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Los sospechosos usuales y favoritos. Un fácil modo de culpar a otros de las fallas propias, especialmente fracasos de política económica. La presentación de una narrativa simplista que establece a uno o más villanos que son los culpables de todo.

Introducción

¿Qué hacer cuando las cosas fallan? Una solución es culpar a otros de los errores propios. Es crear sospechosos usuales y favoritos y asignarles la responsabilidad de que las cosas hayan salido mal.

Es una estrategia común convertida en uso y costumbre de gobiernos y gobernantes. Y ha creado una lista de culpables favoritos, de la que es posible seleccionar el más adecuado a casa caso. Tan usada es la estrategia que es posible clasificarla como una falacia.

Esta la idea de Murphy: examinar a algunos de esos villanos favoritos y sospechosos usuales de las fallas de la economía.

La idea fue encontrada en Murphy, Robert P. The politically incorrect guide to capitalism. Washington DC. Regnery, pp. 173 – 183.

Punto de partida

Esta parte de la obra de Murphy examina la conducta de muchos de los sospechosos económicos de costumbre. De esos que se convierten en chivos expiatorios de todo lo malo que pueda suceder en un país: los intermediarios, los especuladores, los capitalistas, los financieros.

El mérito de hacer esto es grande, pues logra entrar en terrenos más cercanos a la realidad y atacar los clisés que han sido aceptados como políticamente correctos.

Sospechosos usuales: los intermediarios

En una cadena de producción muy simplificada, suele entenderse que el productor de, por ejemplo, naranjas, se gana una vida honesta y debe pagársele por lo que hace.

Por en esa cadena, el intermediario es el villano de la historia. No produce nada, al menos eso se percibe en relación con el agricultor. Y, peor aún, actúa tratando de comprar al precio más bajo posible al agricultor para vender al precio más alto posible al consumidor.

Es un parásito y quitárselo de encima es lo mejor que podía pasarle al agricultor.

La verdad es que la distinción entre producir la naranja y distribuirla no es clara.

En el agricultor el proceso de cultivo tiene que usar ciertos recursos y seguir ciertos procesos, algo muy similar a lo que hace el intermediario quien también usa ciertos recursos (como cajas, camiones, trenes) y sigue ciertos procesos para obtener lo que él produce, como naranjas de Florida colocadas en Alaska.

Es obvio que ambos están produciendo algo, aunque eso no sea sencillo de percibir.

La labor real del intermediario

El odio al intermediario es debido a la falta de comprensión de la economía como una actividad muy compleja, dice Murphy. No se trata sólo de determinar cuántas naranjas o zapatos talla 9 deben hacerse, sino también de decidir dónde deben producirse los bienes y cómo llevarlos a qué lugares en qué momento.

En cuando al principio de comprar barato y vender caro, eso le permite tener utilidades, pero también balancear la disponibilidad de bienes entre los lugares en los que hay abundancia y los precios son bajos, y los sitios en los que hay escasez y los precios son altos.

Más aún, los intermediarios saben más de su negocio y con ello crean economías de escala que son beneficiosas para el resto.

Un banco, por ejemplo, es un intermediario de dinero: gana el diferencial de tasas entre la pagada a los ahorradores y la cobrada a los deudores. Hace lo que la mayoría de los ahorradores y deudores no podrían hacer sin gran dificultad en caso de que los bancos no existieran. Son beneficios reales, aunque sean difíciles de percibir.

El punto central de Murphy queda claro en lo anterior. El autor ha usado el caso de los intermediarios para mostrar que las percepciones superficiales, que son las que abundan, están equivocadas. La realidad es más complicada.

Sospechosos usuales: los especuladores

Un intermediario, según lo anterior, especula con diferenciales de precio en distintos lugares. Es una especulación geográfica.

Pero también puede haber una especulación en el tiempo: la de quien ahora compra barato para vender mañana caro.

Una persona puede especular correctamente que dentro de cierto tiempo un cierto bien subirá de precio por alguna razón. Y en este momento, comprar cantidades de ese bien para venderlo cuando suba de precio.

Es como llevar naranjas de Florida a Alaska, pero ahora aplicado a sucesos en el tiempo. El especulador retira cantidades del bien abundante ahora para llevarlas al futuro.

Aunque Murphy no lo menciona, esto recuerda a José en Egipto y los años de vacas gordas y vacas flacas en el sueño del faraón. José guarda partes de las grandes cantidades de granos disponibles en previsión de lo que vendrá después.

Y recuerda también el tema a la fábula de la hormiga y la cigarra. La primera, trabajadora y ahorrativa, sabedora de que vienen tiempos de escasez. La segunda, exactamente lo opuesto.

La hormiga niega el alimento a la cigarra en el cuento y deja ver una faceta muy macabra. Si hubiera sido una hormiga especuladora, habría vendido a un buen precio parte de sus alimentos a la cigarra (la que quizá no tenga un décimo en su bolsillo para pagar).

