Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sin Salir Del Rancho
Eduardo García Gaspar
24 diciembre 2002
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
Catalogado en: ,


Todo empezó en Madrid, en un restaurante de paellas, al que más de un centenar de mexicanos fuimos con motivo de una convención.

Entremos al sitio para ser recibidos con las clásicas tapas españolas o botanas, para luego servirnos una muy aceptable paella de mariscos. En la mesa a la que fui asignado había unas diez personas de diversas partes de México.

Una señora de Guadalajara, no bien habían servido la paella sacó de su bolsa un envoltorio de chiles piquines que galantemente nos ofreció a todos y algunos aceptamos gustosos. Allí estábamos en Madrid comiendo con vino tinto una rica paella de mariscos y no pudimos resistir la tentación de añadirle el sabor al que estamos acostumbrados.

La historia no es aislada. Todos hemos visto ese suceso repetido una y otra vez, la del mexicano que lleva consigo su envoltorio de chiles y que saca en los lugares más improbables, una boda en su ciudad, una comida de negocios en EEUU y hasta en un viaje largo que le obliga a comer sin su condimento favorito.

Decía un amigo venezolano que los mexicanos no podemos comer sin picante y que eso nos ha echado a perder el paladar al impedirnos apreciar los sabores más sutiles de, por ejemplo, un camarón al natural.

El punto de esto es que los mexicanos efectivamente estamos acostumbrados a comidas con picante y que sin ese condimento nos encontramos perdidos al enfrentar nuevas situaciones.

Añadimos picante a la paella, a la lasagna, a la pizza, a todo o casi todo lo que nos ponen enfrente y así ya no extrañamos lo que nos es conocido. Esto nos lleva a otra situación que es muy similar, aunque en la superficie sea muy diferente.

Hace pocos días, Ismael Rodríguez, un director mexicano de cine, al que le debemos cintas como las clásicas de Nosotros los pobres, dijo que el cine mexicano actual está en mala situación y que lo que se necesita es el apoyo urgente del gobierno para que de esta manera se impulse a la industria cinematográfica nacional.

La señora de Madrid que lleva picante para ponerle a la paella y el bueno de Ismael Rodríguez padecen del mismo mal en el fondo. Ella no sabe comer sin picante y él no sabe entender la vida sin la intervención del gobierno.

Ambas son costumbres que mucho me temo estén muy extendidas en las mentes y los paladares de los mexicanos. No podemos vivir sin chile y sin gobierno, lo que supongo pueda ser material de análisis profundo para algún atrevido psiquiatra.

En nuestro rancho, digamos, así pensamos: no importa lo que comamos le añadimos picante, no importa lo que hagamos dependemos del gobierno. A lo que voy es que pienso que los mexicanos quizá estemos encerrados en un marco mental demasiado estrecho y eso nos impida ver horizontes mejores.

Sí, comer una buena paella de mariscos, con camarones, cigalas y otras delicias del mar nos da un deleite diferente cuando no le añadimos picante. Sí, un pescado en aceite de oliva y ajo tiene otro sabor cuando carece de picante.

También, nuestra vida tiene otro aroma y otro gusto cuando en ella el gobierno no juega el papel principal. Cuando a todo le añadimos picante, todo nos sabe a picante. Cuando vivimos fuertemente regulados por el gobierno, nos volvemos irresponsables y faltos de iniciativas.

Esperamos que la comida nos pique y esperamos que el gobierno nos cuide. Una vida de escasa diversidad y muy limitada, pues todos los platillos nos saben a lo mismo y todo lo que queremos es que el gobierno nos evite problemas.

No hay en ese rancho la emoción de probar cosas nuevas, de cometer errores, de tener aciertos, de innovar, de imaginar, ni de aceptar la responsabilidad propia e individual.

Si nos sirven una fabada, le ponemos chile. Si creemos que falla el cine, pedimos que intervenga el gobierno. Si hay sequía, queremos que nos indemnice.

Si tenemos el más pequeño de los problemas nos tenemos otra receta que llamar a la autoridad. Si falla la industria de la música ranchera, pedimos al gobierno que fuerce a las estaciones a tocarla. Queremos que el gobierno intervenga en todo.

El resultado al final es una vida estrecha, poco imaginativa y con un solo sabor.

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