grandes ideas

Un método o sistema para tomar mejores decisiones. Las decisiones difíciles pueden ser tomadas correctamente siempre que el sistema inicie con la consideración de sus efectos en el interior de la persona.

Introducción

Las personas actúan y lo hacen con un paso previo, el tomar una decisión. Seleccionan una de varias alternativas disponibles. Lo hacen usando un proceso de análisis de las opciones. Existen muchos sistemas sobre cómo tomar decisiones correctas.

Pero esos sistemas suelen colocar toda su atención en los efectos externos de la decisión tomada, no en los internos. Este es el giro que da valor a la explicación de Martin, su atención en los efectos de la decisión tomada, en el estado de la persona.

La idea aquí reportada fue encontrada en Martin, J. (2010). The Jesuit Guide to (Almost) Everything: A Spirituality for Real Life. HarperOne, pp. 306-338.

Tomar mejores decisiones, el método

El tema es el de la toma de decisiones, la selección de una entre varias opciones de acción personal. Entrar en él, necesita primero introducir un elemento vital.

La indiferencia

Las decisiones son mejores cuando las anima la indiferencia. Indiferencia entendida como libertad, como objetividad, como neutralidad.

Es quitarse de encima los sesgos personales, la parcialidad. Lejos de significar desinterés, esta indiferencia es equilibrio e imparcialidad. En pocas palabras, es tomar la decisión con libertad.

Los tiempos

Con lo anterior en mente, el primer análisis provee una inteligente clasificación de decisiones, a las que llama «tiempos».

Decisiones de primer tiempo

Las decisiones en el primer tiempo son esas en las que no hay duda sobre qué alternativa tomar. Incluso antes de enfrentar la decisión se sabe qué hacer. La decisión ha sido tomada de antemano.

Decisiones de segundo tiempo

Las decisiones de segundo tiempo no son ya tan sencillas. Necesitan tiempo de deliberación y requieren pensarse más que las anteriores. No existe aquí la seguridad total que se tiene en las de primer tiempo.

Ellas son las que necesitan un método o sistema para tomar mejores decisiones.

Hay fuerzas que mueven en sentidos opuestos. La decisión no aparece con la claridad anterior. Hay que darle tiempo.

La tranquilidad interior como criterio

Se requieren ya aquí análisis de las opciones, determinando diferencias entre ellas. Pensando sobre todo la que tendría el mejor efecto, que es uno de paz, tranquilidad y gozo.

Por el contrario, una mala opción es la que causaría desolación, inquietud y desconsuelo.

Es aconsejable usar la imaginación pensando en escenarios: la vida propia bajo cada una de las opciones, durante un buen tiempo, para saber más sobre las que causarían tranquilidad propia u las que provocarían inquietudes.

Comienza ya a verse la gran idea de Martin al explicar este tema. La idea de las consecuencias en la persona misma, en su estado.

La toma de decisiones suele estudiarse examinando efectos de las alternativas disponibles y analizando los efectos de cada una en el exterior de la persona. Uno de los criterios del método para tomar mejores decisiones.

Decisiones de tercer tiempo

Las decisiones de tercer tiempo son las más difíciles. En ellas existen varias alternativas y ninguna es transparente.

Las opciones son buenas todas y no es sencillo seleccionar una de ellas. La complejidad de la decisión ha aumentado mucho.

Para tomar estas decisiones más difíciles que las anteriores, hay dos métodos jesuitas, que el autor explica a continuación.

Pero antes, una aclaración importante. Una decisión de este tipo es una que presenta dos o más opciones, todas buenas.

Una decisión que presentara la alternativa de un acto bueno y la de un acto malo, es de primer tiempo. No se piensa siquiera. Antes de enfrentarla ya se sabe qué se debe hacer.

Las decisiones de tercer tiempo son frecuentes. Las opciones que presentan son buenas todas, pero ninguna presenta una superioridad clara. Conviene tener alguna forma de enfrentarlas. El autor presenta dos.

La razón y la meta

El primer método es uno en el que se usa la razón y propone enfrentar la decisión en pasos consecutivos.

Lo primero que debe hacerse en ponerse frente a la decisión misma y sus opciones, para definirla y comprenderla. Se trata de hacerla inteligible.

A continuación se trata de definir la meta que se persigue con tal decisión. No objetivos parciales o momentáneos, sino la meta mayor, la última y más grande. Conforme más vital sea la decisión, más elevada será esa meta.

Por ejemplo, para un creyente, como el autor, esa meta es complacer a Dios.

La reflexión

Conociendo la decisión y sabiendo la meta mayor de ella, sigue un paso de reflexión. En términos religiosos esto es igual a orar pidiendo a Dios que ilumine la decisión.

Para un no creyente, quizá esto sea una etapa de reflexión pausada. Otra de las partes de un buen método para tomar decisiones mejores.

