Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Posibilidad Multicultural
Eduardo García Gaspar
28 junio 2016
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Una sociedad multicultural. Diversa, policultural, variada, plural.

Esto es un ideal de nuestros tiempos. Una ambición política producida por dos ideas simultáneas.

Una, la tolerancia concebida como una aprobación implícita e indiscriminada del resto. Dos, la suposición de que más variedad cultural significa necesariamente mayor riqueza cultural.

Se entiende al multiculturalismo como

«[…] una pluralidad cultural que convive armónicamente […] cómo distintas sociedades con un acervo cultural disímil conviven entre sí […]».

O bien, entendida como,

«La multiculturalidad pretende promover la igualdad y diversidad de las culturas. Significa que coexisten diferentes culturas en un mismo espacio geográfico».

En la idea general de la sociedad multicultural, por tanto, están claras las creencias de que la variedad cultural es en sí misma y sin calificaciones, buena; de que existe sin condición la posibilidad de convivencia pacífica entre esas culturas. Y, lo que puede pasar desapercibido, todas las culturas son básicamente iguales.

¿Lo son? Esta es la pregunta que bien vale una segunda opinión.

Y la respuesta no es la que daríamos usted o yo, sino la que sin rodeos la da la misma idea de una sociedad multicultural: no, no todas las culturas son iguales, ni valen lo mismo; es superior la cultura que tiene como valor a la multiculturalidad e inferior la que no.

El problema no es menor. Puede verse en esto:

«A pesar de que existen diferencias entre las diversas culturas, no existe ninguna cultura hegemónica, es decir, ninguna está por encima de otra, todos son iguales, en el sentido de derechos humanos».

¿Existen diferencias pero son iguales? La idea es confusa no solo en su expresión, sino en el tener que enfrentar la posibilidad de culturas que no acepten al multiculturalismo. El problema es real y tangible. Quizá tendría que hablarse de culturas que valoren a la libertad como esas en las que es posible tener multiculturalismo.

Entre sí solamente podrán convivir las personas con culturas de las que forme una parte central la noción de tolerancia, o mejor dicho, de libertades personales. Eso será imposible de lograr cuando una de las culturas no acepte las ideas de tolerancia, respeto y, sobre todo, libertades.

El descubrimiento es útil. Si la variedad de culturas es un elemento que enriquece a la sociedad que la vive, debe aceptarse que ella solo es posible cuando esas culturas tienen en común a la libertad humana. Si acaso alguna cultura no tiene ese rasgo, ella no será compatible con el multiculturalismo.

Añado que la esperanza de comprensión mutua entre culturas en extremo distintas por medio del diálogo resulta en exceso optimista. Supone que la otra cultura también posee el valor de creer que el diálogo arregla diferencias al permitir acuerdos. Una hipótesis no necesariamente aplicable a todo caso.

Pero hay más que esa realidad de encontrar culturas que no son compatibles con la posibilidad de convivencia o coexistencia armoniosa de diversas formas de pensar. Comprender esto adicional es tal vez algo sutil porque es un efecto no intencional de la tolerancia.

Es posible que la tolerancia entendida como un desacuerdo respetuoso y de buena voluntad con culturas diferentes se convierta en indiferencia y desinterés. Si esto sucede, la sociedad sufriría al reducirse su integración y solidaridad interna. Sería una colectividad de nombre solamente, formada por grupos aislados entre sí.

En la multiculturalidad, no puede negarse, hay una intención positiva de igualdad humana:

«Es la primera expresión del pluralismo cultural, que promueve la no discriminación por razones de raza o cultura, la celebración y reconocimiento de la diferencia cultural así como el derecho a ella».

Pero la «celebración» que supone es una expectativa exagerada. El reconocimiento de la diferencia cultural produce ese problema no previsto originalmente: la existencia de culturas que lejos de festejar la diferencia cultural la desprecian.

Me refiero al problema muy bien ilustrado en las declaraciones de Mahmoud Ahmadinejad en 2005:

«Como dijo el imán [Khomeini], Israel debe ser borrado del mapa […] Todo el que reconozca a Israel arderá en el fuego de la furia de la nación islámica; cualquier [líder islámico] que reconozca al régimen sionista reconocerá la rendición y la derrota del mundo islámico».

El multiculturalismo, como algunas otras ideas de nuestros tiempos, padece de un problema de idealismo extremo sustentado en magníficas intenciones pero endebles suposiciones.

El idealismo aumenta en proporción directa a la distancia entre el problema y uno mismo, como dijo  John Galsworthy.

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