Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Asunto de Equilibrio
Eduardo García Gaspar
29 septiembre 2010
Sección: CIENCIA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La idea, o mejor dicho, la metáfora, se conoce con el nombre de “los dos libros de Dios”. Hasta donde sé, ella existe en el Cristianismo, el Judaísmo y el Islamismo. Es una manera de expresar la noción de la manifestación de Dios por medio de dos caminos. Y tiene más repercusiones de las que nos imaginamos.

Llame usted “libro” a la naturaleza, a lo que usted ve a su alrededor. Y piense que es una manera de revelación de Dios que podemos ver en plantas, animales, montañas, mares, lagos.

En ese libro de la naturaleza estamos también nosotros. Es eso en lo que pensamos cuando vemos un atardecer en una montaña.

Ese libro de la naturaleza es nuestro primer contacto con Dios y es una manera en la que él se nos revela. Pero no es la única. Existe otra revelación, también dada por Dios, la de las escrituras religiosas. Toda la metáfora es fascinante, incluso para los no religiosos.

En la idea de los dos libros, se tiene una connotación de equilibrio. Es un balance entre los dos. Tomar uno sin considerar el otro, descompensa su totalidad. Si tomamos en libro de la naturaleza y lo convertimos en la única fuente de conocimiento, nuestro saber se desbalancea y se torna incompleto.

Lo mismo sucede con el tomar como única fuente de conocimiento a las escrituras religiosas, nuestro saber estaría incompleto. Y esto es lo fascinante de la metáfora de los dos libros: no puede haber contradicción entre el conocimiento de la naturaleza y el conocimiento de la revelación escrita (el supuesto incuestionable de, por ejemplo, Newton).

Los nuestros son tiempos, dirán varios, en los que se ha tomado uno sólo de esos libros, desequilibrando nuestro saber: el libro de la naturaleza. Sólo hacemos caso del conocimiento científico y llegamos al extremo de considerarlo opuesto al libro de la revelación escrita, cuando se piensa en ese libro.

Supongamos que Dios existe y que es el creador de nuestro universo. Si no existe, nos olvidamos del tema y ya, pero la realidad es que no tenemos manera de determinar en un laboratorio su existencia, por lo que podemos presuponer que existe, como una opción.

Si existe y somos su creación, podemos suponer que nos habla de algunas maneras. Y entonces la metáfora de los dos libros tiene sentido. Lo que Dios ha creado tiene significado, siendo el primero de ellos el asombro ante su grandeza. Desde el atardecer en una montaña hasta la estructura de un ojo, este universo nos maravilla.

¿Sería ese el único medio de comunicación de Dios? Resulta razonable que no lo sea, que exista otro, como los escritos religiosos. Y si las dos son revelaciones, uno no puede ignorar al otro sin riesgos de tener un conocimiento distorsionado de Dios. Es el hablar múltiple de Dios a nosotros: revelaciones y las reacciones que ante ellas tenemos.

Pero todo esto está lejos de ser sencillo. Tenemos tareas que hacer. Dios no nos dio una revelación absoluta y comprobable con total certeza. No dejó encargados algunos trabajos arduos al enfrentar situaciones difíciles. La más mencionada: si Dios es infinitamente bueno, no hay razón por la que haya creado un mundo en el que hay catástrofes naturales que matan y maldad humana que daña a inocentes.

Otra de las muy mencionadas: las contradicciones entre hallazgos científicos y textos sagrados, siendo el más claro el de la edad del universo y su evolución. Supongo que Dios quiere que pensemos en todo eso ocupando nuestro tiempo y habilidades. Sería muy placentero sentarnos a esperar sus respuestas absolutas.

Tratar estos temas bien vale una segunda opinión. Nos permite salir del mundo ruidoso en el que vivimos dando una oportunidad de usar nuestras capacidades. Por ejemplo, un día hace ya tiempo, conversando con un sacerdote de estas cosas, se habló de la crueldad en el mundo y de cómo Dios permitió la existencia de Hitler y de Stalin y de Mao. Son dudas que cualquiera tiene.

El cura volteó a verme y con esa mirada profunda que tiene se me quedó viendo y dijo, “Pero si Dios creó un mundo perfecto en el que los hombres vivían en paz y eran totalmente felices. Le llamamos Paraíso a ese lugar y fue la imperfección humana la que lo echó a perder. Vivimos en un mundo en el que nuestras imperfecciones son notorias, pero aún así, Dios no nos abandonó”.

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