Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Placer Examinado
Eduardo García Gaspar
30 octubre 2013
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es el pensar que el objetivo máximo de la vida es el placer. Lo llamamos Hedonismo.

Por eso decimos que es un hedonista el amigo de los placeres, el que los busca como motivo central de su vida.

Y, como eso es demasiado general, para evitar confusiones lo asociamos con el sibarita, con lo epicúreo y lo refinado.

En pocas palabras, ese hedonismo está ligado al lujo extremo y poco disponible al resto, incluso con rebuscamiento y afectación.

No es algo que veamos con aprobación. Resulta demasiado superfluo el basar la propia vida en tener un Ferrari o beber vinos extraordinarios.

Sirva lo anterior para entrar al tema del placer. No hace mucha falta definirlo. Sabemos que es una sensación agradable, de intensidad variable, y que usamos varias palabras para describirlo: deleite, goce, delectación y otras más.

Más aún, sabemos que hay actos que causan placer y razonamos que si queremos ese placer tendremos que realizar ese acto.

Por ejemplo, el comer causa placer. Pero hay una diferencia entre el comer de los personajes de Las Uvas de la Ira, la novela de J, Steinbeck, y el comer de quien acompaña su caviar beluga del mar Caspio con una botella de Krug Brut 1988. Esto nos puede llevar a hacer una distinción con potencial.

Hay cosas que debemos hacer para sobrevivir, como comer y beber. Hacerlo es importante, es cumplir con una necesidad. El objetivo de hacer eso es satisfacer una necesidad corporal que mantiene la vida. El objetivo del comer y beber es ése, vivir.

Pero podemos hacer que el objetivo sea otro, el placer en sí mismo.

Cuando cambiamos el objetivo de lo natural al del placer producido, las cosas cambian. Y entonces ya no comemos para vivir, sino vivimos para comer. A esto lo vemos como indeseable y por eso se reprueba el exceso al comer y los efectos que eso tiene. Por eso aprobamos las dietas sanas con alimentos balanceados.

La regla parece ser una simple: hacemos cosas, realizamos actos, que tienen un objetivo en sí mismo, como el mantener la vida y otras necesidades humanas. Esas acciones suelen causar placer como un efecto colateral que nos agrada. El placer no es el objetivo, pero sí es una consecuencia bienvenida.

Los problemas comienzan cuando el objetivo original se olvida y el placer se convierte en la meta buscada. Conocemos tan bien el problema que le hemos dado nombres a estos cambios de objetivos de lo que hacemos.

Llamamos gula al buscar el placer de alimentos y bebidas haciéndolo con exceso. Llamamos avaricia cuando buscamos el placer en la acumulación excedida de bienes materiales.

Hay en este terreno un tema que es popular en la actualidad y que puede ser examinado con la misma perspectiva.

El sexo, que tiene esas dos partes, su objetivo y su consecuencia placentera. Sabemos cuál es el objetivo del sexo, la reproducción de nuestra especie. Y conocemos también el placer que produce colateralmente.

Puede aquí suceder lo mismo, el buscar el placer por sí mismo olvidando el objetivo real. También tiene su nombre. Se conoce como lujuria y está definida de manera similar a la gula y la avaricia: una búsqueda desordenada del placer sexual. Igual que la búsqueda desordenada del placer de comer y beber. O de la acumulación de bienes.

Lo que he dicho nos lleva a otra conclusión racional, la que examina el común denominador de todos esos tipos de búsqueda de placer en sí mismo (y hay más de los que he mencionado). Ese común denominador es ése precisamente, el volver a la vida personal una búsqueda desordenada de placer en sí mismo, sin otro objetivo que ése.

También tiene su nombre. Lo conocemos como soberbia y consiste en un amor desordenado por uno mismo que lleva al desprecio de los demás. Es como decir “todo lo que importa en este mundo soy yo y yo nada más”. Al final de cuentas es el sujetar a los demás a ser proveedores de placeres propios, los que sean.

En fin, temo haber escrito algo que muchos verán como aburrido, como filosofía inútil que a nada práctico lleva. Sólo espero que unos pocos vean la utilidad de esto. Otros verán aquí una mente reaccionaria, fundamentalista, demasiado conservadora, que hace otro intento de imponer una moralidad demasiado estricta.

Todo lo que he tratado de hacer, en realidad, es llamar la atención sobre uno de los defectos de nuestros tiempos: el haber confundido las cosas, olvidando los fines de nuestra vida, para volverla una alocada búsqueda de placer.

Post Scriptum

Beber una botella de champaña, por cara que sea, no es un acto reprobable en sí mismo. Seguramente es moralmente neutral. Los problemas comienzan cuando se desordenan los planos y el placer colateral de una acción se vuelve la razón del acto.

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