La mala interpretación del déficit comercial es la idea de Manuel Sánchez González en esta columna. Se examinan las confusiones de los resultados de la balanza comercial de un país.

Durante los meses recientes, la administración gubernamental de Estados Unidos ha denostado el déficit comercial de esa nación por considerarlo un obstáculo al crecimiento económico.

Por ello, se ha propuesto buscar reducciones de los mayores déficits bilaterales con los principales socios comerciales, entre los que destaca México.

Para cualquier país, la balanza comercial es la diferencia entre sus exportaciones e importaciones de bienes y servicios respecto al resto del mundo.

La mala interpretación del déficit comercial

A pesar de su sencillez, con facilidad ese concepto se interpreta inadecuadamente, por lo menos, en tres vertientes.

Una primera confusión proviene de considerar ese saldo como un estado de resultados y el país como una empresa. Ninguna de las dos concepciones es apropiada.

Las ganancias mutuas del comercio internacional ocurren por las importaciones y las exportaciones, no por su diferencia. Además, son los individuos y las empresas, no las naciones, los que intercambian.

Una segunda desorientación surge de la terminología misma. Por conveniencia, a la diferencia negativa se le llama déficit y a la positiva superávit.

Además, es común que los analistas se refieran al aumento de los montos en cuestión como «mejoría» y a la disminución como «deterioro». Empero, se trata simplemente de mayores o menores, no de mejores o peores saldos.

Un tercer enredo, en el que incurren varios colaboradores del presidente de Estados Unidos, consiste en confundir los destinos de gasto del PIB con las fuentes de su crecimiento.

Aritméticamente, una mayor balanza comercial, medida según las cuentas nacionales, sería congruente con un mayor Producto.

Sin embargo, no puede hacerse expandir el PIB por mucho tiempo incrementando la balanza comercial, por ejemplo, mediante una política proteccionista.

La disminución del comercio por el proteccionismo propiciaría una menor productividad, restringiendo las posibilidades de crecimiento.

Dado que el producto se absorbe interna o externamente, la balanza comercial es la diferencia entre la producción y el gasto interno. La misma contabilidad revela que esta diferencia es igual, además, al exceso del ahorro interno sobre la inversión.

Esta última relación depende de factores macroeconómicos y difícilmente de una política comercial.

Trump y la mala interpretación del déficit comercial

De ahí que, si el presidente Trump quisiera reducir el déficit comercial de su país, debería buscar propiciar más ahorro o menos inversión. Dada la superioridad de la primera alternativa, un conducto eficaz sería un mayor balance fiscal.

Por otra parte, con un déficit comercial una nación invierte menos que lo que ahorra porque el resto del mundo le aporta recursos financieros mediante compra de acciones, bonos u otros activos.

Lo anterior nos lleva a una identidad adicional: la balanza comercial, aunada a otros elementos que componen la cuenta corriente como las rentas y las transferencias netas del exterior, es igual a la cuenta financiera con el exterior.

El precio que se encarga de que ambos componentes se equilibren es el tipo de cambio.

De esa manera, el déficit comercial de Estados Unidos puede verse como una señal positiva. El resto del mundo muestra una gran preferencia por los activos financieros de ese país, respaldados por su seguridad y, principalmente, por el papel preponderante del dólar entre las monedas mundiales. Ciertamente, ello no entorpece el crecimiento económico.

Abuso y superávit

Finalmente, la visión gubernamental negativa del déficit comercial se ha extendido a los déficits bilaterales. De forma incorrecta, se percibe que los países superavitarios abusan de Estados Unidos.

Mientras que el déficit comercial total tiene una interpretación en función del ahorro y la inversión, tal conexión desaparece con los déficits bilaterales.

Estos son irrelevantes porque, para una misma balanza comercial, existe una infinidad de posibles saldos con los distintos socios comerciales.

En teoría, Estados Unidos podría producir prácticamente todo lo que necesita. Pero existen otros países que pueden producir diferentes bienes con igual o mejor calidad que esa nación, pero más baratos.

Tratar de aminorar los déficits bilaterales es condenar al consumidor estadounidense a productos más caros.

México es uno de los países con los que Estados Unidos mantiene una de las balanzas bilaterales de bienes y servicios más deficitarias.

En buena medida, ello refleja la estrecha integración productiva entre las dos economías. Los beneficios en ambos lados de la frontera han sido considerables. Frenarlos, con una óptica tan equivocada, sería lamentable.

Y otra cosa más…

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos al autor, Manuel Sánchez González, y a El Financiero el amable permiso de reproducción. Manuel fue subgobernador del Banco de México durante 2009-2016 y es autor de Economía Para Desencantados.

