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La oferta crea su propia demanda, Así se expresa un principio económico, la llamada Ley de Say. Su significado y consecuencias.

Introducción

Este resumen presenta una de las más famosas ideas en la historia del pensamiento económico, la llamada Ley de Say. Esta contenida en la más popular de las obras del economista francés. Say (1767-1832) es considerado uno de los mayores defensores de la libertad económica.

La exposición de su “ley” es la propia de un libro de texto, su célebre tratado. Clara, organizada y directa, permite encontrar el sentido y la solidez de lo que en una primera impresión parece paradójico.

Causa desilusión, por otro lado, que la obra, de 1803, no haya sido asimilada por grandes sectores gubernamentales, en donde aún se piensa en las bondades de los estímulos a la demanda como receta de progreso.

La idea fue encontrada en Say, Jean-Baptiste. A Treatise on Political Economy. Transaction Publishers, 2001, pp 132-140.

Los lamentos de productores y comerciantes

Say inicia el famoso capítulo 15 mencionando un conocido lamento de muchos productores. Se quejan ellos de que sus dificultades no están en producir los bienes, sino en venderlos.

Cuando la demanda de sus artículos es baja, dicen ellos que es porque el dinero escasea. Lo que ansían es tener una demanda amplia.

Pero si acaso se les pregunta en detalle qué es lo que facilitaría la demanda de sus bienes, sus respuestas son vagas.

A menudo proponen cosas contrarias a su interés y suelen acudir a las autoridades en busca de protección. Su queja central, sin embargo, es la de que falta dinero en circulación.

La oferta crea su propia demanda

Con esta observación de la vida diaria, que incluso hoy en día es común escuchar, el autor da comienzo a lo que más tarde se llamaría Ley de Say, o ley de los mercados.

Ella ha sido expresada en la frase, «la oferta crea su propia demanda», que por cierto, nunca fue usada por Say.

La explicación

Una persona cualquiera, trabajador o empresario, explica Say, aplica su esfuerzo y usa sus recursos en la producción de un bien. No esperaría poderlo vender si los demás no cuentan con los medios para comprarlo.

Pero esos medios de los demás provienen de su esfuerzo de producción.

Comprendiendo esto, la conclusión es clara, aunque a primera vista puede ser paradójica. Es la producción misma la que abre la puerta a la demanda de bienes producidos.

No habría gran dificultad en convencer a un productor de que si quiere vender sus textiles, los demás no podrían comprarlos sin que ellos antes hayan vendido sus cosechas o lo que sea que hayan producido.

Cuanto más vendan sus bienes, más podrán comprar textiles y otros productos.

El productor, en realidad, no quiere dinero, lo que quiere son otros bienes. El dinero se quiere para comprar otros bienes, sean recursos para producir, o bienes para consumir.

Conclusión

Por tanto, decir que las ventas son bajas porque el dinero es escaso no tiene sentido, es confundir a los medios por la causa.

Es una confusión causada por la impresión inicial de que toda venta esta representada en dinero en un inicio, y no se percibe que ese dinero es convertido en otros bienes producidos por tercero.

Llega Say a otra manera de expresar esto. No puede afirmarse que las ventas son bajas por causa de la escasez de dinero, sino por la escasez de producción de otros bienes.

Siempre existe dinero suficiente para la circulación y los intercambios, cuando los bienes existen.

Más en detalle, oferta crea demanda

La idea es repetida por Say, ahora en otras palabras. Tan pronto un bien es creado, en ese instante mismo permite la existencia de un mercado para otros productos por el monto total de su valor.

Cuando un productor ha terminado de producir sus bienes, desea venderlos de inmediato, recibir dinero y con él comprar otros bienes. La sola creación de un producto crea la compra de otros.

Una buena cosecha, por ejemplo, es por supuesto buena para el agricultor. Pero también lo es para el resto de los productores de otros productos. Con más ingresos los agricultores comprarán más.

Una mala cosecha causa el efecto opuesto, es mala también para el resto de los productores, aunque no sean agricultores.

El éxito en una actividad de producción produce buenos efectos en el resto de las industrias. La mala situación de un sector económico, daña al resto también.

Por esto es que puede saberse la causa por la que en ocasiones sucede que se tienen demasiadas existencias de algún bien. Puede haberse producido más de lo que su demanda indicaba, pero puede ser también que la producción de otros bienes haya caído.

Entonces…

Esta última causa es en la que Say ha puesto su atención. Algunos bienes son abundantes en exceso porque la producción de otros se ha reducido.

Decir que la producción crea su propia demanda es, por tanto, explicar la escasez de venta de algunos bienes. No se venden porque ha caído la producción de otros bienes.

La gente compra menos porque ha tenido menos ingresos y han tenido menos ingresos por una de dos causas. Han tenido dificultades en el empleo de sus medios y capacidades de producción, o esos medios de producción han sido deficientes.

Debe hacerse muy claro que esto incluye a toda persona capaz de producir, sea un empresario grande o pequeño, sea un obrero especializado o un trabajador.

