Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Paraíso Alterado
Eduardo García Gaspar
20 abril 2011
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


La persona sufrió calamidades graves, realmente tragedias enormes. No una o dos, varias y repetidas. Afectaron su vida, sus propiedades y, lo peor, su familia. Los detalles no importan.

Esa persona, a la que todos juzgan como un buen hombre, fue víctima de eventos fuera de su control. No los merecía. Quizá nadie en este mundo los merece.

No es un caso único. Todos conocemos alguno. ¿Cómo reaccionar ante esto?

Hay una forma, la narrada en la Biblia, con la historia de Job. Pero hay otras. Por supuesto, muy humana sería toda una serie de sentimientos mezclados de injusticia, desesperación, sinrazón y cosas por el estilo. Con facilidad se llegará a la rebelión contra eso que se puede pensar sea la causa de todo.

No es infrecuente alcanzar un estado de rebelión contra Dios, si es que la persona es creyente. Si no lo es, esos sufrimientos serían un argumento para probar que Dios no existe: un Dios bueno no podría tolerar tal cantidad de males inmerecidos.

Pero, en verdad, no es un asunto sencillo.

Tan no lo es que existe una cosa que se llama Teodicea. Una rama de la Teología especializada en el tema: el problema de mal real y de un Dios bueno que permite ese mal.

Es eso que vemos a diario. En nuestro mundo existe el mal y no se alcanza a entender que eso sea posible al mismo tiempo que se cree en un Dios bondadoso.

Es un problema como pocos e implica descansar en nuestro poder para pensar en esas cuestiones de Dios. Por ejemplo, algunos pueden pensar que los malos sucesos por los que una persona pasa son castigos de Dios y decir que si alguien muere en un terremoto es porque lo merecía aunque no sepamos la causa.

Pensar así es salirse del problema sin mucho pensar. Y no se explican casos como los de niños que pierden una pierna en campos de minas, ni los de quienes murieron o fueron heridos en el atentado en Atocha. Quizá si enfrentamos el tema con un poco de orden, parte del asunto sea más claro.

Podemos dividir a los sucesos en dos tipos.

Uno es de los hechos naturales, independientes de la voluntad nuestra. Un terremoto es un buen caso de este tipo de eventos. Simplemente suceden. Así está construido nuestro planeta, igual que las órbitas de asteroides que pueden caer.

No podemos hacer mucho al respecto, aunque podamos disminuir sus consecuencias. Estos desastres naturales pueden ser vistos como inmerecidos en buena parte. ¿Por qué suceden? Sabemos su mecánica y los podemos explicar relativamente bien, pero queda la pregunta de cómo es posible que Dios permita que esos desastres dañen a personas sin relación directa a su merecimiento.

Otro de los tipos es el que sí es voluntario, como una guerra, o la conducción de un coche por parte un borracho que tiene un accidente y mata a dos niños. Los niños ni sus padres merecían eso sin duda, como tampoco los muertos en una atentado terrorista.

De nuevo, la misma idea de que no resulta congruente creer en un Dios bueno en un mundo que tiene abundancia de maldad voluntaria.

Este tipo de maldad es explicado por la libertad humana: podemos realizar actos malos que dañen a otros que son inocentes. Pero, de nuevo, queda eso de por qué suceden esas cosas. Quizá decepcione a usted, pero no tengo la respuesta. Sólo puedo tratar algunas reacciones humanas.

Para quien no crea en Dios, el asunto está más o menos resuelto: si no hay Dios, no hay problema. El mundo es así, tómalo o déjalo. Es un mundo injusto, malo, perverso, que no tiene sentido ni propósito. Algo como un nihilismo.

Para quien cree en Dios, el asunto está menos que resuelto. Es un problema serio que puede tener una solución en una idea con sentido: Dios es bueno por definición, es benévolo y nos ama sin excepción, por lo que si existe el mal es porque Dios lo permite.

Ahora la pregunta es la causa de permitirlo, el objetivo de hacer eso.

No lo sabemos muy bien, pero seguramente porque eso permite un bien eterno futuro, inextinguible como el mismo Dios. Más o menos eso enseña la historia de Job y muestra una clave que sólo la religión provee: la fe en él es lo que nos permite no caer en la desesperación existencial, incluso frente a desastres incomprensibles.

Un cura con el que conversé al respecto me dijo, “En realidad, Dios sí creó un mundo perfecto, se llamaba paraíso y sufrió una ‘alteración’”.

Post Scriptum

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