Léase también Déficit Comercial: no Existe.

Bonus scriptum: más sobre el tema

Déficit comercial y su mala interpretación

Por Leonardo Girondella Mora –   28 noviembre, 2016

Ver al comercio internacional como una actividad de suma cero entre naciones encamina a políticas que suponen que la ganancia de la otra nación implica una pérdida para la propia, y viceversa.

La inexactitud implícita en esa suposición es lo que produce definiciones cargadas:

«[B]alanza comercial desfavorable […] en la que el valor de las importaciones de bienes excede del valor de las exportaciones de bienes. [B]alanza comercial favorable […] en la que el valor de las exportaciones de bienes excede del valor de las importaciones de bienes» economia48.com

Un asunto de palabras

La mala interpretación del déficit comercial tiene su origen en la desafortunada selección de las palabras ‘favorable’ y ‘desfavorable’ —que admite la idea de tratarse de un juego de suma cero, en el que lo que uno gana el otro pierde.

Y eso se confirma en el uso continuo de ‘superávits’ y ‘déficits comerciales’ —otros términos con carga positiva y negativa implícita y fuerte.

Pensando de la manera anterior, los ánimos son propicios para implantar políticas económicas que intenten tener un máximo de exportaciones y un mínimo de importaciones. Y así se logrará una balanza comercial favorable, es decir, son superávit.

La nación que registre, por el contrario, una balanza desfavorable, deficitaria, padecerá la idea de que ha perdido en el comercio internacional.

Seguramente incitará a su gobierno a implantar medidas que transformen al déficit en superávit, infundiendo en otras el deseo de hacer lo mismo en un ciclo vicioso.

Si la tendencia continuara sin alteración, las naciones finalizarían en un estado de aislamiento comercial entre ellas. Algo como una reclusión nacionalista que convierte a cada país en una isla económica sin contacto con el exterior.

Cada país, por ejemplo, tendría que crear sus propios sistemas operativos para computadores.

Llevando el error hasta extremos, se produciría la secesión de regiones internas del país si entre ellas se calcularan balanzas comerciales favorables y desfavorables. Incluso hasta el borde descabellado de aceptar que el mejor estado personal es el producir individualmente todo satisfactor necesario, incluyendo las medicinas para remediar jaquecas.

Explicando la mala interpretación del déficit comercial

De ese nivel individual es posible disponer de un punto de partida para captar el error de las balanzas favorables y desfavorables.

Un individuo cualquiera puede ser sujeto de ese cálculo y disponer de su propia balanza comercial.

Esa balanza personal será desfavorable con gran cantidad de entidades exteriores —como doctores, supermercados, tiendas de ropa, distribuidores de autos, servicios de transporte y muchos más.

De todos ellos recibirá «importaciones». Cosas que la persona no produce— y, si quiere tenerlas no podrá de otra manera que «exportando» lo que esa persona produzca y otros lo «importen».

En este nivel de persona puede entreverse con escasa dificultad lo que sucede al reunir en una sola suma las acciones de millones que «exportan» lo que producen e «importan» lo que necesitan.

Y sucede que entonces se hace una clasificación artificial. Las compras y ventas de las personas dentro de un país son catalogadas de manera distinta a las realizadas entre personas de países diferentes. Llamando a estas últimas importaciones y exportaciones, sin razón alguna de peso más allá que una linea fronteriza sin fundamento económico.

Ya que la unidad última de la economía en cualquier parte es la persona, sin que tenga relevancia el lugar en el que se encuentre, la noción de balanzas favorables y desfavorables carece de significado.

En ninguno de esos actos de comercio existe una suma cero de beneficios. Al contrario, en cada acto de comercio entre personas, el resultado final es una suma positiva, es decir, ambos ganan.

De lo que se sigue que en la suma de acciones de comercio, en los que existe suma positiva, no puede haber resultados negativos para nadie. Al contrario, la suma de acciones dará una suma favorable para todos, expresada en el monto total de ventas entre ellos.

La idea general que he querido establecer está bien resumida:

«En muchas ocasiones hemos escuchado que el país debe tener una balanza comercial favorable, esto es, que el país debe exportar mas que de lo que debe importar. Esta consideración obedece a una arbitraria identificación de las exportaciones como positivas y las importaciones como negativas dando pie a un mal entendido concepto de balanza comercial favorable. La realidad es que el comercio es una actividad que implica intercambio pacífico de productos por otros de similar valor. Pero el conjunto de todas las importaciones que realiza un país no serían posibles si antes no se ha creado riqueza suficiente para costear estas importaciones. Es decir, para que existan importaciones necesariamente antes debieron existir exportaciones». Danny Ayala Hinojosa