La lógica y el sentido común de los Diez Mandamientos como el eje natural que guía a la conducta humana.

Introducción

Se ha dicho por parte de creyentes —y de no creyentes también— que los Diez Mandamientos contenidos en la Biblia son un gran resumen de preceptos morales que guían a la conducta humana.

Pero también ha sido dicho que ellos son un exceso que limita a la libertad humana sin sentido —normas sustentadas en dogmas que son inaceptables en la modernidad.

La discusión presenta una oportunidad valiosa para examinar el contenido de esos mandamientos y tener un acercamiento mayor —un mejor conocimiento de su esencia y naturaleza. Ese es mi propósito, entrar al significado de los Diez Mandamientos —lo que hago en orden inverso.

1. Dominio y control

Esos últimos dos mandamientos dicen lo siguiente:

10. No codiciarás los bienes ajenos.
9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Ambos tienen un objetivo común, que se dirige a la misma arena —van al interior de la persona, a su fuero más íntimo, al origen de sus intenciones antes de que se conviertan en actos visibles.

Son llamados a la corrección de la voluntad —con un claro propósito de alcanzar limpieza interna, pureza de propósitos. Con esa pureza interior pueden corregirse y evitarse acciones posteriores que sean malas.

Esto hace a esos mandamientos valiosos en dos aspectos. Primero, resultan una especie de condensación del resto de ellos. Segundo, resultan también lógicos y razonables en el sentido de acudir al germen mismo de las acciones humanas, el punto en el que nacen las decisiones de acciones futuras.

Esto tiene congruencia absoluta con el pensamiento cristiano que concibe a Dios como capaz de ver el interior mismo de la persona —y persuadirle que permanezca limpio en sus intenciones y deseos, antes de que se conviertan en actos. Un interior pulcro, más aún, llevará a realizar actos buenos en sí mismos.

Y también, tiene congruencia con una idea meramente laica: antes de ser acciones, dentro de la persona existe un proceso de pensamiento y decisión —proceso al que estos dos mandamientos se dirigen.

• En específico, el décimo mandamiento establece que no deben codiciarse los bienes de otros —lo que al mismo tiene tiene dos facetas, la de los actos a los que se opone y, por inferencia los actos que considera buenos.

Este mandamiento se mueve en el campo de lo material y físico —de los bienes, riquezas, objetos, que quiere mantener en su justa perspectiva. Deben estas cosas ser dominadas por la persona como su dueña y evitar que sean las cosas las que se adueñen de las personas.

Es clara su oposición a la codicia —el desear lo ajeno, el envidiar lo de otros. Va contra actos de venganza y, por extensión, se opone al materialismo, es decir, la dependencia personal en bienes físicos. Va contra la alegría que puede causar el sufrimiento ajeno.

Del otro lado, favorece la honestidad y la decencia. Llama a colocar a lo material en un plano correcto, inferior a la persona —con lo que exalta a lo espiritual y más elevado. Fomenta virtudes de desprendimiento y caridad.

Desde el interior mismo de la persona, este mandamiento rechaza la contaminación que producen las malas intenciones, los pensamientos que llevan a actos reprobables en los otros mandamientos.

No veo posibilidad de poder argumentar en contra de lo que establece este mandamiento.

• En específico, el noveno mandamiento establece lo indeseable de pensamientos, intensiones, ansias y pasiones que son «impuros» —un calificativo que se explica y define en su significado.

Es clara su oposición a lo que es llamado concupiscencia de la carne y que se refiera a pasiones de los sentidos, apetitos sexuales —en general a los placeres que vienen de lo físico y material.

Del otro lado, favorece la pureza interna manifestada en modestia, discreción, simplicidad, reserva y respeto hacia los demás. Lo hace con fuertes connotaciones de inocencia, pudor y castidad.

Desde el interior mismo de la persona, el noveno mandamiento quiere limpiar el interior de la persona de pasiones desbordadas —especialmente las dependencias de placeres de los sentidos. Reprueba, por tanto, por ejemplo, actos de un comer o beber desmedidos.

Igualmente, reprueba los placeres sexuales fuera del control personal —un asunto en el que se enfrenta a una mentalidad contraria, la de la liberación sexual, que considera al sexo como un placer a ejercer con pocas limitaciones o ninguna.

La esencia del noveno puede ser entendida a la luz del materialismo indeseable que trata el décimo —considera reprensible el tratar al propio cuerpo y al de otros como objetos materiales que satisfacen placeres físicos. Las personas son mucho más que objetos de placer.

