Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Medicinas: El Dilema
Leonardo Girondella Mora
9 abril 2008
Sección: SALUD, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Uno de los puntos centrales que esta página ha sostenido es el de la existencia de dilemas, o decisiones que significan aceptar consecuencias negativas —pero que en su saldo final son las mejores.

Por ejemplo, negarse a aplicar la pena de muerte alegando que no se tiene derecho a matar a nadie es una decisión que no es “limpia” —tiene consecuencias negativas: las muertes de personas inocentes que se habrían prevenido en caso de aplicar ese castigo máximo. El tema fue examinado en Pena de Muerte: el Dilema (diciembre 2007).

Otro examen, en septiembre de 2005, aún más sugerente de decisiones difíciles, fue el presentado en En La Bomba y su Análisis, donde se examinaron las consecuencias de las dos decisiones posibles: tirar o no las bombas en Japón en la Segunda Guerra. En El Dilema del Interrogatorio, se exploró la gran decisión de usar o no métodos fuertes de interrogación a terroristas (febrero de 2007).

Quiero ahora, por mi parte, explorar otro dilema, el de la aprobación de medicinas —el modelo seguido por la FDA en los EEUU y comenzando por reconocer una realidad: ningún medicamento es absolutamente seguro para todos en todo momento.

Con esto se llega al núcleo del problema y que es el de qué tan segura debe ser una medicina para ser aprobada. Un ejemplo ayuda a entender la decisión: el medicamento X tiene estudios que muestran que cura la enfermedad Y en el 67% de los casos —sin embargo, los estudios muestran también que el mismo medicamento tiene riesgos de producir cáncer en el 10% de los pacientes.

La decisión a tomar es la de aprobar o no el uso del medicamento, permitiendo su producción y distribución para uso masivo.

  • Para algunos, la decisión sería relativamente simple: el medicamento podría ser distribuido sin limitaciones pero señalando los riesgos —cada paciente y cada médico decidirán su uso.
  • Para otros, la decisión no debe ser libre, sino del gobierno, el que por medio de una institución tiene la última palabra para aprobar o no la venta.

Este último mecanismo de aprobación incorpora un incentivo distinto al de la libertad individual —los burócratas se abstendrán de aprobar medicinas con riesgos que consideren altos para su propia reputación, no la salud de los pacientes. Una medicina aprobada que resulte de riesgo elevado tenderá a ser no permitida a pesar de que ella tenga una alta efectividad en el tratamiento de una enfermedad.

La diferencia es elemental entre ambos enfoques —en uno, la decisión es del paciente y del médico bajo las condiciones propias del caso específico; en el otro, la decisión es general con una alta inclinación a aprobar medicinas de muy escasos riesgos aplicables al universo. Este es el dilema a resolver: ¿cuál de los dos enfoques seguir?

El de la libertad de uso producirá más enfermos que sanarán, aunque seguramente habrá más personas afectadas por los riesgos colaterales de la medicina —en el otro caso habrá menos enfermos que sanarán y seguramente menos personas afectadas por los riesgos colaterales. No es una decisión sencilla de tomar.

Podría hacerse una investigación de consecuencias entre los dos enfoques para seleccionar el que mejores resultados dé —pero siempre comprendiendo que no hay una solución perfecta. Sin embargo, ese estudio en sí mismo no sería el único a considerar porque en el enfoque de la aprobación gubernamental de medicamentos hay más consecuencias de las que aparecen a primera vista.

La aprobación gubernamental de las medicinas, al enfatizar medicamentos con menores riesgos colaterales provocará una reducción general del número de medicinas permitidas —esto sucedió en EEUU: de 1962 a 1979, la introducción de medicamentos se redujo en más de la mitad. El efecto neto de esto es un número general de enfermos no sanados, independientemente de la enfermedad concreta: más muertos, inválidos e incapacitados que podrían haberse evitado.

Un sistema de aprobación medicinal con más énfasis en evitar riesgos colaterales tiene otra consecuencia —la de elevar el costo de investigación y desarrollo de medicamentos: más tiempo de desarrollo y menos medicamentos. Las cifras muestran eso en los EEUU: de los años 50-60 a finales de los 70, el costo creció cien veces y el tiempo se cuadruplicó. Las medicinas son entonces más caras, menos accesibles a pacientes; el tiempo de espera es mayor; y las enfermedades poco comunes tenderán a ser ignoradas.

Ahora sí es posible tener una mejor idea de las consecuencias que cada decisión implica —entre las dos, deberá seleccionarse una sabiendo que ninguna es perfecta. Las dos tienen consecuencias negativas y, por tanto, el criterio central seguramente será el de las menores consecuencias negativas netas. Por lo pronto, creo haber demostrado que existen indicaciones de que el tema es intrincado y que aceptar la opción de la supervisión gubernamental no es necesariamente el mejor camino —aunque sea la opinión políticamente correcta.

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¿Mi punto de vista? Aplicar el camino que más innovaciones permita en medicamentos y tratamientos de salud, es decir, el de la libertad de decisión personal en cada caso, por parte del paciente, sus familiares y los médicos que lo traten, con un esquema de información transparente de los efectos del medicamento. Por la otra vía, los burócratas tenderán a cuidarse las espaldas y eso producirá más muertes que pudieron haberse evitado.

Alguien dirá, con buena razón, que ese proyecto de libertad medicinal podrá crear incentivos en las empresas farmacéuticas para desarrollar medicinas fraudulentas —podría ser sin duda el caso, pero el paciente no estaría indefenso ante esa posibilidad: de su lado estará la experiencia de los médicos que vea y el daño comercial que sufra la empresa que cometa ese fraude, más seguramente una regulación propia de las empresas mismas.  Creo que estos mecanismos son mejores en su resultado neto que la supuesta vigilancia de la burocracia.

Addendum

Los datos de las medicinas en EEUU fueron tomados de Murphy, Robert P. (2007). The Politically Incorrect Guide To Capitalism. Washington DC. Regnery. 9781596985049, pp 69 y 70.

La opinión políticamente correcta indica que en este asunto suele haber dos personajes de caricatura: el villano que es la empresa farmacéutica y la víctima que es el enfermo; el villano está movido por los más sucios intereses monetarios y la víctima está en busca de un héroe, un personaje que el gobierno gusta desempeñar haciendo dos cosas: autorizando medicinas en el caso normal, pero en casos extremos regulando sus precios. La historieta suele ser tragada por el inocente.


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