Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Mente Política
Eduardo García Gaspar
17 noviembre 2005
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Las cuestiones públicas y de gobierno son vistas de diferente manera por el gobernante y por el gobernado. De estas dos distintas maneras de entender los asuntos de gobierno surgen expectativas diferentes para ambos personajes. Me explico con la intención de ayudar a entender la realidad.

Para el ciudadano, un gobierno es una fuente de protección y justicia, que permite llevar una existencia más apacible o menos azarosa. Del gobierno se espera que nos cuide de ataques injustificados en nuestras personas y nuestros bienes, que penalice el incumplimiento de contratos y que cobre los menos impuestos posibles de la manera más sencilla. Esperamos de la autoridad, eso, justicia y aplicación de la ley sin abusos de poder.

La expectativa ciudadana es simple, pero no simplista. No tiene gran complicación.

Si la ley existe, ella debe cumplirse igual para todos. Sobre todo, el ciudadano espera no ser sujeto de abusos por parte de la autoridad, pues en las relaciones entre gobierno y ciudadano también debe existir justicia, como en los tratos entre los ciudadanos mismos. Dentro de ese ambiente de seguridad razonable, el ciudadano desea realizar sus intenciones y alcanzar sus ambiciones.

Sin embargo, para el político las cuestiones públicas son cosas muy diferentes. Rara vez se ve él como responsable de tener el gobierno que espera el ciudadano y cuando eso sucede estamos en presencia del poco común caso del estadista.

Los gobernantes que abundan son de otro tipo y ven al gobierno como una manera de llegar al poder, que es lo que ansían y su razón de existencia. Un político que no satisface su afán de poder nunca está satisfecho.

Su meta es ésa, llegar al poder y por esto es que su mente está sobrecalentada en tiempos electorales, cuando su destino se define y corre el riesgo de dejar de ser. Es la voluntad de poder lo que lo define y realiza.

Poder para satisfacción propia, más que para beneficio ajeno, aunque mucho hable de su vocación de servicio a los demás y de sus deseos de sacrificarse en bien de los ciudadanos. Una vez en el poder, cree el político que debe actuar, hacer, arreglar, acomodar, organizar.

Y que cuando más intervenga, mejor será la sociedad que gobierna. Por eso es que los gobiernos invadidos por ese sentimiento se ahogan en leyes y reglamentos que con el pretexto de proteger a los ciudadanos, les dificulta sus acciones.

Surgen leyes, directivas, decretos, iniciativas, planes, todos provenientes de una mente que no entiende que quizá dejar las cosas a la iniciativa del ciudadano sea la mejor opción… porque, después de todo, los ciudadanos no somos tontos.

Y si acaso el gobernante tiene sueños utópicos, el asunto se complica notablemente por una razón sencilla en la que poca atención se suele poner: el gobierno es la única institución pública que tiene una autorización legítima para el uso de la fuerza.

La necesita para aplicar la justicia, con un problema serio. La puede usar para aplicar los sueños del gobernante. Los casos de esto son numerosos: la URSS, China comunista, Castro, Hitler.

Todos, ejemplos de delirios de poder que buscaron hacer realidad los alucinaciones del gobernante, como el de la “república bolivariana” de Hugo Chávez en estos días. La cosa empeora significativamente cuando la mente del gobernante contagia la del ciudadano y crea en éste un hábito de dependencia y conformismo, anulando su sentido de independencia y valor propio.

Es el caso del estado benefactor el que tiene esta terrible consecuencia, la de crear una ciudadanía sin sentido de la libertad, que voltea a la autoridad cuando enfrenta el más pequeño de los problemas, esperando su solución.

Es por las razones anteriores que los gobiernos por naturaleza y diseño tienden a actuar de más e intervenir en exceso, lo que en el transcurrir del tiempo, los coloca en la posición cómoda de tener una ciudadanía que quiere más gobierno, cuando lo que se necesita es menos.

La inercia natural es la de gobiernos excesivos y es por esto que el sistema democrático, bien entendido, se hace absolutamente necesario. No tanto para elegir a los gobernantes, sino para contener sus ansias de poder y de intervención.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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