El mito de la democracia económica. Una frase contagiosa que suena bien, pero que sirve de disfraz al intervencionismo económico.

Hay frases contagiosas que tienen un atractivo inmediato, pero que en el fondo tienen efectos terribles, si es que llegan a ser aplicadas. Este es el caso de la idea de una economía planeada democráticamente.

Ella reúne los dos requisitos: tiene un gran encanto inmediato y sus efectos son muy negativos. Es el mito de la democracia económica.

El examen de la democracia económica de Lavoie es especialmente importante dentro de los países con democracias recientes, cuyos ciudadanos pueden ser presas de esa tentación. La tentación de frases fascinantes que en la superficie suenan lógicas, pero que sirven para negar la esencia misma de la democracia.

La obra consultada para este resumen es la de Lavoie, Don, National economic planning : what is left. Cambridge, Mass. Ballinger Pub. Co., Chapter 5, «Planning from de bottom up? The myth of economic democracy», pp 125-140.

Primer paso, ver a la planeación económica

Lo primero que hace el autor para examinar el mito de la democracia económica es definir el campo en el que va a realizar sus comentarios. Es el de la planeación de la economía, concretamente el de la planeación democrática de las actividades económicas.

Menciona que en los Estados Unidos, en esa fecha al menos, existe un grupo de personas que proponen que la forma democrática de la planeación económica es la única opción a la realidad del fascismo y de la planeación empresarial de la economía.

La frase central de ese grupo de pensadores es la de la democracia económica que significa aplicar la democracia política en el terreno de la economía. Es decir, llevar las nociones de la democracia al área de la política a los campos de la economía.

En otras palabras, los proponentes de la democracia económica quieren la participación popular de la sociedad en las instituciones de la economía, en las empresas.

La gente, dicen estaría a cargo de la economía. Pero en realidad, la economía estaría en manos del gobierno y sujeta a sus conflictos internos.

La intervención del gobierno

Para realizar esto, una de las cosas que propone ese grupo es la intervención del gobierno para fomentar la propiedad de los trabajadores, que ellos sean dueños de las empresas.

Esta intervención, exponen, va más allá de los casos en la que esa propiedad sea voluntaria; el gobierno debe forzarla.

Desde luego, eso equivale a obligar al trabajador a afrontar riesgos y gastos en los que muy bien él no quiera participar.

Puede ser que el trabajador se encuentre satisfecho con el simple acuerdo mutuo de un salario dejando la carga de la administración a los propietarios. No puede justificarse obligar a alguien a ser propietario de lo que no quiera.

Desde luego, nada malo hay intrínsecamente en que los trabajadores sean dueños de una empresa. Pero tampoco hay nada reprobable en las empresas cuya propiedad no sea de los trabajadores.

¿Quién está a cargo de la economía?

El autor sigue demostrando que la democracia económica es un mito, una mala idea que disfraza al intervencionismo económico.

Uno de los rasgos distintivos de los proponentes es su argumento en el sentido de que las empresas son las que están a cargo de la economía de un país. Qque son las empresas las que toman las decisiones que alteran el destino de la economía de la sociedad.

En esto usan un razonamiento básico, creer que el ideal de la competencia perfecta no es alcanzado por las instituciones reales en el mercado libre. Y que, por tanto, las empresas son las que fijan los precios y actúan para su propio beneficio.

Las teorías de conspiraciones oscuras son parte de estas ideas, como las de crear recesiones económicas intencionales e incluso desarrollar puestos de trabajo con funciones rutinarias de manera que los trabajadores permanezcan en su lugar.

Dos suposiciones erróneas del mito de la democracia económica

Estas ideas sobre el poder que tienen las empresas, como el de suponer que están aisladas de los efectos de la oferta y demanda, tienen el problema de no hacer una distinción entre dos aspectos.

Primero, es indudable, aunque no indeseable, que la industria no presenta una situación de perfecta competencia, en la que hay una cantidad grande de competidores que ofrecen productos iguales.

Segundo, el hecho de que tampoco vivimos en una situación de competencia libre, pues las empresas, los sindicatos y otras instituciones usan su influencia en el gobierno para su beneficio individual.

Lo cierto, dice el autor, es que el problema no es el de una distribución desigual de la riqueza, sino el que la riqueza pueda usarse para influir en la autoridad en beneficio propio.

Y la creación de una agencia gubernamental nacional encargada de la planeación económica no va a resolver ese problema, de hecho lo puede empeorar.

