Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Neuronas del Gobernante
Eduardo García Gaspar
30 julio 2008
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Conviene regresar al 20 de julio, a un reporte de El Universal, cuyo encabezado decía, “Admite Ebrard aspirar a la Presidencia en 2012”. En otras palabras, la campaña electoral para la presidencia mexicana en 2012 ya comenzó.

El reportaje añadía que, “En entrevista difundida por el programa Al Punto de Univisión,… Ebrard admitió abiertamente que buscaría la presidencia en 2012, aunque reconoció que ‘soy consciente de que es muy lejos de mi trabajo en la ciudad’”.

Se anota en el reportaje que el alcalde de la Ciudad de México aseveró que “Un gobernante que diga que no aspira (a ser presidente) está mintiendo”. Esta es la parte principal de todo. Este gobernante mencionó con brillantez poco común el mayor de los resúmenes que puede hacerse de las ambiciones de un gobernante, el llegar a lo que cree es la posición de mayor poder.

Lo vital de esas declaraciones es que abren a todo el que lo quiera ver qué es lo que está en la mente de un político. No es lo que usualmente dicen, que quieren servir a la sociedad, que tienen vocación social, que aspiran a servir a la nación. Su principal interés, el deseo que los mueve, es el de aspirar a tener más poder.

No es que no se supiera, pero sí es que pocos se detienen a pensar en esto. Los gobernantes aún en sus posiciones actuales están en campaña para subir a puestos de más poder. Si usted ve que, como Ebrard, abre playas artificiales en su ciudad, o pistas de hielo, todo gratuito, su idea no es realmente servir sino hacerse popular y con eso aumentar los votos en la siguiente elección.

El principio es universal y muestra al gobernante como un tipo en campaña perenne dentro del desempeño de su puesto actual. Sea un gobernador, un alcalde, el que sea, la motivación central que le mueve no es precisamente la de hacer bien su trabajo actual, sino el de hacer hoy en su puesto lo que más tarde eleve sus posibilidades de subir y tener más poder.

El problema de esto es obvio. El gobernante tenderá a no tomar medida alguna que lo haga impopular, aunque sea la más necesaria y benéfica. No arriesgará su futuro político realizando lo que se necesite, si eso le causa algún daño a su imagen. Más aún, las acciones que realice serán las que tengan los resultados más espectaculares al menor plazo posible. Los problemas grandes con soluciones graves y resultados de largo plazo serán desatendidos.

El tema bien vale una segunda opinión para enfatizar una realidad que no puede ser negada: el ciudadano que piensa que en realidad un gobernante es una persona totalmente desinteresada a quien sólo importa el bienestar de la ciudadanía es un iluso. Y si quiere ver decenas de miles ilusos reunidos ante esta fantasía, recuerde las fotografías de Obama en Berlín.

El centro del asunto es uno asombrosamente sencillo, los gobernantes son seres humanos como usted y como yo. No son superiores, y la mayoría de las veces son inferiores a nosotros. No son más honestos que usted y que yo, ni más inteligentes, ni tienen conocimientos admirables, ni hacen siempre lo que deben hacer.

Lo que Ebrard hizo declarando que todo gobernante aspira siempre a tener más poder fue algo importante. No porque nos dijera que él está en campaña eterna, que ya lo sabemos, sino porque permite ver al gobernante real.

Las cosas se complican por otra razón, los procesos para evaluar a los gobernantes son malos. Dentro de una empresa privada los objetivos suelen ser medidos con más facilidad, pero no en política, en la que la única forma tangible de medición es la popularidad que no necesariamente corresponde al desempeño. Consecuentemente el buen político es el más popular.

Y el más popular es el que menos atiende los problemas graves y de largo plazo, y el que más hace favores inmediatos y llamativos a ciudadanos que él captura con sus palabras y carisma.

La cosa empeora en las sociedades en las que la democracia es nueva. Saliendo de un sistema de poderes concentrados el ciudadano en esos lugares se inclina a entender que los mejores gobernantes son los que tienen más poder, a quienes asigna capacidades irreales. México es uno de estos sitios y muchos de sus ciudadanos mantienen la idea de resolver los problemas mediante la elección de superhombres que no existen.

Post Scriptum

El el clímax de la búsqueda de más y más poder, desde luego, se encuentran gobernantes que rebasan las fronteras de su país. El siguiente reportaje de El Diario Exterior muestra un caso:

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha destinado al menos 33.000 millones de dólares de fondos públicos a “causas” dirigidas a influir en la política de países latinoamericanos y otros, aseguró el presidente del Institute for Global Economic Growth, Norman A. Bailey. Bailey indicó a Efe, que la injerencia de Chávez en asuntos de otros países se manifiesta a través de la compra a Argentina de bonos de deuda por “miles de millones de dólares” a un tipo de interés “ruinoso”, y mediante contribuciones para elecciones en Nicaragua, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y algunos estados caribeños. El Gobierno venezolano también ha prestado apoyo financiero a grupos terroristas como las FARC, ETA, Hamás o Hezboláh, mediante la extensiva red de contactos de estas organizaciones en Venezuela y en otros lugares de Latinoamérica, argumentó Bailey…


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