En estos dos mandamientos se intenta lo mismo: incluso los pequeños detalles que pueden parecer exagerados y fuera de proporción, tienen importancia —mucha más de la que suele pensarse pues son el primer escalón de posibles actos futuros indebidos.

Me parece claro que poseen una alta visión del ser humano al que le mandan tener control sobre sí mismo —ser libre y autónomo, dueño de su voluntad. Aunque, por supuesto, reconoce la posibilidad de perder el control propio supone que es posible enmendar y corregir.

El lector juzgará por sí mismo —de mi parte, no tengo duda en afiliarme a la idea de un ser humano que tiene dominio sobre sus ánimos y acciones. Es una visión más alta y elevada que la opuesta.

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2. Tratar bien al otro

Esos dos mandamiento establecen lo siguiente:

7. No robarás.
8. No dirás falso testimonio ni mentirás.

• El séptimo, que dice «no robarás», se refiere a un campo claramente relacionado con el trato entre personas —las relaciones entre ellas, en especial en las que se refieren a la propiedad de las cosas.

Prohibe acciones que significan despojar a otros, dañar sus propiedades —robar en su sentido más amplio. Se opone a fraudes y engaños, a corrupción, a despilfarros, y al rompimiento de contratos y promesas.

Es también, un mandamiento que considera negativas acciones como trabajos mal hechos y descuidados —todo eso que signifique un daño en las propiedades de otros.

Por simple lógica, considera positivas acciones en las que existe un uso apropiado de bienes y recursos —actos en los que exista justicia, caridad, respeto a los frutos del trabajo, responsabilidad en el uso de recursos y moderación en las cosas materiales.

Muestro aquí una faceta de los códigos morales que es común ignorar. Se piensa que sólo prohiben algo sin considerar que esa prohibición también indica eso que consideran deseable —el «no robarás» también lleva en sí mismo lo loable de conductas como la restitución del daño producido.

• El octavo, que dice «no dirás falso testimonio ni mentirás» trata el mismo campo del séptimo, el de las relaciones con los demás —pero ahora en los referente al lenguaje, a la comunicación entre las personas.

Prohibe actos de simulación, hipocresía y duplicidad —concretamente, decir mentiras, decir cosas falsas. Se refiere a lo indeseable que son las calumnias, la maledicencia, los juicios temerarios, el atacar la reputación de otros.

Es muy razonable ver que este mandamiento, por ejemplo, consideraría reprobable el halago falso y la adulación hueca —y en general, todo lo referido a lo que podría llamarse intención de engaño.

Del otro lado, el octavo mandamiento, por necesidad, considera positivas acciones honestas, honradas. Más ampliamente, es natural interpretar este mandamiento como uno que está a favor de la verdad, la franqueza y la sinceridad. Más aún, considera loable el uso de la razón en la búsqueda de la verdad.

Insisto en mi punto: señalar algo como prohibido implica, por oposición, señalar también, algo deseable —en este caso, si se desaprueba la mentira, claramente se valora la verdad.

Existen varios puntos en común que poseen ambos mandamientos, el séptimo y el octavo —que es lo que apunto a continuación:

• Los dos se refieren con claridad a los tratos entre las personas —si los dos últimos mandamientos se dirigen a la conciencia personal, como en lugar en el que nacen las intenciones, el séptimo y el octavo mandamientos rigen las ideas centrales de las relaciones interpersonales.

• Los dos mandamientos examinados aquí exaltan un trato entre personas bajo principios generales de bondad, justicia, compasión y respeto a la persona misma y a sus propiedades.

• Los dos mandamientos siguen el mismo estilo escueto —el resumir en muy pocas palabras una prohibición que debe interpretarse con amplitud y sentido común, no estrechamente.

Resultaría un total absurdo que «no robarás» fuese interpretado como una reprobación de la conducta de un asaltante, pero no las acciones de quien no cumple con un contrato. Igualmente resultaría descabellada la prohibición de la mentira al mismo tiempo que se ignorase la hipocresía.

• Coinciden además con leyes que castigan el fraude y la difamación —es decir, las leyes se sustentan en principios morales aceptados que son superiores a ellas.

Sin embargo, la ley se mueve en un círculo más estrecho y mucho más enfocado a la prohibición de ciertas conductas claramente dañinas —por ejemplo, una ley castigaría la mentira de un fraude financiero, pero no la mentira en un chisme entre amigos.