Un caso de especulación

Regresando a Murphy, el da un ejemplo, el de un individuo que con gran exactitud predice una hambruna el año entrante. Comienza él a acumular trigo en sus silos. Los precios del trigo comienzan a elevarse y ahora el especulador inicia la venta del trigo ganando grandes cantidades.

En la superficie, esta secuencia de eventos, ocasiona una interpretación desafortunada: se pensará que el especulador ha causado el aumento de los precios por la acumulación que hizo. Se convierte en uno de los sospechosos usuales y favoritos.

Esa interpretación, según el autor, es mala. Si ella fuese cierta, los especuladores tendrían fortunas acumuladas mucho mayores y estarían repitiendo el truco con más frecuencia. En la realidad, es lo contrario de lo que las personas piensan.

El especulador compra cuando los precios son bajos, por lo que ayuda a que ellos suban. Cuando los precios son altos, vende el bien ayudando a que los precios bajen. En otras palabras, el especulador ayuda a conservar el producto en épocas de abundancia y en épocas de escasez.

Pero hay un problema. Si una persona piensa que algún bien será escaso en el futuro y subirá de precio, le será muy difícil acumular el bien él mismo. Deberá contar con silos, transportar el bien, conservarlo, cuando él no sabe nada de esas cosas.

Aún así puede hacerlo en los mercados financieros, comprando futuros. Si el precio sube, podrá vender con ganancias y si su intuición falla, tendrá pérdidas. Con la compra de futuros ayuda a conservar el bien.

Otros mecanismos financieros ayuda de manera similar, lo que permite que personas con experiencia y conocimientos contribuyan a balancear los precios.

El villano financiero de las películas

Murphy usa el ejemplo de la cinta Other People’s Money para señalar un caso de mala interpretación de la realidad.

El financiero de New York identifica empresas para adquirirlas y una de ellas es una fábrica de cables a la que planea comprar, desmantelar y vender sus partes. Los obreros perderán sus empleos y el pequeño pueblo será dañado.

Lo que la película pierde de vista es el poder del financiero, mucho menor al filmado. No puede él llegar con una pandilla y apoderarse de la planta.

El financiero solo tiene una opción, la de convencer a los dueños de que vendan la empresa, de que eso les conviene. Les pagará un precio que no debe ser malo si es que ellos aceptan, como lo hicieron en la película. Y él ganará también, vendiendo las partes de la planta a personas que les darán un uso más productivo para todos.

El dueño de la empresa, que era familiar, aceptó la decisión de compra de los accionistas y usó su dinero. Pero cuando esos accionistas decidieron vender su propiedad, él rechaza la decisión.

Es un doble estándar. Sin duda habrá personas afectadas, pero el resultado neto de toda la operación será el final un mejor uso de recursos escasos. Este es uno de los clásicos sospechosos usuales de todos los tiempos, repetido una y otra vez en cine y televisión.

El capitalista

En la primera impresión, resulta un personaje odioso quien aporta dinero para el inicio de una planta o alguna otra operación comercial.

Con gran facilidad se verá el trabajo de obreros, trabajadores, ejecutivos, proveedores, pero no el de los capitalistas que pusieron su dinero a disposición del proyecto. Ellos se verán descansados, cobrando los intereses.

Una vez que la planta haya entrado en funcionamiento produciendo, por ejemplo, radios, del dinero de las ventas, el empresario pagará los sueldos y salarios, las cuentas de los proveedores y otros gastos entre los que está el interés de los capitalistas que prestaron dinero.

Cuanto más alta sea la tasa de interés, más se llevarán los capitalistas. La impresión es incompleta y ha provocado peticiones de tener tasas artificiales reducidas o inexistentes.

El panorama completo es otro muy diferente. Ante todo, el empresario no es el tonto que se piensa. Si él aceptó el trato con los capitalistas, eso significa que le convenía.

Los capitalistas proveyeron a la empresa de un recurso que no tenía, tiempo para establecerse y arrancar la planta. Los sueldos y salarios no hubieran podido esperar ese tiempo y quizá tampoco los proveedores. Los recursos de los capitalistas permitieron esos pagos.

Los sospechosos usuales en resumen

Lo que Murphy ofrece es una idea para ayudar a comprender las narrativas de los fracasos económicos. Es la creación de historias simplificadas, alejadas de la realidad, en la que los personajes son catalogados en buenos y villanos.

Los villanos son, por supuestos, los sospechosos usuales y culpables favoritos de todo lo malo que sucede en la narrativa simplificada. Por ejemplo, la «voracidad de los comerciantes», o la crisis climática del capitalismo, o neoliberalismo causante de divorcios.

