Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Prometo, Serás Feliz
Eduardo García Gaspar
14 junio 2012
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
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Es una de las palabras resbalosas.

Todos la entendemos, pero casi nadie puede dar una definición.

Me refiero a “cultura”.

Una forma razonable de entenderla es verla como una colección de atributos que dan identidad a las personas que forman un grupo o una comunidad.

Demasiado vago para ser de utilidad, por lo que se han dividido esos atributos o rasgos en varios tipos: físicos o materiales, intelectuales, espirituales y otros más.

Los materiales son objetos, cosas tangibles, como arquitectura, vestido, comida y similares. Los intelectuales son conocimientos, historia común, idioma, profesiones y otros.

Muy bien, nada que no sea de mero sentido común y hasta aburrido. Sin embargo, la cosa comienza a ponerse interesante cuando se considera el tercer tipo de atributo cultural, el espiritual.

Dentro de este caen cosas como religión, moral, creencias y similares. Con esto en mente, podemos construir otra cosa, una idea de la felicidad personal.

Veámoslo así. Nosotros los humanos tenemos una buena inclinación a buscar mejorar nuestra situación personal. Lo podemos llamar búsqueda de la felicidad.

Y, mejor aún, podemos usar esos tipos de atributos culturales para convertirlos en dimensiones de la felicidad. No es una mala idea.

Por ejemplo, tenemos una dimensión material de nuestra felicidad. Básicamente es el satisfacer necesidades corporales, como comer, beber, vivir bajo un techo, vestir y similares.

No sólo en estándares mínimos de supervivencia, sino también en niveles crecientes de satisfacción. No necesito un queso Stilton para vivir, pero es algo que me gusta.

La otra dimensión de la felicidad personal sería la intelectual. En ella satisfacemos otras necesidades, las de educación, preparación. Hablo del uso de la razón, de la sed de saber, del disfrutar de la información.

Son necesidades naturales también, pero más elevadas. Es la dimensión de una parte esencial de nuestra naturaleza, la mente.

Vamos ahora a un nivel aún más alto, el de la dimensión de lo espiritual. En ella satisfacemos necesidades que Blas Pascal llamó del corazón. La metáfora es buena y adecuada.

Aquí están necesidades de afecto, de amor. Es donde radica el sentido innato de lo bueno y de lo malo. Es la dimensión de lo sobrenatural, de lo religioso. La de la belleza y la verdad.

Entonces podemos ver que la felicidad es la satisfacción de nuestras necesidades en esas tres dimensiones.

Cuanto más satisfechas, mejor, incluso sabiendo que la felicidad nunca será completa. No importa, eso no nos detiene y nuestros actos siempre se orientan a elevar siquiera un poco nuestra felicidad.

¿Aburrido todo el asunto? Por supuesto, pero sólo en apariencia. Sus consecuencias son grandes.

Tome usted, por ejemplo, en un caso concreto, las promesas que hacen los candidatos en campañas electorales de cualquier país. Suelen ellos con gran frecuencia prometer hacernos felices.

Hacen promesas para nuestra felicidad material. Promesas de bajo costo de gasolina, de transporte gratuito, de más empleos, de atención médica, de lo que sea.

Por supuesto, uno duda, resulta una meta demasiado ambiciosa la de hacernos felices en lo material. No hay recursos suficientes para hacerlo.

Hacen promesas también para nuestra felicidad intelectual. Promesas de libros de texto, de fomento a la innovación, de universidades, de calidad educativa.

Una meta aún más ambiciosa. No veo cómo un gobernante tenga la capacidad humana para satisfacer necesidades intelectuales de la gente. ¿Cómo satisfará la necesidad de saber, de conocer?

Hacen, de otra manera, promesas espirituales. De una forma especial, distinta a la anterior.

La promesa aquí es el laicismo, en otras palabras, olvidar la felicidad espiritual. Es hacer de lado a las creencias religiosas, ignorar todo mandato que no sea lo que dice la ley.

Son promesas también, pero están basadas en olvidar nuestra felicidad espiritual y abandonarnos al secularismo estatal.

Al final de cuentas, creo, las promesas de los gobernantes son exageradas, imposibles y en el fondo, soberbias.

No entiendo cómo un gobernante pueda tener el orgullo desmedido para prometer felicidad a los ciudadanos. Menos aún, negando la existencia de una felicidad espiritual que jamás podrá lograr gobernante alguno. La felicidad es personal, no estatal.

Post Scriptum

La idea central de un Estado de Bienestar es un gobierno que se haga cargo de la felicidad de sus ciudadanos. Un gobierno que toma sobre sí mismo la responsabilidad de dar a las personas satisfactores de necesidades materiales, intelectuales y espirituales

En una campaña electoral, como la mexicana ahora, los partidos y sus candidatos hacen promesas de felicidad. Ofrecen precios bajos de bienes, ofrecen educación y ofrecen a la ley como solución a lo moral. Si quiere ser feliz, el ciudadano debe someterse a las órdenes y mandatos de la autoridad política.

Al final, es un asunto de dar respuesta a una pregunta, ¿quién debe decidir la felicidad personal de usted? Hay dos respuestas posibles. Usted u otro que no sea usted. En un sistema de esclavitud, la felicidad del esclavo la decide su amo. En un Estado de Bienestar, la deciden los burócratas.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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