• Los dos mandamientos suponen algo que suele pasarse por alto, la libertad humana —esa capacidad de la persona para decidir actuar y hacer cosas reprobables o admirables. Si la existencia de la libertad, los Diez Mandamientos pierden todo su sentido.

• Los dos mandamientos construyen una cultura positiva, propicia a la prosperidad. Por ejemplo, la honestidad y la confianza en la palabra ajena produce un ambiente general de seguridad que tiene consecuencias en la prosperidad material —incluso abaratando costos.

Visto del otro lado: en la sociedad en la que prevalezca el fraude, la mentira, la corrupción y la deshonestidad, será más dificultoso realizar inversiones y los juicios legales estarán más sujetos a arbitrariedades y sobornos.

Esta coincidencia entre al reprobación moral de ciertas conductas y progreso ha sido en lo general poco señalada.

• Los dos mandamientos, tomados de la Biblia, tienen un origen divino en opinión del creyente —pero resulta admirable que también sean aprobados por no creyentes. Hay en ellos una especie de aprobación intuitiva universal que no necesita una demostración filosófica, ni un razonamiento lógico.

Se da por sentado, sin necesidad de ser probado, que el robar es malo, que el mentir es malo —y si acaso se necesita una demostración, bastaría con imaginar una sociedad es la que esas acciones fueran legítimas.

Y este punto precisamente me parece el más notable de todos: una sociedad en la actos reprobados por estos mandamientos sean un asunto rutinario y frecuente, será una sociedad en decadencia y declive.

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3. Grandes aspiraciones

Los siguientes mandamientos dicen:

5. No matarás.
6. No cometerás actos impuros.

• El quinto mandamiento, que manda a no matar, es una declaración breve en contra de actos que atentan contra la vida: homicidio, suicidio, eutanasia, aborto —que son muy claros. Pero también, significa algo más amplio.

No es difícil entender que implica también el estar en contra del lastimar y dañar a otros, como en actos criminales de secuestro, tortura, venganza y en general del deseo del mal de otros.

Pero no solo prohibe el lastimar a terceros —de su espíritu puede concluirse que también está en contra del daño que la persona se cause a sí misma.

El quinto mandamiento, al declararse en contra de lo anterior, también hace una declaración en sentido opuesto —está a favor de la vida humana, de la ayuda a los demás, del respeto, la compasión, la paz y en general conductas bondadosas entre las personas.

• El sexto mandamiento, que manda no cometer actos impuros, tiene también esas dos partes —la de estar en contra de ciertas conductas y, por necesidad lógica, estar a favor de otras.

El sexto mandamientos está en contra de la lujuria, la pornografía y en general el abuso de la sexualidad —la masturbación, la infidelidad conyugal, la homosexualidad, la violación, las uniones libres. Es lo conocido como pasiones desordenadas de la carne.

El sexto mandamiento está a favor de lo opuesto —el dominio sobre los apetitos, la templanza, la fidelidad conyugal, la sexualidad integral, la unión de los sexos y en general, el control sobre esas pasiones desordenadas. En esto cabe el amor fiel, la promesa matrimonial, la castidad y la virginidad.

Ambos mandamientos rigen la libertad humana, dándole una dirección sustentada en el valor de la persona —su vida y su dignidad. Es un mandato general de respeto e incluso devoción por la persona en sí misma.

Es obvio que al considerar a la persona como valiosa en sí misma, se determine que atentar contra la vida propia y ajena, sea negativo. No tendría sentido que, por ejemplo, se considerara digna a la persona y, al mismo tiempo, no reprobar el secuestro, o el asesinato.

Los dos mandamientos en su interpretación más básica establecen mínimos de conducta personal, guiados por ese respeto a otros y a sí mismo. En su interpretación más amplia, llevan a establecer ideales de conducta personal, significando la bondad de tratar a otros y a uno mismo con dignidad: compasión, ayuda y en general, amor.

Mientras que habrá acuerdos en lo general con lo establecido por el quinto mandamiento —el de no lastimar a otros—, con el sexto es de esperar desacuerdos al establecer que no deben cometerse actos impuros, acciones que en específico consideren poner límites a la actividad sexual.

Ciertamente existe un choque ético en ese sexto mandamiento —una colisión entre dos mentalidades muy opuestas que pueden explicarse brevemente.