Bonus track sobre el viejo truco de los culpables usuales y sospechosos favoritos de toda falla económica.

El capitalismo tiene la culpa

Por Eduardo García Gaspar

Es una práctica común. Parte de los usos y costumbres de nuestros días. Consiste en hablar de un problema y echarle la culpa a uno de los enemigos usuales.

Se toma, por ejemplo, a la desigualdad, o al materialismo, o a lo que sea; y a continuación se culpa a uno de esos sospechosos usuales. Y entre esos culpables acostumbrados, hay uno muy útil, el capitalismo.

La simple solución

Encontrado el culpable, se llega a una solución: el culpable del problema es el capitalismo, al que conviene algún calificativo como salvaje, manchesteriano, extremo, radical o cualquier otro.

La solución está dada entonces: quítese al capitalismo y el problema se arreglará automáticamente.

Esto sucede en muchas partes. En México, por ejemplo, suele escucharse que los problemas que se tienen son culpa del neoliberalismo. Igual que se escucha decir que lo de Argentina es producto del capitalismo. Y así sucede en otras partes, como Brasil, Venezuela y muchas más.

El problema de ese de los sospechosos usuales

Esto es lo que realmente resulta llamativo. Porque hasta donde yo sé en ninguna de esas partes se vive dentro de un sistema capitalista auténtico y real. La pobreza de América Latina no puede ser cargada a un sistema económico que nunca ha operado en esta región (con una excepción en Chile).

No parece lógico decir que el padecimiento de un enfermo se debe a haber comido queso, cuando el enfermo en su vida lo ha comido. No puede culparse al mayordomo del asesinato cometido cuando él estaba en otra parte.

La imaginación de quienes culpan al capitalismo de la pobreza, por ejemplo, no sigue caminos lógicos. Culpan al capitalismo de la pobreza en Bolivia, cuando ese país realmente nunca ha vivido el capitalismo.

Entender un problema de manera equivocada lleva a soluciones erróneas. Culpar al capitalismo, en este caso, llevaría a limitar la libertad económica, cuando esta es la que coincide con la prosperidad.

Recuerda la frase de Pío Baroja, «Como la gente en general no discurre o discurre por frases hechas…». Y la de uno de los diálogos de Casablanca, cuando Captain Renault dice: “Dándome cuenta de la importancia del caso, mis hombres están arrestando al doble del número usual de sospechosos».

Culpables por Costumbre

Por Leonardo Girondella Mora 

Es una costumbre establecida culpar de todo a los sospechosos usuales —y una de las instancias generales es decir que las crisis económicas son causadas por el capitalismo.

Si se toma, como ejemplo, la crisis de 2008-09, en los EEUU, la retórica habitual apunta que ella fue causada por un exceso de liberalismo económico, por falta de regulación de loe mercados, por codicia privada, por un gobierno retraído y débil.

¿Es cierta esa opinión? ¿Es el capitalismo culpable?

La pregunta tiene una respuesta razonable en el reconocimiento de los actores centrales de esa crisis en los EEUU —que fueron los siguientes:

• No hay duda de que hubo conductas deshonestas, codicia excesiva, imprevisión de riesgos, escándalos y fraudes en el sector financiero privado.

Fueron acciones que empeoraron la crisis, pero que no fueron la única causa. La construcción de la crisis requirió de las contribuciones significativas del sector público.

• No hay duda de que Fannie Mae y Freddie Mac tuvieron un papel claro.

Dos empresas estatales —government-sponsored— que recibieron apoyos y fomentos durante más de un gobierno con el propósito de relajar las condiciones de otorgamiento de hipotecas, tan relajadas que sus riesgos crediticios fueron calificadas de baja calidad —subprime.

• No hay duda de que el banco central de los EEUU —la FED— implantó una política monetaria, durante buen tiempo, que fue suelta.

Esta relajación monetaria produjo lo que debía, una expansión crediticia por encima del nivel natural, muy fácil de percibir en el sector de hipotecas inmobiliarias.

Conclusión razonable

La acusación rutinaria de que la crisis de 2008-09 fue causada por la ausencia de regulación gubernamental, por la debilidad estatal, no tiene solidez alguna.

Y en realidad hay buena indicación de que se trata de lo opuesto: el gobierno de EEUU es tan fuerte como para alterar mercados llevándolos a situaciones de gran riesgo.

En esta crisis, distorsionó tasas de interés, condiciones de crédito, produciendo elevación de riesgos crediticios y un boom artificial del mercado inmobiliario habitacional.

Todo es como una especie de usos y costumbres culturales entre partidarios del intervencionismo estatal. Una especie de reacción automática frente a cualquier problema económico, cuya culpa es siempre capitalista y cuya solución es siempre socialista.

Addendum

En Neoliberalismo en México, examiné el caso mexicano de manera más analítica.

[La columna fue actualizada en 2019-10]