Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Son Los Méritos
Eduardo García Gaspar
11 septiembre 2012
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
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La discusión fue interesante. Se trató un caso mas de una situación clásica.

El del heredero de una gran fortuna. Su padre la había creado de la nada.

Produjo un pequeño gran emporio. Al morir, sus propiedades fueron a parar a manos del hijo.

Poco había contribuido él a esa creación. No es un caso único.

Ante esta historia, no fue sorprendente escuchar la crítica estándar: el hijo no merecía tal fortuna pues nada había hecho él para producirla. Es cierto, el hijo no hizo aportaciones significativas.

Incluso, quizá, es un joven adulto con escasas habilidades para hacerse cargo de las responsabilidades de las empresas que son ahora suyas.

Es una crítica razonable. Si es que se toma al mérito del heredero como el criterio central para recibir la herencia, en este caso habría habido dudas muy justificadas. Nada había hecho el joven para merecer convertirse en un millonario de ese calibre.

Esta es la crítica que justifica los impuestos a las herencias.

Pero la pregunta es si el mérito del heredero es el criterio para legitimar una herencia y hacerla justa. No creo que lo sea. El modo de resolver esto tiene que seguir otro camino y ése es el de la propiedad original.

En este caso, el padre es el dueño justo y legal de la fortuna y eso le da el derecho para hacer con ella lo que quiera. Eso incluye heredarla al que desee.

No es complicado. Lo que complica las discusiones es la inclusión de una variable absurda, la del mérito del heredero. Si está lleno de méritos o carece de todos, eso nada importa. Lo que cuenta es la voluntad del propietario original y su voluntad de heredarla a quien él quiera. El resto es una discusión sin sentido.

Imagine usted esto. El padre millonario compra para su hijo un par de zapatos y se los regala el día de su cumpleaños. ¿Es eso injusto? A nadie se le ocurriría pensar que el hijo no merece ese regalo, así sea un Ferrari.

Podrá juzgarse una mala decisión, pero eso es todo. Nadie tiene el derecho de prohibir ni ese regalo, ni la herencia.

Aún así, algunos insisten en la idea de que el heredero no merece la fortuna heredada. Muy bien aceptemos eso, aunque sea de momento: no la merece, lo que de inmediato abre la siguiente pregunta, la de quién la merece.

Es decir, alguien superior tiene que evaluar entre varios a candidatos a quienes se dará tal fortuna. Ese alguien, por necesidad, se convierte en propietario y ahora es él quien una nueva herencia.

Heredará a quien él cree que la merece, que es la misma decisión que ya había tomado el padre en su testamento. La exacta decisión que tomó quien era el propietario original. Pero ahora, quien decide darla a alguien que debe tener más méritos, abre un concurso de merecimientos imposible de solucionar razonablemente.

Hace ya tiempo, en un escrito titulado “Sobre la revolución francesa”, Edmund Burke, el conservador inglés, escribió que “La posibilidad de perpetuar nuestra propiedad en nuestras familias es una de [las cosas] que tienden en mayor medida a la perpetuación de la sociedad misma”. Tiene razón.

Imagine esto. Suponga una sociedad en la que no hay herencias posibles. Las propiedades de todas las personas, al morir, pasan a manos del gobierno, el que hace un concurso de méritos y selecciona el ganador de la fortuna en cada herencia.

Es un absurdo en contra del derecho de propiedad y sin embargo, se hace ya aunque con una modalidad distinta.

Con los impuestos a las herencias que llegan a ser considerables, la autoridad expropia una parte sustancial de esa herencia. No hace un concurso para seleccionar a los de mayores méritos. Simplemente se queda el gobierno con ese dinero y lo gasta como más le place.

El gobierno se ha nombrado a sí mismo heredero parcial de todos los ciudadanos. Literalmente el gobierno se escabulló dentro de todos los testamentos del país y se nombró uno de los herederos.

No suelen entender esta realidad quienes en lugar de ver un asunto de propiedad individual ven un asunto de méritos de los herederos. A estos suelen moverlos la emotividad y el sentimentalismo, más que la razón.

En fin, temas como éste son una buena ocasión para ver cómo un error en la consideración básica de un problema, desvía la posible solución a rutas llenas de errores y actos con consecuencias colaterales muy indeseables.

Post Scriptum

Haay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Propiedad.

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