Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Diez Mandamientos: su Lógica
Leonardo Girondella Mora
10 abril 2013
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en:


En una serie de columnas he tratado de explorar el significado de los Diez Mandamientos del Cristianismo —en un afán de encontrar lo que ellos consideran positivo, y por inferencia lo que consideran negativo.

La exploración ha seguido un orden inverso y con esta columna llego a los dos primeros mandamientos, que sin duda son los más importantes. Ellos mandan:

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

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El segundo mandamiento se presta a una interpretación muy clara, la de respetar lo sagrado, lo relativo a Dios. Es una forma de reconocimiento, seria y definitiva —las cosas de Dios no son triviales, no puede jugarse con ellas, no tienen un uso ordinario ni vulgar.

Me parece claro que se habla de lugares, personas, objetos y nombres que merecen respeto y atención esmerada —incluso en algunos casos culto y devoción. Es un mandato de reverencia.

Del otro lado, es sencillo concluir sobre aquello que reprueba —blasfemias, sacrilegios, mal trato e injurias dirigidas a lo religioso. Lo más sencillo de percibir es la reprobación de juramentos a nombre de Dios y que son falsos, o bien tratan asuntos baladíes.

Me parece obvio que este mismo respeto lo solicita para otras religiones.

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El primer mandamiento ocupa sin duda el lugar de mayor importancia —de su significado pueden derivarse los otros nueve como una consecuencia lógica.

Amar a Dios, por encima de todo, manda a reconocerlo como la causa última de todo, de la vida misma de cada persona —y aceptar que existe un Dios, que no hay otros, y que es Él la suma absoluta de toda perfección.

Ese reconocerlo acarrea la conveniencia de tener una relación con Dios, personal y amorosa, en la que juega un papel vital el agradecimiento y la aceptación de su superioridad. Es una forma de mandar una correspondencia de amor dirigida a quien nos ama infinitamente.

Este primer mandamiento, como los otros, tiene un elemento implícito, el de la reprobación de acciones y actitudes contrarias. Se opone a la indiferencia frente a Dios, a la tibieza en la relación con Él. Condena la desesperanza, la angustia, que siente sin remedio quien olvida a Dios.

También está en contra de lo obvio, la adoración de quien no es Dios —es la reprobación de la idolatría y la superstición que atribuye poderes sobrenaturales a cosas materiales.

Otro elemento, no muy visible, es la condena de la imposición religiosa: el amar a Dios es un acto voluntario y sostenido, no un producto de la obligación forzada externamente.

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La lógica interna entre esos dos mandamientos es total —el reconocimiento de un Dios único que es origen de todo, lleva al amor hacia Él y a tratarlo con respeto, dándole los honores que merece. En privado, por supuesto, pero también en público, que es el tener una conducta íntegra en lo visible a otros.

Las cinco columnas en las que he explorado esquemáticamente los Diez Mandamientos tienen un significado rico y amplio —no sólo establecen prohibiciones, como es obvio en los que van del décimo al quinto, pues en esas prohibiciones se tiene implícita la aprobación de lo opuesto.

En los que van del cuarto al primero, por su parte, lo que consideran positivo tiene implícito la reprobación de su contrario.

Estos mandamientos se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia —habiendo sido dados por Dios mismo a los judíos. Resulta realmente notable que sean ellos un compendio de normas que respetan la naturaleza humana y permiten una vida terrenal positiva.

Para el cristiano, sin embargo, los mandatos de Dios no terminan allí —en el Nuevo Testamento, Jesús que es Dios mismo los amplía de otra manera. Esto está contenido en el evangelio de San Mateo (5, 3-10) y se le conoce como las bienaventuranzas, o beatitudes:

Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra. 
Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados. 
Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia. 
Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos: porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.

Si los Diez Mandamientos son los mandatos esenciales, las bienaventuranzas con las normas superiores consecuencia lógica de los mandamientos.

Addendum

Insisto en un punto hecho en otras columnas: incluso el ateo, el indiferente a Dios y quien profese religiones distintas al Cristianismo, encontrará gran sentido en lo que esos mandamientos reprueban y lo que aprueban. Lo único que algunos encontrarán dudoso sea la existencia de Dios, o la divinidad de Jesucristo.

Podrá ser y espero que lo sea, que ellos sean atraídos hacia Dios en un primer paso, como me sucedió, por la gran lógica y el enorme sentido que poseen esos Diez Mandamientos si se tomaran como normas de conducta en la sociedad.

Quizá encuentren la sorpresiva coincidencia de que ellos mismos predican no sólo el contenido de esos Mandamientos, sino que también admiran las virtudes que tratan las bienaventuranzas.

Nota del Editor

La colección completa de las columnas de Girondella sobre el tema están en ContraPeso.info: Diez Mandamientos.

Creo que la visión integral que en esas columnas se da a los mandamientos es algo poco conocido: la prohibir algo, como el robo, no sólo existe esa prohibición sino también la aprobación de otra cosa, la propiedad personal.

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