verdad

Todo lo que se dice o escribe está sesgado. Deformado por intereses personales y creencias propias. Nada es creíble. Bien, pero qué pasa si alguien tiene el sesgo de la verdad.

La reacción estándar de incredulidad

Los reportes históricos son material preferido de quienes afirman que todo es sospechoso y sesgado. Que todo está sesgado, que nada es confiable.

«Cada libro de historia está sesgado por las creencias del autor», eso me han dicho muchos. Y como consecuencia, practican un escepticismo extremo: no creen en nada excepto en su propia tesis de que todo historiador cuenta la historia como le viene en gana.

Digamos que en algún libro se dice que los datos reales de la Inquisición, según nuevas investigaciones, muestran que habían sido exageradas las cifras. O que Stalin realizó matanzas de cientos de miles de personas, o lo que a usted se le ocurra.

Seguramente alguno comentará algo como «Bueno, eso dice porque tiene ciertas creencias y tiene interés en difundirlas. No puede confiarse en eso». El escepticismo se desborda. Los clisés triunfan.

Un campo clásico en el que se presenta este fenómeno es el de la historia de la religión. Un autor lo ha comentado apuntando la paradoja que contiene:

«[…] cualquier historia escrita por una persona religiosa no es científica, no es “objetiva” y, por lo tanto, no es de fiar. El error fundamental aquí es pensar que los historiadores seculares son de alguna manera más capaces que los religiosos de trascender su perspectiva personal». Weidenkopf, Steve. The Real Story of Catholic History: Answering Twenty Centuries of Anti-Catholic Myths  (Kindle Locations 5630-5632). Catholic Answers Press. Mi traducción.

La desconfianza exagerada

Si examinamos la esencia de esa opinión de «no confiar en quienes cuentan la historia», encontramos dos elementos que se contraponen y que son de utilidad para explicar el sesgo de la verdad:

1. En nadie puede confiarse para contar la historia porque tienen interés en apoyar sus ideas y propias y, a veces, argumentando que no se tienen fuentes lo suficientemente confiables. No hay verdad histórica o ella no está accesible.

2. Debe confiarse absolutamente en la propia idea de que nadie puede tener la verdad histórica. Es decir, es verdad histórica que no hay verdad histórica.

En la practica, sin embargo, la cosa se complica un poco más presentándose eso que comenta S. Weidenkopf: se descartan selectivamente las historias de algunos y se aprueban por default las de otros. 

Como me dijo una persona, «No confío en esa historia porque la escribió un cristiano. Le creo más a los no cristianos que han escrito sobre eso».

La postura es ilógica. Si usted no le cree a los historiadores cristianos porque son cristianos, no hay nada que permita concluir que son más creíbles los autores no cristianos precisamente porque no son cristianos.

O todos tienen sesgos o ninguno, que es lo que nos manda al punto siguiente.

El sesgo de la verdad

Entre todos los historiadores, entre todos los libros de historia, ¿no existirán algunos que persigan encontrar a la verdad, que contengan datos reales?

Personas y sus obras que hayan ido tras la verdad encontrándola en ocasiones.

Es cierto que muchas narraciones históricas están alimentadas por las ansias de hacerlas coincidir con las ideas y creencias propia, pero eso no descarta que existan muchas otras que se hayan nutrido con el deseo de encontrar la realidad y darla a conocer.

O, puesto de otra manera, si todos los autores tienen sesgos personales, ¿no podrían existir algunos historiadores que tuvieran el sesgo de tratar de encontrar la verdad y escribirla?

Y es que vivir bajo la idea de que en nada puede confiarse porque todo puede explicarse como una defensa de creencias y prejuicios personales, conduce a un mundo triste en el que cada persona vivirá desconfiando de las intenciones ocultas de los demás y de mentiras que nunca se interrumpen.

Al final esto es un caso más de la necesidad de la verdad y de que somos capaces de tenerla, al menos en parte y cercanía, de manera que podamos discutir, argumentar y conocer. 

Conclusión: haga una prueba

Un libro reciente afirmó esto sobre la Inquisición:

«[…]  ahora se reconoce que la Inquisición española fue un instrumento de control ideológico mucho menos represivo de lo que hasta ahora se había pensado, y que la tortura y la pena de muerte rara vez se aplicaron, casi exclusivamente durante las dos primeras décadas de su existencia. En comparación, otros países europeos, incluidos Inglaterra, Francia y Alemania, siguieron quemando a los herejes hasta bien entrado el siglo XVII». Helen Rawlings. The Spanish Inquisition (Historical Association Studies) (Kindle Locations 94-97). Mi traducción. 

