se identifica mejor con la gente usando esas palabras.

Esto, mucho me temo, empeora las cosas. Para quienes eso piensan, el concepto de gobernante ha reducido su calidad original. La palabra ‘gobernante’ ya no tiene ese contenido original de excelencia.

Considere usted esta declaración de un candidato a alcalde al recibir la noticia de su victoria:

«”Me los chingue [sic]“: Cuauhtémoc Blanco al declarar triunfo por alcaldía de Cuernavaca».

El ganador, un popular jugador de futbol, fue el seleccionado por un partido político, el Partido Social Demócrata. Es decir, no fue un accidente, sino la decisión formal de ese partido para tener un candidato con oportunidad de ganar. El deseo de ganar por encima de la calidad del candidato.

Apunto, entonces, una realidad: la devaluación de la palabra ‘gobernante’, que aparentemente ya no contiene esos estándares de excelencia que alguna vez tuvo. El lenguaje es una evidencia de ese desprestigio del personaje.

Eso puede verse, en otra modalidad, en las campañas Republicanas para la selección de candidato para la presidencia.

Lo que me lleva a una consideración final. Eso que sucedería con un candidato de buen lenguaje, de razonamiento claro y frases elegantes e ingeniosas.

¿Se entendería hoy eso de que «el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio»?

¿Quién ganaría una elección? ¿Quien dijera «no es este el principio; ni siquiera el principio del final, sino el final del principio», o quien anunciará «los vamos a chingar»?

No sorprende que la devaluación del significado del término ‘gobernante’ provoque un caída importante en la calidad del gobierno.

Post Scriptum

Es posible que en algunos casos se sufra la llamada coprolalia:

« […] una enfermedad neurológica que afecta a los impulsos del habla que resulta en el uso incontrolable e involuntario de malas palabras, palabras despectivas, u otras palabras o frases que tienden a ser consideradas ofensivas o socialmente inaceptables».

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