La oferta crea su propia demanda, paso a paso

Teniendo la obra de Say una intención didáctica muy clara, es natural que anote con orden conclusiones deducidas de la idea anterior.

Primero

En una comunidad cualquiera, cuanto más numerosos sean los productores y más variados los bienes producidos, más extensos serán los mercados de esos productos.

Serán también, mayores los ingresos de los productores. Esto es causado por la producción real que produce ingresos que se traducen en demanda de otros bienes.

En los sitios en los que la producción es abundante es donde se produce lo único que puede comprar, el valor. La función del dinero es momentánea porque los productos en realidad se compran con otros productos.

La queja de la escasez de dinero, a la que Say se refirió antes, no tiene sentido. Esa supuesta escasez es ficticia. Es la oferta abundante lo que produce una demanda igual.

Segundo

Cada persona está interesada en la prosperidad general del resto. El éxito de una rama de actividades beneficia a todos. La persona rodeada de numerosos productores tiene oportunidades mayores de éxito ofreciendo sus bienes.

No tiene mucho sentido la división de ramas agrícolas, industriales y comerciales, porque el éxito en una de ellas es de beneficio para el resto.

Hay una conexión entre todos, sean ramas de actividad económica, naciones, provincias, ciudades, regiones. El éxito de una de ellas beneficia al resto.

Tercero

No hay daño alguno a la industria nacional al importar bienes del extranjero. Si todos están relacionados con todos, el beneficio ajeno es también el beneficio propio.

No pueden comprarse productor extranjeros si no es con productos propios del país. La producción nacional de bienes es la que hace posible la compra de otros productos, en el extranjero o localmente.

Cuarto

También puede tenerse otra conclusión: el fomento del consumo no beneficia a la economía. Las dificultades están en proveer los medios, no en estimular el deseo de consumo.

Ha sido visto ya que la producción en sí misma provee esos medios. Un buen gobierno estimula la producción. Un mal gobierno fomenta el consumo.

Sabiendo que la demanda de bienes es alimentada en proporción a la producción de los mismos, ya no hay necesidad de ocuparse decidiendo que industria debe ser estimulada.

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Introducción

En los tiempos actuales, con una recesión en desarrollo, es de utilidad recordar principios que la expliquen en sus dos sentidos. En el de qué la creó y en el de cómo puede remediarse.

Uno de esos principios es muy conocido, se le conoce como la Ley de Say —el economista francés, Jean Baptiste Say (1767-1832).

En su tratado propuso la idea que hoy en día se expresa diciendo que la oferta crea su propia demanda. Una idea que se conoce también como la Ley de los Mercados.

La oferta crea su propia demanda

Según Say cuando un producto es vendido crea en ese momento un mercado para otros productos cuyo total es de igual valor. En palabras del mismo autor:

«Un producto terminado ofrece, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos por todo el monto de su valor. En efecto, cuando un productor termina un producto, su mayor deseo es venderlo, para que el valor de dicho producto no permanezca improductivo en sus manos. Pero no está menos apresurado por deshacerse del dinero que le provee su venta, para que el valor del dinero tampoco quede improductivo. Ahora bien, no podemos deshacernos del dinero más que motivados por el deseo de comprar un producto cualquiera. Vemos entonces que el simple hecho de la formación de un producto abre, desde ese preciso instante, un mercado a otros productos». citado en es.wikipedia.org

Es el producto de una observación muy aguda y que determina que para comprar, primero hay que vender. Si eso da la impresión de ser una observación obvia, apunto que hay quienes piensan lo opuesto.

Otros piensan al revés

Son los que creen que para vender, primero hay que comprar. La distinción es vital y es una de dirección causal. Es querer estimular a la demanda y no a la oferta.

La Ley de Say implica que el camino a la construcción de la riqueza comienza con la oferta, es decir, con la producción. Ella es la que muy poco tiempo después crea la demanda.

Otros —debo decir que increíblemente— piensan que la dirección causal es la opuesta. Son los que piensan que la construcción de la riqueza da inicio con el consumo y que este es el que crea la producción u oferta.

La diferencia entre las dos creencias es parte de la realidad diaria en las decisiones políticas.

Una autoridad que devuelve impuestos a particulares parte del supuesto de que la demanda creará la oferta. La demanda, es decir, el consumo destruye la riqueza y no tiene sentido estimularla en sí misma.

Los que piensan correctamente

«La teoría de Say defiende que las recesiones o crisis no se producen como consecuencia de fallos en la demanda o falta de dinero, sino al revés, por anomalías en la oferta, como el autor sostenía, cuantos más bienes se produjeran (de los que ya hay una demanda), más bienes serán producidos como demanda de otros bienes, de tal forma que automática y cíclicamente, la oferta crea su propia demanda […]». economipedia.com

Lo que sí tiene sentido es estimular la oferta, es decir, la creación de riqueza, la producción.

