Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Eso de la Terquedad
Eduardo García Gaspar
28 diciembre 2010
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


El caso es fascinante. Es una especie de síndrome que se manifiesta en dos partes.

Primero, la aceptación de una realidad cualquiera, algo que se toma como cierto.

Segundo, el rechazo de esa realidad para seguir manteniendo una opinión opuesta a esa realidad.

¿Suena exagerado? Sí, pero es una situación real que puede ser ilustrada con varios casos que servirán para entender mejor ese síndrome.

Imagine usted que habla con otra persona y los dos están de acuerdo en que el cerrar fronteras a las importaciones es una mala política, una que produce alzas de precios, reducción de calidad de productos, mercados cautivos y efectos colaterales negativos, como el contrabando y la corrupción en las aduanas.

Sería lógico que las dos personas también estuvieran de acuerdo en que lo mejor que puede hacerse es tener fronteras abiertas a la importación.

Pero la persona con la que usted habla dice que aún con todas esas evidencias, ella apoya un cierre de fronteras por cuestiones de soberanía nacional y dignidad del país que debe ser autosuficiente.

Mi punto, que creo que bien vale una segunda opinión, es ya más claro: a pesar de reconocer una realidad y aceptarla, la persona la desdeña y sigue manteniendo, esgrimiendo razones vagas, una opinión que es contraria a la realidad que ya ha aceptado.

Otro caso.

Igualmente, dos personas están de acuerdo en que la elevación de los salarios mínimos tiene efectos indeseables, como creación de desempleo, especialmente entre las personas de más bajos ingresos.

Esta realidad es aceptada por los dos y, sin embargo, una de ellas concluye lo ilógico.

Dice, por ejemplo, que a pesar de reconocer los efectos de una elevación de los salarios mínimos, ella propone que se eleve sustancialmente el salario mínimo porque es un asunto de dignidad humana el hacerlo y una cuestión de justicia social.

La contradicción es obvia y sucede mucho en política.

Estoy seguro que gobernantes más o menos razonables conocen los efectos indeseables de políticas económicas como las de altos salarios mínimos y cierres de frontera a las importaciones. Están reconociendo una realidad y, a pesar de eso, proponen medidas opuestas y realizan acciones contrarias a la evidencia que antes han aceptado.

Otro caso más.

Varias personas llegan a aceptar que el combate a las drogas causa más problemas que su legalización.

Mi punto es que aceptan eso y que algunas de ellas a pesar de eso, siguen manteniendo la opinión de que las drogas deben permanecer prohibidas.

Son casos notables de incongruencia, que bien ejemplifica otra situación que viví hace poco y que me sirvió de inspiración para esta columna.

La persona aceptó que la libertad debía ser respetada por los gobiernos. Lo hizo con entusiasmo, pero no sacó las conclusiones lógicas, pues apoyó con seriedad la prohibición de fumar en restaurantes y bares, el uso obligado del cinturón de seguridad y el control de precios de alimentos básicos.

Quizá sea esa la palabra mágica, la de congruencia: seguir las consecuencias lógicas de algo que se cree es verdad.

Por ejemplo, el caso real de otra persona, la que sostiene con fortaleza la idea de que los impuestos deben ser reducidos. Claramente no le agrada pagar impuestos. Dice que prefiere él tener ese dinero en su bolsa.

Pero, paradójicamente, es también un entusiasta de fundamentar el crecimiento económico teniendo como base la elevación significativa del gasto de gobierno.

Cuando aceptó que ese mayor gasto también elevaría los impuestos, tuvo la misma curiosa reacción: siguió creyendo que el mayor gasto de gobierno debía realizarse.

Son todos estos casos una situación en la que las personas sostienen simultáneamente dos opiniones que son inconsistentes entre sí. No es infrecuente. Creo que a todos nos pasa en alguna dosis y que se relaciona mucho con uno de nuestros vicios, el de la terquedad.

Hay veces que por más que nos demuestren lo opuesto, seguimos manteniendo opiniones falsas, pero con las que estamos comprometidos.

¿Cómo solucionarlo? Quizá con lo contrario de ese vicio de terquedad: la humildad para reconocer que estamos equivocados y que existe una verdad que es ajena a nuestra voluntad.

En fin, apuntar que existen casos como estos, de incongruencia interna dentro de nuestras mentes, es ya ganancia.

Post Scriptum

La página dedica buena cantidad al tema. La colección está en ContraPeso.info: Razonamiento.

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