• Partiendo del enorme valor que los Diez Mandamientos dan a la persona, resulta lógico que para ella tengan grandes aspiraciones y pidan no sucumbir a acciones que degradan ese valor. Muy en específico, resulta a los Diez Mandamientos algo muy odioso el que las personas se usen unas a otras como objetos de placer.

No es que se prohiba el sexo entre las personas, sino que el sexo resulta ser algo indebido cuando entre las personas no exista un amor comprometido de largo plazo —de donde se explica el valor del matrimonio y la procreación.

• La otra mentalidad es contraria a lo anterior. Ella admite al sexo sin que exista amor, ni compromiso, ni una intención de procreación —el sexo, para esta manera de pensar, es una actividad placentera que es propia del ser humano y que no debe ser limitada.

Esta mentalidad no valora, como la otra, el control sobre los instintos y las pasiones —al contrario, considera que deben dejarse libres porque no hacerlo es algo antinatural.

Mi impresión es que entre esas dos mentalidades hay un abismo gigante que es el que produce una diferencia sustancial en sus puntos de partida.

Los Diez Mandamientos suponen gran valor y enorme dignidad de la persona —y ello obliga a encontrar un gran principio rector de la libertad, que no puede ser otro que el tratarse con amor. Esto permite comprender lo malo de matar, pero también de tratar a otros como proveedores de sexo.

Cuando no se presupone esa enorme dignidad en todas las personas, el amor no tiene ya sentido y comienzan a admitirse actos inaceptables de otra forma —como el sexo libre sin amor comprometido, el aborto, la eutanasia y demás. Cuando no se piensa que el ser humano tiene el más grande valor, dejan de considerarse las acciones que aspiran a altos ideales.

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4. Agradecer y honrar

Esos dos mandamientos dicen:

4. Honrarás a tu padre y a tu madre.
3. Santificarás el día del Señor (o santificarás las fiestas).

• El cuarto mandamiento es claro —manda amar a los padres, quienes han dado vida a los hijos y los han cuidado en su lenta etapa de crecimiento. Por extensión, puede concluirse que el mandato alcanza al resto de los familiares, hermanos, tíos, sobrinos, incluso amigos y los demás.

Igualmente puede verse una guía general de conducta considerada positiva —la que manda a honrar y respetar a personas de jerarquía; esto es lo que permite el aprendizaje del cuidado hacia los inferiores y los más débiles. Puede también inferirse lo conveniente del respeto al patrimonio de la familia.

Lo anterior es una buena posición para inferior aquello que este mandamiento considera negativo —cosas como la desatención y el descuido de los familiares, así como de los que dependen de uno mismo. Igualmente, es reprobable la desunión familiar y los malos tratos entre familiares, incluso entre los amigos.

También puede inferirse una clara reprobación de ser desagradecido y de la falta de perdón.

• El tercer mandamiento pide santificar las fiestas de Dios —algo que considera bueno y que es el reservar y dedicar tiempo a Dios. Es como tomarse tiempo alejados de la rutina cotidiana para pensar, reflexionar sobre las cosas más importantes, dentro de un tono festivo y también público en unión con otros.

Del otro lado, este tercer mandamiento tiene implícita su reprobación del descuido de las cosas más importantes, del no dejar tiempo de descanso y reflexión fuera de las cuestiones de todos los días. Reprueba también el ignorar la celebración pública de Dios en actitud festiva. Incluso puede verse como algo que reprueba el descontento y la tristeza que implica el ignorar la explicación divina de la vida propia.

Entre esos dos mandamientos hay un común denominador que es sencillo de descubrir —un mandato general de amar al resto, a lo que añade un elemento distintivo: su énfasis en amar a quien se debe la vida y cuida a cada uno.

En el cuarto mandamiento, eso se refiere a honrar y amar a los padres; pero en el caso del tercero, se refiere al recordar y festejar al autor último de la vida, Dios mismo. Todo lo que puede encontrarse en esos dos mandamientos es, al final de cuentas, un mandato de amor al que añade otro, el de reconocer a quien cuida y ama y que por eso ha dado vida a sus hijos.

Visto desde otro punto, es un mandato de honrar y reconocer, que condena el desagradecimiento y reprueba la ingratitud. Tiene, también, un componente jerárquico, por el que reconoce posiciones superiores que deben honrarse, pero superiores de los que emana un trato respetuoso al menos, pero sobre todo, amoroso.

No pide una actitud ciega de sumisión, sino una relación de amor mutuo basada en el agradecimiento a esos a quienes se debe la vida personal y han dado cuidados y atenciones.

