Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Chirac Globaliza Impuestos
Eduardo García Gaspar
1 febrero 2005
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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En los últimos días del mes pasado sucedió algo digno de destacarse. Si el mundo está en proceso de globalización, Jacques Chirac propuso lo lógico para un político, el impuesto global. La idea es poner impuestos a los viajes aéreos internacionales, a las transacciones financieras entre países.

Como el perro de Pavlov que babea al escuchar la campana, los políticos crean impuestos al ver cualquier problema. La iniciativa de Chirac produjo noticias en todo el mundo y picazón en muchos.

Tony Blair se alejó del asunto cuando se le preguntó su opinión, igual que Clinton y otros. Todos se alejan de la idea que consideran tonta, nadie quiere tocar esas babas. Pero es digno de notarse por una razón: Chirac ha mostrado el epítome más claro que recientemente se ha dado del funcionamiento de la mente de un gobernante clásico.

Si entrásemos a la mente de un gobernante típico veríamos que sus neuronas tienen funciones un tanto diferentes a las de un ser humano normal. Su mente está al acecho de oportunidades de intervención: por todas partes, por todos los medios, busca problemas qué resolver, situaciones que aliviar, entuertos que solucionar.

Porque ésa es su vida: la caza de problemas en los que quiere intervenir. Es una pasión adictiva. Ha sido dicho ya.

Sin estadísticas los gobernantes tendrían poca oportunidad de descubrir problemas y por eso intervendrían menos… tanto que prohibiendo que los gobernantes tuvieran acceso a las estadísticas, los ciudadanos nos quitaríamos gran cantidad de la pesada carga que ellos colocan sobre nuestros hombros.

Una vez que el gobernante descubre un problema, el que sea, digamos el de la pobreza en el mundo, él quiere intervenir, ayudar a resolverlo.

Todo porque ésa es la razón de su existencia: es una persona que ha definido su profesión como la de resolver problemas ajenos, incluso a pesar de que las personas no deseen esa ayuda. El gobernante tiene en esto una herramienta enorme, poder, y así es que a pesar de que los ciudadanos no lo quieran, entra él por la fuerza a resolver problemas de otros.

Con ese poder tan grande, puede incluso usar a la policía para forzar en los demás la ayuda que él brinda, obligando a los ciudadanos a aceptarla por la fuerza. Pero, el arsenal de soluciones que el gobernante posee es muy pobre.

Tiene una sola arma, la creación de impuestos. Por eso no es sorprendente que Chirac haya propuesto eso de los impuestos globales. No tiene otra arma. Llamó “experimental” a tal impuesto global, aunque no exista esa categoría y sea sólo un calificativo para suavizar el ataque. Los impuestos tienden a eternizarse.

En fin, lo que pasó por las neuronas del gobernante francés fue un ejemplo ilustrísimo de lo que sucede dentro de la mente del gobernante: busca problemas, los encuentra y los soluciona siempre, creando impuestos o gastando más. El perro babea cada vez que oye una campana y el gobernante crea impuestos cada vez que ve un problema.

Es fácil imaginarse una reunión en un gobierno, con diversos políticos dentro de una sala, a quienes se les han mostrado estadísticas sobre la pobreza de su país, o cualquier otro problema. Posteriormente, con toda solemnidad, entre ellos se hace un “brain storm” de ideas para encontrar soluciones.

Sin la menor de las dudas, la única idea que ellos podrán desarrollar estará basada en la creación de un impuesto, algo como poner un impuesto a los artículos de lujo, para con eso resolver el problema. Su mente no da más allá de eso.

Lo paradójico del asunto es que hay más remedio a los problemas reduciendo impuestos que elevándolos. Francia quizá sea un buen ejemplo de esto, una economía sin ánimos y un gobierno hiperactivo. Pero hay otra consideración que hacer.

Las personas, los ciudadanos normales, tienen capacidad de resolver sus propios problemas sin intervención de terceros. Los gobernantes no son mejores que los ciudadanos y la evidencia muestra que demasiadas veces son peores.

Un buen gobierno está formado por buenos gobernantes, que no pretenden saber más que sus ciudadanos y que entienden que mayores impuestos significan menor dinero en los bolsillos de quien lo ganó. Al final, los impuestos son como las babas, brotan por reflejo involuntario y nadie fuera del que los produce quiere tocarlos.

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