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Cielo, Infierno y Progresistas
Selección de ContraPeso.info
28 junio 2011
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

La idea central del escrito es anotar las consecuencias de la desaparición de la idea del infierno. Una noción simple, poco vista, usualmente puesta de lado, y de efectos notables.

Con otra elección presidencial en el horizonte [en EEUU], no tardará mucho en que los católicos que se ven como progresistas comiencen a lanzar un sinnúmero de ideas acerca de asuntos de política.

Aunque muchos de esos católicos están más bien cerca de la enseñanza católica en asuntos como la vida y el matrimonio, su posición “relajada” en esos temas se oculta por su estridencia en, por ejemplo, temas económicos. Pobre de aquél que sugiera recortes a programas sociales como una opción legítima, porque eso es anatema.

Dar una naturaleza absoluta a eso que la Iglesia enseña sobre lo que usualmente son juicios de prudencia, es algo que tiene orígenes en las teologías de los años 60 en Alemania Occidental (para pérdida de todos) y que fueron exportadas a América Latina.

Pero como hace notar Benedicto XVI en la segunda parte de su libro Jesús de Nazaret, la influencia de estas teologías ha desaparecido del mundo católico. A pesar de eso, varios católicos progresistas continúan presionando sobre lo que a menudo es un entendimiento muy politizado de la Biblia.

Esto sugiere que la raíz del problema se encuentre en otra parte.

Quizá tenga algo que ver con la búsqueda eterna de “relevancia” que a menudo es alimentada por vivir en invernaderos como Washington, D.C. En algunos casos, podría ser la ambición de un nombramiento político.

Mientras que estos factores no deben ser ignorados, puede ser que estén actuando otras influencias teológicas más profundas.

Aunque no sea político el decirlo, una de esas influencias puede ser la negación efectiva de la realidad del infierno, lo que ha sido parte de mucho de la vida cristiana contemporánea.

El infierno no es un tema agradable. La idea de que podemos, por virtud de uno o más de nuestros actos libres, separarnos potencialmente del amor de Dios, es algo temible.

Pero la realidad del infierno y que estará habitado por esos que deciden no arrepentirse de tales actos está arraigado con firmeza en las Escrituras y la Tradición (no sabemos la identidad de esas personas y oramos y esperamos no ser parte de ellas).

La Ciudad de Dios, de San Agustín, dedica varios capítulos a afirmar estas verdades. El Catecismo de la Iglesia Católica se refiere específicamente a esos que mueren en pecado mortal soportando la “eterna separación de Dios”.

Más aún, desde el punto de vista de la razón, el infierno es un efecto lógico de la voluntad de Dios para dejarnos escoger si vivimos o no en su Verdad. No quiere Dios que cualquiera vaya al infierno.

El infierno es, como dice el filósofo John Finnis, “un juicio propio, el resultado inherente a un pecado por el que uno rehusa mantenerse y crecer en la amistad con Dios”.

En realidad, sin embargo, el infierno ha desaparecido del horizonte de algunos cristianos. Se debe esto en parte a esos académicos cristianos que han reducido los evangelios a “símbolos” e “historias”, cuyo significado “real” —nos dicen ellos— contradice lo que la Iglesia siempre ha entendido que significan.

En este mundo de referencias sobre sí mismo, el infierno tratado simplemente es un “discurso amenazante” (como lo llama Karl Rahner) y Dios es un bluff cósmico —lo que implica que Jesucristo es un mentiroso, según J. Finnis.

Otra razón, más mundana, de la desaparición de infierno es que en realidad no queremos rendir cuentas de nuestros pecados. Racionalizamos, por tanto, nuestros pecados por ilusiones consecuencialistas (la opción de matar a un inocente podría justificarse sobre la base de un cálculo imposible de efectos conocidos y desconocidos).

O nos engañamos, creyendo que nuestra opción por Cristo es un perdón automático de pecados posteriores a la conversión y que hacen que nuestra fe, como dice Santiago, esté “muerta”.

Entre los muchos problemas que surgen de esto es que una vez que el infierno desaparece como una posibilidad real, entonces el Cielo no tiene gran significado —ya que todos, no importa qué hagan, irán presuntamente allí.

Sin embargo, el deseo del Cielo, no puede ser erradicado de la existencia humana. Ya que somos seres hechos para un destino eterno, la idea está integrada en nosotros. Por eso, termina siendo transformada en lo que Benedicto XVI llama “ideologías del progreso”.

En Spe Salvi (quizá su mejor encíclica hasta ahora), el Papa benedicto ilustra cómo la desaparición de la esperanza en el Cielo significó que las personas comenzaran a poner su fe en la ciencia para crear un totalmente nuevo mundo: “un reino del hombre” en lugar de un Reino del Cielo. Esto es lo que explica mucho de la disfuncionalidad del mundo, según Benedicto.

En lo que se refiere a los católicos, la desaparición del infierno y el consiguiente hacer irrelevante la esperanza en el Cielo, ha resultado en una redefinición efectiva de su fe, de manera que ella se enfoca casi toda en diversas agendas políticas con sabores utópicos (“acabar con la pobreza para siempre”).

Algo muy característico de esas órdenes religiosas cuyos fieles han decrecido fuertemente los últimos 40 años.

¿Significa esto que todos los católicos progresistas niegan al infierno? Claro que no. Pero es algo que vale la pena el preguntar a algunos de ellos si sus palabras y sus acciones reflejan un apoyo real a esa afirmación —la que a continuación reduce a Cristo a un progresista más bien secular del siglo 20 y a la fe Católica a un mero activismo.

Evitar esos errores, sin embargo, no significa que los católicos deban retirarse a una vida apolìtica. Parte de la vía Cristiana involucra hacer el bien y evitar el mal, incluyendo el hacerlo por medio de la política —pero sin imaginar que la salvación humana pueda tenerse aquí.

Más generalmente, la mayoría de los católicos no están llamados a una vida de activismo (de izquierda o derecha). Como parte del diseño de Dios, tenemos vocaciones diferentes, cuyo cumplimiento con fe ayuda de manera misteriosa, como se dijo en el Vaticano II, a “preparar la materia [materiam] del reino del Cielo”.

En otras palabras, la vida eterna comienza en realidad ahora.

Nuestras acciones hoy —lo que el Vaticano II llamó “todos los frutos de nuestra naturaleza y trabajo [industriae]”, muy notablemente la “dignidad humana”, hermandad [communionis fraternae] y libertad—, serán tomados, limpiados de pecado y perfeccionados cuando Cristo regrese.

Sin embargo, nada de esto tiene sentido, si no se acepta la enseñanza Católica sobre la esperanza en el Cielo y, por eso, la alternativa de seleccionar efectivamente el infierno. Aquí radica la importancia mayor del Evangelio. Abrazarlo es el camino de la real libertad, por no mencionar de la vida eterna.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Dios y en ContraPeso.info: Progresismo y Conservadurismo.

Columnas del autor pueden verse en ContraPeso.info: Samuel Gregg.

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