Quizá el lector quiera hacer la prueba y presentar esta idea a algunos amigos y conocidos para ver si alguien entre ellos argumenta diciendo algo como «Bueno, eso dice porque seguramente el autor es católico».


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Y unas cosas más solamente…

Debe verse:

Cercanía o lejanía de la verdad

Otras ideas relacionadas:



[Actualización última: 2020-09]

Referencias extras:

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Notas extras sobre el sesgo a la verdad

Por Leonardo Girondella Mora 

La idea general asegura que en una batalla de ideas, el error y la verdad combaten entre sí y que al final, la verdad terminará siendo aceptada —lo que justifica que las personas participen en ese combate porque al final ellas aceptarán la verdad.

Esto es lo que justifica a la libertad de expresión, la que produce ese campo de batalla entre opiniones equivocadas y opiniones verdaderas. Es también lo que justifica la apertura mental a escuchar opiniones ajenas, aunque ellas sean opuestas.

Esto es lo que pretendo explorar en lo que sigue —esta idea de que la verdad eventualmente triunfará en medio de una infinidad de errores. Ante lo que expreso una actitud escéptica sobre ese poder de la verdad que eventualmente llegue a ser reconocida por todos.

Para que prevalezca el sesgo de la verdad

Aceptación

Para que eso suceda —para que la verdad triunfe— debe cumplirse con un requisito indispensable: la disposición personal de aceptar la verdad.

Es decir, todos deben compartir la vocación de búsqueda de la verdad muy por encima de la terquedad que usualmente se encuentra cuando la persona defiende sus puntos de vista.

Con lo anterior quiero decir que el triunfo eventual de la verdad, en un campo de batalla de opiniones equivocadas y verdaderas, solo puede suceder cuando las personas aceptan que la verdad existe y que puede no coincidir con sus creencias personales previas.

Triunfo final

Otro problema con la opinión de que la verdad eventualmente triunfará en medio de los errores, es la determinación del tiempo que eso tomará—quizás pueda tomar un par de horas de discusión, varios años, o tal vez nunca llegará ese momento.

Me imagino que el caso de discutir la existencia de Dios será uno de esos en los que la aceptación de una verdad por parte de todos nunca llegue —como también me parece que sucederá en el tema de las funciones de los gobiernos.

En libertad

Adicionalmente, se requiere que la discusión que lleve a la verdad se realice en un medio ambiente de libertad que solo es posible dentro de ciertos regímenes políticos —en los que la posibilidad de censura, cualquier forma que esta tome, sea prácticamente nula.

Dentro de un sistema político que no garantice una amplia libertad de expresión, será imposible tener esa batalla entre opiniones equivocadas y opiniones verdaderas —y, por tanto, el sesgo a la verdad tendrá muy poca probabilidad de triunfar.

Cultura

No solamente influirá el ambiente político mencionado en el punto anterior —el ambiente cultural tendrá un impacto sustancial en esa batalla entre el error y la verdad.

Donde domine una mentalidad relativista, esa discusión no tiene sentido alguno —lo único que será solicitado será la tolerancia de todas las opiniones, lo que significa qué será tolerado el error no importa cuál sea.

Dentro del ambiente cultural tendrá una influencia significativa la preparación y la educación de las personas, especialmente en lo que se refiere al uso de herramientas de razonamiento —donde se carezca de esa capacidad, la victoria última de la verdad será poco probable.

Ideologización

También, será importante la politización de la discusión —la que acontece cuando los gobiernos participan en la solución de las discusiones siendo parciales a algunas de ellas.

Por ejemplo, en la discusión sobre mercados libres y mercados intervenidos es obvio que los gobiernos serán parciales en lo general —favorecerán la «verdad» de los mercados intervenidos no porque ella sea la verdad sino porque eso les significa tener más poder económico.

Resumen

Lo que he hecho con los puntos anteriores es demostrar la dificultad que enfrenta la idea de que en una batalla entre el error y la verdad esta última saldrá triunfante al final —es muy posible que no sea así.

Es posible que todo lo que dicho antes se focalice en un solo punto: la actitud de las personas frente al sesgo propio hacia la verdad.

Es una posibilidad real que a las personas no interese la verdad —quizá deriven un beneficio personal defendiendo al error, o sean indiferentes ante la verdad, o, si es que la conocen, hagan poco o nada por defenderla, o no tengan la capacidad para reconocer el error.

Al final, esa idea sobre el eventual triunfo del sesgo hacia la verdad pinta las cosas de color rosa y, sin querer ser pesimista, me parece adecuado concluir que la verdad necesita ser defendida continuamente —incluso en tiempos en los que ella domina debe ser reafirmada porque muy posiblemente llegarán tiempos en los que pueda ser olvidada.