Finalmente, es obvio que mande festejar al autor último de la existencia, a Dios. Celebraciones públicas, de personas unidas con el mismo propósito, en momentos destinados a alejarse de las ocupaciones diarias y encontrar el sentido de la vida.

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Reconocer al Creador

Ellos mandan:

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

El segundo mandamiento se presta a una interpretación muy clara, la de respetar lo sagrado, lo relativo a Dios. Es una forma de reconocimiento, seria y definitiva —las cosas de Dios no son triviales, no puede jugarse con ellas, no tienen un uso ordinario ni vulgar.

Me parece claro que se habla de lugares, personas, objetos y nombres que merecen respeto y atención esmerada —incluso en algunos casos culto y devoción. Es un mandato de reverencia.

Del otro lado, es sencillo concluir sobre aquello que reprueba —blasfemias, sacrilegios, mal trato e injurias dirigidas a lo religioso. Lo más sencillo de percibir es la reprobación de juramentos a nombre de Dios y que son falsos, o bien tratan asuntos baladíes.

Me parece obvio que este mismo respeto lo solicita para otras religiones.

• El primer mandamiento ocupa sin duda el lugar de mayor importancia —de su significado pueden derivarse los otros nueve como una consecuencia lógica.

Amar a Dios, por encima de todo, manda a reconocerlo como la causa última de todo, de la vida misma de cada persona —y aceptar que existe un Dios, que no hay otros, y que es Él la suma absoluta de toda perfección.

Ese reconocerlo acarrea la conveniencia de tener una relación con Dios, personal y amorosa, en la que juega un papel vital el agradecimiento y la aceptación de su superioridad. Es una forma de mandar una correspondencia de amor dirigida a quien nos ama infinitamente.

Este primer mandamiento, como los otros, tiene un elemento implícito, el de la reprobación de acciones y actitudes contrarias. Se opone a la indiferencia frente a Dios, a la tibieza en la relación con Él. Condena la desesperanza, la angustia, que siente sin remedio quien olvida a Dios.

También está en contra de lo obvio, la adoración de quien no es Dios —es la reprobación de la idolatría y la superstición que atribuye poderes sobrenaturales a cosas materiales.

Otro elemento, no muy visible, es la condena de la imposición religiosa: el amar a Dios es un acto voluntario y sostenido, no un producto de la obligación forzada externamente.

La lógica interna entre esos dos mandamientos es total —el reconocimiento de un Dios único que es origen de todo, lleva al amor hacia Él y a tratarlo con respeto, dándole los honores que merece. En privado, por supuesto, pero también en público, que es el tener una conducta íntegra en lo visible a otros.

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Conclusión

Las cinco partes en las que he explorado esquemáticamente los Diez Mandamientos tienen un significado rico y amplio —no solo establecen prohibiciones, como es obvio en los que van del décimo al quinto, pues en esas prohibiciones se tiene implícita la aprobación de lo opuesto.

En los que van del cuarto al primero, por su parte, lo que consideran positivo tiene implícito la reprobación de su contrario.

Estos mandamientos se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia —habiendo sido dados por Dios mismo a los judíos. Resulta realmente notable que sean ellos un compendio de normas que respetan la naturaleza humana y permiten una vida terrenal positiva.

Para el cristiano, sin embargo, los mandatos de Dios no terminan allí —en el Nuevo Testamento, Jesús que es Dios mismo los amplía de otra manera.

Esto está contenido en el evangelio de San Mateo (5, 3-10) y se le conoce como las bienaventuranzas, o beatitudes:

Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos: porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.

Si los Diez Mandamientos son los mandatos esenciales, las bienaventuranzas con las normas superiores consecuencia lógica de los mandamientos.

Insisto en un punto: incluso el ateo, el indiferente a Dios y quien profese religiones distintas al Cristianismo, encontrará gran sentido en lo que esos mandamientos reprueban y lo que aprueban. Lo único que algunos encontrarán dudoso sea la existencia de Dios, o la divinidad de Jesucristo.

Podrá ser y espero que lo sea, que ellos sean atraídos hacia Dios en un primer paso, como me sucedió, por la gran lógica y el enorme sentido que poseen esos Diez Mandamientos si se tomaran como normas de conducta en la sociedad.

Quizá encuentren la sorpresiva coincidencia de que ellos mismos predican no sólo el contenido de esos Mandamientos, sino que también admiran las virtudes que tratan las bienaventuranzas.