Afectar a los precios o fijarlos, no es igual

Dentro de un mercado, los rivales en competencia sí afectan el precio de los satisfactores y eso es lo que las empresas usan para tomar sus decisiones.

La influencia en los precios por parte de las empresas es una condición necesaria de la oferta y la demanda.

Pero no es lo mismo tener poder para afectar los precios que fijar los precios. Las empresas no tienen tanto poder como para controlar los precios.

Aunque no existan números elevados de empresas en el mercado, ello no significa que no exista competencia. Cada empresa tiene influencia en los precios, pero, se repite, no es posible decir que tengan poder para fijarlos a su antojo.

Más aún, creer que las empresas pueden fijar los precios llegando a acuerdos entre ellas contradice otro de los reclamos de ese grupo de pensadores. Ellos dicen también que la economía está fuera de control y que es desorganizada.

La verdad es que no pueden conciliarse ambas posiciones. Si la economía está fuera de control, eso significa que las empresas no ejercen control sobre los precios.

Acusación de improductividad

Reservando su crítica principal acerca del mito de la democracia económica, para más tarde, el autor menciona otra parte de los argumentos de esos pensadores.

De los proponentes de la democracia económica, que es su serie de críticas sobre lo que ellos ven como actividades empresariales improductivas.

Critican, por ejemplo, la publicidad, como si dentro de una economía planeada no hubiera necesidad de dar información sobre los bienes y servicios a los consumidores.

Igualmente, son críticos de las fusiones, de las compras de empresas, de las deudas y de la especulación.

Uno de los temas recurrentes de esos pensadores es el punto de creer que no existe escasez de capital y que el problema es únicamente el de cómo usar el capital existente, productiva o improductivamente.

Critican también, por ejemplo, la adquisición de empresas y las fusiones, cuando ninguna de esas actividades significa una pérdida neta de capital y a menudo elevan la eficiencia en el uso de los recursos.

La crítica de los gustos personales

Otra de las causas de la irritación que un mercado libre produce en ese grupo es la vocación de las empresas para satisfacer las necesidades y los gustos de los consumidores.

Critican no sólo los gustos de las personas, sino también la tecnología de producción, deseando centralizar las decisiones de uso de tecnología sin las iniciativas tomadas en un mercado libre.

La democracia económica: el mito

Pero, en lo más profundo, está la característica más distintiva de ese grupo de proponentes de la economía democrática. Ellos proponen que esa economía sea planeada de abajo hacia arriba.

Esto significa que las iniciativas económicas serán creadas por instituciones y grupos a niveles locales de un país. Por ejemplo, por asociaciones de trabajadores o grupos de ciudadanos. La planeación local de esos grupos será coordinada por una agencia nacional.

Esta es esa transferencia de la democracia política al terreno de la economía. Proponen el desarrollo local de planes económicos centrales, producto de la acción de grupos y asociaciones de las diferentes partes de un país.

Planes que son coordinados, arreglados, ordenados y acomodados centralmente por una agencia gubernamental con esa responsabilidad.

Lo crucial en esta propuesta es ver en ella la siguiente conversión de planos. La rivalidad de mercado que existe en una economía libre se convierte en una rivalidad política.

La competencia entre las empresas dejaría de existir para convertirse en una competencia entre las asociaciones que crearon los planes locales.

Y la rivalidad económica de mercado entre empresas competidoras no es lo mismo que la rivalidad política entre proponentes de diferentes planes.

El éxito de la rivalidad política aprovecha el conocimiento de los procesos burocráticos que persiguen la derrota del rival. No usa los procesos de mercado que mandan señales a las empresas para la toma de decisiones eficientes de inversión.

En resumen

La democracia económica es en realidad una lucha por el control político y no por el beneficio que implica un intercambio comercial libre. En esa rivalidad política la derrota de un plan enemigo significa la acumulación de poder político en el vencedor.

Los éxitos de la rivalidad de mercado son muy diferentes a los éxitos de la rivalidad política.

En el mercado, el éxito de la empresa depende de su capacidad para satisfacer necesidades de los consumidores. Pero el éxito del planeador económico depende de sus habilidades políticas, e incluso de su capacidad de engaño e intimidación.

Al final, el examen del mito de una democracia económica muestra que ella es en el fondo la conversión de una rivalidad de mercado en una lucha política. Es decir, un aumento de las luchas por el poder que ya sufre una sociedad en la esfera política.

[La columna fue actualizada en 2019-08]