Es la oferta la que crea demanda, como cuando un carpintero vende un mueble y que en ese momento crea demanda para, quizá, alimentos o algún otro bien.

Más aún, puede darse la razón a Say porque la demanda ya existe en cantidades ilimitadas, pero no la oferta, que siempre será limitada.

Por tanto, es necesario crear la oferta y eso sí necesita ser estimulado, por ejemplo con impuestos bajos a los productores. El plan de estímulo económico en los EEUU comete también esta equivocación.

De nuevo, los críticos

La discusión que se ha organizado sobre la Ley de Say es ardua.

Por ejemplo, se ha dicho que la Teoría General de Keynes no es otra cosa que un prolongado ataque a tal ley y que termina promoviendo las bondades del gasto irresponsable (en la demanda) y la inconveniencia del ahorro (para la oferta).

Si se toma la idea de que la oferta crea su propia demanda, ella puede de inmediato ser criticada.

Si la venta que hizo el carnicero, y que le produjo un ingreso, no se gasta casi de inmediato en, por ejemplo, zapatos, se cree que esto produce una crisis de bajo consumo. La gente vende sus productos y servicios, pero quizá no gaste sus ingresos totalmente, pues los puede ahorrar.

Y entonces resultará, se dice, algo muy malo. La oferta ya no creará su propia demanda y se producirá un problema de bajo consumo, lo que hace muy atractiva la idea de estimular ese consumo.

Todo debido a que por causa del ahorro, la oferta no fue toda dedicada a la demanda, es decir, a la compra.

Con menos demanda, la conclusión es natural: se presenta una crisis de bajo consumo o de sobre producción. Pues lo que debería haberse gastado se ahorró, es decir, no se convirtió en demanda.

Esta crítica de la Ley de Say sería válida excepto por un olvido.

¿Qué le sucede al ahorro?

Una posibilidad real es la de que el dinero que produjo la oferta de bienes en una o más personas se meta bajo el colchón —es un caso de acumulación privada, pero no significativa.

El ahorro mayoritario no se hace así. Las personas y empresas ahorran en bancos, invierten, dan créditos, siempre tratando de hacer producir su ahorro.

Lo que una persona ahorra se convierte en la inversión que otros hacen, es decir, en demanda también y, por tanto, Say se deshace de la crítica de la crisis que produciría el ahorro.

Los ahorros no suelen quedarse improductivos, al estilo de lo que se veía en las caricaturas del tío rico del pato Donald. Un tío que era un extraordinario ejemplo de estupidez en el manejo de dinero.

El ahorro, convertido en inversión, es decir, fondos disponibles a quienes no los tienen y necesitan, tomarán dos formas al menos. Una es la de crédito al consumo, como cuando alguien compra una casa usando una hipoteca.

La otra es más interesante. Es la inversión en capital, en formas de producción, las que son demanda también, como la compra de una máquina de embotellado de cerveza.

El ahorro que hace el carnicero, o el cervecero, aunque él no lo se dé cuenta, se convierte en consumo de otros. E incluso el ahorro que ellos hagan para invertir en mejorar las instalaciones de sus establecimientos, se convierte en consumo.

Pero, cuando se olvida esa cualidad del ahorro, la de volverse inevitablemente en consumo, comienzan a cometerse errores de comprensión y acción.

Durante la Gran Depresión, se cometió ese error y se entendió el proceso al revés. Se dijo que era una crisis de bajo consumo y como el consumo produce la oferta, lo que había que hacer era estimular el consumo.

Por ejemplo, elevando el ingreso de los trabajadores con salarios mínimos mayores y gasto extraordinario del gobierno.

La equivocación es terrible y se debe a la inversión de la relación causal que mencioné antes. Tener oferta significa tener de inmediato demanda, pero no al revés.

La oferta crea su propia demanda

Tener demanda no significa tener de inmediato oferta. Así puede comprenderse mejor la ley de Say. No es tanto que la oferta sea igual en cantidad exacta a la demanda, sino que la oferta es la condición necesaria previa de la demanda.

Nada puede demandarse si antes no ha sido producido, de lo que puede obtenerse una conclusión que es natural, pero no reconocida.

Si se desea prosperar, el primer paso a realizar es facilitar la creación de oferta, es decir, de oferta o de capital.

La Ley de Say, por tanto, señala la dirección de la solución a la pobreza —como de otra manera sostuve en Pobreza: Definición Causal.

Concluyendo

Finalmente señalo una realidad —la discusión de estos puntos, que podía ser racional y ordenada, no se realiza por la contaminación ideológica que ella acarrea.

El discurso político del gobernante se destina primordialmente al logro de votos y popularidad, la que se logra más fácilmente con medidas que estimulan la demanda y restringen la oferta, que es lo opuesto a lo debido.

Una contribución significativa al error se debe al marxismo involuntario que padecen muchos gobernantes y que les hacen ver como actos heroicos las medidas que buscan estimular la demanda, como con incrementos al salario mínimo, y atacar a la oferta, como con restricciones a la producción.