Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Complot del Complot
Eduardo García Gaspar
18 julio 2007
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una de las palabras más abusadas. Tanto que puede representar un rasgo de la personalidad mexicana. Cualquiera que siente ser agredido, que haya fracasado en sus esfuerzos, que busque explicaciones rápidas de eventos, todos ellos pueden acudir a la famosa palabra y dar una explicación que los saca del apuro.

Me refiero a “complot”, un sinónimo de conspiración, confabulación, conjura y maquinación, que tiene la enorme ventaja de explicarlo todo.

¿Pierde usted unas elecciones? ¿Lo sorprenden con varios millones de dólares en efectivo? ¿Quiere explicar los precios del petróleo? Todo eso lo resuelve el afirmar que se trata de un complot.

Por eso, conviene intentar una definición de complot y hacer algunas precisiones. No es algo reciente. Desde los años 60, Karl Popper, el filósofo, hablaba de una teoría de la conspiración y la definía como la explicación de un fenómeno atribuible al descubrimiento de grupos de personas interesadas en hacer realidad el fenómeno que se pretende explicar. Todo lo que sucede es debido a que alguien quiere que suceda.

Ese alguien es generalmente un grupo oculto, rodeado de misterio y con un deseo por cumplir para el que varios unen sus fuerzas. Si alguien pierde unas elecciones eso puede explicarse por la existencia de grupos que logran provecho en que las pierda. Toda la explicación que se requiere es señalar que hay alguien que quiere que algo acontezca. Y nada más.

El complot es una modernización de las explicaciones religiosas más primitivas: antes los dioses eran los autores de los hechos. En la actualidad es una forma de superstición actualizada y laica: ya no son los dioses los que causan los hechos, sino personas poderosas: la CIA, el IMF, los comerciantes, las grandes petroleras, los sabios de Zión, lo que cada quien quiera e invente. No hay límites.

¿Hay confabulaciones? Sin duda. Las reuniones clandestinas de los insurgentes mexicanos en el siglo 19 fueron complots: querían que algo sucediera. Y, más aún, quienes se reúnen para unirse en contra de la conspiración en la que creen, forman ellos mismos otra conspiración y son prueba viviente de lo que ellos tratan de probar.

Todo esto no tiene nada de notable. Probar que la gente se reúne para lograr algo es demostrar lo que todos saben de antemano.

Que existan personas reunidas para el logro de un objetivo es, entonces, un descubrimiento que nada vale. Todos los días existen reuniones de ese tipo. Los partidos políticos se reúnen en privado para trazar su estrategia electoral; los ejecutivos de empresas para enfrentar a la competencia; y quizá algunos estudiantes para poder realizar un trabajo copiándolo de otro. Los editores de un periódico se reúmen para seleccionar las noticias a reportar el día siguiente.

El punto no es probar que existen grupos reunidos con un cierto propósito, sino si las confabulaciones son tan exitosas como se les cree. La realidad es que esos complots son muy poco exitosos y la prueba se da en la existencia de grupos con intereses opuestos, como en unas elecciones, en las que uno sólo resulta ganador. Hacer un complot no es garantía de éxito. Pero sí es una buena explicación, muy atractiva y sonora, de lo que sea que se desee explicar.

Y no sólo no son exitosos los complots, sino que tampoco pueden ser una explicación siquiera razonable de lo que sucede. Trate usted de explicar el inicio del Renacimiento por medio de esta teoría, o de la caída de la URSS, o de lo que usted quiera, usando sólo esta herramienta y verá que es al menos parcial. Supondría que todas las cosas salen de acuerdo a lo planeado y eso da risa a cualquiera que tenga un sentido práctico.

Pero la teoría de la conspiración es popular sin duda, creo que por dos razones. Una es que ella es una salida fácil del que busca una explicación: no tiene que estudiar nada, ni saber del tema. La segunda es que constituye un buen argumento novelesco, de intriga y misterio, lo que explica la cantidad de libros que en serio o en ficción lo usan.

Al final, me quedo con una idea central: las explicaciones de complots son falsas porque suponen que siempre son exitosas y eso es ridículo. Vivimos en un mundo incierto, que es imposible de prever y ningún grupo, por poderoso que sea, tiene el conocimiento que se necesita para realizar sin fallas sus planes.

No podría yo explicar al complot mismo por medio de un grupo poderoso que quiere que pensemos en complots como explicaciones para detener el avance de la historia o de la economía.

POST SCRIPTUM

Para esta columna he tomado conceptos de Popper, Karl Raimund (1966). The Open Society And Its Enemies Vols 1 And 2. London. Routledge & K. Paul, pp. 94 y siguientes.


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