Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De Aristóteles al iPod
Eduardo García Gaspar
15 marzo 2010
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Quizá sea un signo de nuestros tiempos. Tan profundo y común que pasa desapercibido. Muy desapercibido. Es esa invisibilidad la que lo hace peligroso. Muy peligroso. Por eso, hablar de él resulta difícil y lo que sea que se diga, parecerá inútil e irrelevante.

La primera vez que lo entendí fue cuando un profesor de universidad me dijo que en su clase presentaba a sus alumnos un material muy llamativo: el documental de Al Gore sobre el cambio climático. ¿Por qué? Era el más actual, eso de lo que todos hablaban. Lo demás no importaba. Era para ponerse al día con lo más reciente.

El síndrome es sugestivo y en el fondo fácil de entender: hay que estar a la moda y actualizado con el último grito intelectual, la última frase, la más reciente expresión, el más reciente concepto, el activismo más popular y novedoso. Puede ser que sea la tolerancia multicultural, la desigualdad de género, el calentamiento global, el comercio justo, lo que sea.

Ya no hay necesidad de pensar, sólo de buscar el concepto de moda y volverse un activista. Ya no hay necesidad de buscar la verdad y usar argumentos lógicos, todo lo que se necesita es una frase de moda que sea políticamente correcta. Igual que cuando se ponen de moda ciertos modelos de prendas de vestir, hay que correr a comprar uno y verse igual que el resto.

Porque, la ambición ya no es la de saber más, sino la de verse como el resto, la de pensar igual que los demás. La realidad es lo de menos, lo que importa es no dudar de la moda intelectual del momento. Aprobarla, enorgullecerse de ello y felicitarse por convencer a otros de lo mismo.

Si acaso alguien tiene el atrevimiento de pensar diferente, esa osadía debe penalizarse duramente. El pensamiento independiente debe evitarse. El mérito está en la conformidad con las ideas del momento, las mayoritarias. Si alguien se atreve a ser independiente, de inmediato se le acusa de intolerante, de ser incapaz de reconocer que cada quien tiene su verdad.

Es decir, ya no hay errores ni equivocaciones. Todos están en lo cierto, lo que sea que piensen y opinen, así sea la barbaridad mayor. Consecuentemente, el mismo mérito tiene el razonamiento más puro que la idiotez más grande. Todo merece el mismo respeto, todo. De esta manera, la persona termina convencido de sus propias convicciones, las que sean, y conforme más superficiales, mejor.

A esto ayuda la noción del sentimiento de culpa como una enfermedad que debe ser erradicada. La culpa que se siente al reconocer un error propio ya no es un método para corregirlo, sino un trastorno mental que debe ser curado. Si todos tienen la razón, sea lo que sea que piensen, el sentimiento de culpa no tiene sentido porque los errores no existen.

Las posibilidades de razonar desaparecen pues todos tienen razón, todos, sea lo que sea que piensen. Cuando ya no hay necesidad de pensar, ni de razonar, el único camino que queda es el del activismo: la acción llamativa que presiona para implantar la idea de moda. Es la manifestación callejera como sustituto de la razón. Los argumentos son sustituidos con eslóganes y mantas en marchas.

La situación es paradójica. Nunca en la historia de los seres humanos se había tenido al mismo tiempo un desarrollo tecnológico de la magnitud del que gozamos ahora, al mismo tiempo que un menor uso de la razón. Es como haber renunciado a Aristóteles sustituyéndolo con un iPod… cuando podíamos tener los dos.

Hay algo en estos tiempos que ha producido ese rechazo a la búsqueda de la verdad por medio de la razón. Un extraordinario ejemplo de esto es la conducta de los diputados mexicanos. Los supuestos representantes de la gente, en un recinto en el que el debate razonado debe realizarse, se comportan como enfermos. No hablan, no usan su mente. Llevan caballos, se disfrazan, acarrean piñatas. Gritan, insultan, abuchean. Todo porque viven en un mundo irreal, fabricado por ellos mismos, en el que la verdad no existe.

La verdad, la realidad, que es independiente de nuestra voluntad, ha sido negada. Ya no importa. Lo que vale es la superficialidad de la opinión personal, la que sea y por encima de todo examen y razonamiento. Es la libertad llevada hasta la irracionalidad, en lo que un acto libre se justifica a sí mismo sin limitación alguna.

Y es que se afirma que lo que sea que uno crea y piense, ésa es la realidad. Si alguien viene a decir que la realidad es otra, eso es intolerancia.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.




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