Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Condenados a lo Trivial
Eduardo García Gaspar
22 febrero 2010
Sección: DERECHOS, FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Toda la idea es realmente curiosa. Resulta realmente imposible de resistir la tentación de examinarla con tranquilidad y sin apasionamientos. Incluso hasta con delicadeza, para no herir sentimientos. Usted ha escuchado hasta el cansancio eso de la tolerancia. También yo.

No fue hace mucho que una profesora habló de la tolerancia y la exaltaba entre sus alumnos como la mayor virtud de nuestros tiempos. La realidad era que repetía lo que consideraba políticamente correcto y nada más allá de esa reincidencia en lo obvio de afirmar que todo debe ser tolerado.

Tolerarlo todo es una muestra, dijo ella, de madurez cívica y convivencia armónica entre las personas. ¿Lo es? No lo creo, que fue lo que traté de demostrarle con algunas ideas que debo decir, no le agradaron siquiera un poco.

Piense usted en esto, en una consecuencia de la tolerancia considerada como virtud máxima. Ella hace un llamado a no tener convicciones personales claras, ni creencias firmes. Si usted quiere realmente tolerar todo, la clave está en ser un pusilánime: una persona sin ánimo, que de todo duda, sin valor ni valentía, con miedo a tener opiniones y tomar decisiones.

No exagero. Tolerar en su sentido políticamente correcto es una posición personal que reclama a cada persona permanecer indiferente ante lo que sucede a su alrededor, sea lo que sea. Es lo que esa profesora enseña a sus alumnos, a ser medrosos y apocados, a pensar que nada hay por lo que deba uno esforzarse.

Según la profesora nada existe que pueda producir una convicción fuerte, ni una creencia firme… bueno, la única creencia firme que ella enseña es que no deben tenerse creencias firmes. Una contradicción lógica, pero que pocos notan.

Otra consecuencia de la tolerancia es la práctica de evitar tratar temas que pueden ser sensibles para otros que tienen opiniones contrarias a las nuestras. De este modo se retiran del campo de las discusiones las cosas que más importan. Si alguien cree en la reencarnación y usted no, ser tolerante es no hablar del tema. Es realmente asombroso.

La profesora, por tanto, les enseña a sus alumnos el dejar de hablar de lo que más importa, de las cosas de trascendencia. Es enseñarles a no pensar y condenarlos a temas irrelevantes. Es la cobardía intelectual institucionalizada. Si alguien apoya el aborto y usted no, no traten el tema, mejor hablen de Lady Gaga. Condénense ambos a lo trivial.

¿Por qué tanta adoración por la tolerancia? Una explicación es la moda políticamente correcta. Pero en el fondo quizá sea una posición de pereza intelectual. Lo que debe pedirse no es realmente tolerancia, es otra cosa muy distinta: prudencia para distinguir entre asuntos que merecen una oposición activa o que es mejor dejar ser.

En mi conversación con la profesora podía haber dejado que ella opinara sin intentar probar su error… y eso habría sido la tolerancia que ella pedía, pero no la que yo comprendo: podía tratarse el tema con educación y civilidad. No teníamos que gritarnos, ni amenazarnos con violencia.

Pero no juzgué razonable ser tolerante en el sentido de quedarme callado ante algo que me pareció erróneo. Manifesté mis argumentos en contra de la manera más apacible y sosegada. Y dije que la tolerancia bien entendida es una aplicación de la prudencia: si mi reacción produce más males que bienes, deberé tolerar. Pero de lo contrario, permanecer pasivo es convertirse en pusilánime.

Más aún, la tolerancia llega a ser ilógica. Por ejemplo, si alguien apoya los matrimonios homosexuales y otra persona los rechaza podrán suceder cosas sin sentido. Si se prohiben esos matrimonios, la persona que los favorece reclamará falta de tolerancia… pero si se legalizan no podrá alegarse intolerancia de la otra parte, que sería lo lógico (la opinión del otro fue la que se impuso).

Es decir, con el argumento de ser tolerante ser termina por aceptar una de las opiniones sin que se haya tenido un análisis de las dos posturas. Es lo que le digo de la pereza mental que se les enseña a los alumnos. Ser políticamente correcto, al final de cuentas, es enseñar a dejar de pensar. Ser tolerante es dejar de tener convicciones firmes.

No puede ser una buena educación ésa que promueve la aceptación de todo sin reservas, ni límites.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


No hay comentarios en “Condenados a lo Trivial”
  1. Mariano Granados Dijo:

    Muy buen articulo Eduardo, coincido plenamente contigo.
    Saludos





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