«Hay cosas que se necesitan y otras que no». Este es un reclamo común y viene acompañado por la intención de deshacerse de lo que no necesitamos.

Una orden de gobierno es la forma en la que muchos quieren aplicar ese deseo; que el gobierno prohiba la fabricación de eso que no se necesita y asunto arreglado.

Pero, ¿qué es realmente lo que necesitamos? No hay una respuesta clara que permita justificar una ley que ordene que se prohiba, por ejemplo, la producción y venta de cepillos eléctricos de dientes; o pinturas interiores de color durazno frenesí.

Esa falta de claridad al respecto de lo que realmente necesitamos puede ayudarnos a comprender el tema si vemos a las necesidades como una función continua que comienza como las necesidades de supervivencia más básicas, como agua, y van transformándose en necesidades menos básicas, como agua Evian.

Necesitamos agua, aire comida, vivienda, amigos, salud, herramientas, educación, leyes, moral, libros, arte, pasatiempos, ropa, transporte lo que a usted se le ocurra, incluyendo esa odiosa ropa de moda para mascotas.

Lo que sucede es que conforme aumenta el bienestar las necesidades se complican y aumentan. Sería absurdo que ese que critica a las necesidades superfluas propusiera regresar a la edad primitiva cuando quizá no habría muchas de esas necesidades superflua (quizá hubiera considerado innecesario hacer las pinturas de Altamira).

Esta asociación entre bienestar creciente y más complejas y numerosas necesidades es inevitable y poco sentido tendría el suspender o retrasar el bienestar para dejar de tener necesidades superfluas.

Menos sentido aún tendría el usar al poder estatal para girar órdenes de prohibición de producción de bienes «innecesarios», como mantequilla en presentaciones de 10 gramos, sombreros para mascotas, apps de juegos muy complicados.

Y, sin embargo, sí existen instancias de eso que produce una reacción comprensible, como zapatos para tomar selfies, o joyas en collares para gatos. E incluso cosas como gastos exagerados en ropa, o cirugía plástica.

¿Qué hacer? Supongo que lo mismo que se hace con la libertad de expresión: soportar y tolerar esas necesidades detestables en aras de las necesidades aceptables que pueden satisfacerse.

Entender que la libertad sin remedio produce algunas conductas odiosas que son como el costo del bienestar que produce. Pero sobre todo que no conviene usar a los gobiernos como armas morales que emitan órdenes que prohiban eso que no aprobamos (recuerde usted a La Prohibición).

Con esto llego a lo que creo que bien vale una segunda opinión.

Todos tenemos deseos de mejorar a la sociedad, de solucionar los problemas que tenemos, de vivir en un mundo mejor. En algunos esas intenciones llegan a extremos que les hacen pensar en construir una sociedad perfecta e ideal que solo es posible si usan al gobierno y su poder para imponerla por la fuerza.

Igual que usted, tengo yo también cierto odio ante bienes y productos que me resultan vanos, innecesarios e insultantes. Soportar eso es un precio pequeño por la libertad.

Y una cosa más…

La obra de Rothbard, Murray N. The Progressive Era. Edited by Patrick Newman and Andrew P. Napolitano. Auburn, Alabama: Mises Institute, 2017, contiene una de las historias de ese intento de usar al gobierno para construir una sociedad ideal.

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