Las consecuencias

El paso siguiente es hacer una lista de las opciones que se tienen y las consecuencias buenas y malas de cada una.

El mérito de hacer esto es reconocer de manera abierta que toda opción tiene desventajas, que ninguna es perfecta.

La meditación

Sigue otra etapa de meditación, ahora con más conocimiento. Para Martin, es una fase de oración volviendo s solicitar a Dios ayuda, pero también un momento de uso de la razón que permita ver la opción que lleve a la decisión que más consuelo, paz y gozo produce.

Las etapas anteriores parecerían indicar un resultado ya claro, la de decidir una de las varias opiniones, pero aún falta un paso más.

Martin señala que debe haber una confirmación, algo que suceda y que permita revalidar la decisión tomada, la que en verdad lleve a un estado personal de paz interior y no a uno de desolación.

Otra forma de tomar decisiones

El segundo método es uno que necesita de más imaginación que el anterior. Son tres posibles formas de imaginar situaciones personales que están destinadas a arrojar más luz sobre la decisión a tomar.

La consulta de otro

Imaginar que un desconocido acude a nosotros en busca de consejos. Nos presenta la decisión que tiene frente a sí, que es la misma decisión nuestra, y a continuación le damos los mejores consejos de los que somos capaces.

La muerte muy cercana

Imaginar otra posibilidad, la de estar uno a punto de morir. Sabiendo eso, imaginar que se recuerda el momento pasado en el que se tomó la decisión que se enfrenta y preguntarnos cuál de las opciones deberíamos haber tomado.

La rendición de cuentas

Y, finalmente, imaginar un momento después de la muerte. Está uno frente a Dios, en el momento del Juicio Final y uno debe explicar el por qué de la decisión tomada.

Efectos en el interior de la persona

Ahora es ya absolutamente claro en gran valor que lo escrito por Martin tiene. Ha puesto toda su atención en las decisiones tomadas por las personas y los efectos que ellas tienen en quien decide.

Sí, las decisiones tienen efectos externos, pero la atención de Martin es en la persona misma. Una condición esencial de todo buen método para tomar mejores decisiones.

Es usual que los sistemas que se recomiendan para tomar decisiones coloquen toda su atención en los efectos externos y sobre ellos valoren la calidad de la opción decidida.

El mérito del autor es recordar la otra parte, los efectos en la persona que decide. Por eso distingue entre las decisiones que causan tranquilidad y paz, y las que producen inquietud y desasosiego.

Eso detrás de la decisión

Hay más en todo este proceso de discernimiento, de toma de decisiones. Debe verse el espíritu que anima a la decisión, su bondad o maldad, su salud o enfermedad, su corrección o desviación.

Para el religioso, es un asunto de distinguir entre una decisión de Dios o una decisión del mundo.

Para determinar eso que está detrás de la decisión, el autor expone varios principios o aspectos que deben ser considerados.

Malas decisiones posteriores

Aceptar que una mala decisión anterior lleva a tomar decisiones posteriores también malas, como una especie de incentivo en la misma dirección de la decisión anterior.

Si ella ha sido buena, la siguiente tenderá a serlo también; y lo opuesto, incluso dando una apariencia de placer. Son los efectos no intencionales de la primera decisión.

No en momentos malos ni con malas influencias

Suspender el tomar decisiones en momentos de inquietud o desolación, cuando es probable que un mal espíritu se imponga y lleve a una decisión mala.

Aprender a reconocer esas malas influencias en los momentos de la toma de decisiones. Los malos ánimos se aparecen de muy diversas maneras.

Los malos espíritus tienen la conducta propia de un niño caprichoso, que adquiere fuerza frente a la debilidad, pero se torna débil frente a la fortaleza.

También, los malos espíritus suelen comportarse como un amante falso. Uno que engaña, intranquiliza, crea dudas y quiere mantenerse en secreto.

También, las decisiones pueden estar afectadas por ánimos que se comportan como generales de un ejército. Un militar que piensa estratégicamente, reconociendo los terrenos, preparado para atacar en momentos de debilidad y en los flancos descuidados.

E, incluso, los malos ánimos pueden tomar la apariencia de benignidad y bondad, engañando a quien toma la decisión.

Aceptar la realidad

Aceptar que la decisión tiene consecuencias y aspectos que no son todos placenteros. No hay una decisión ideal, en la que pueden reunirse todas las ventajas y rehuirse todas las desventajas.

Una vez tomada la decisión, debe existir pleno conocimiento de aceptar sus desventajas.

Resumen

Lo que ha hecho el autor es en primera apariencia algo de utilidad práctica, presentar un método para la toma de decisiones mejores.

Un sistema tomado de los escritos de san Ignacio de Loyola y que se practica en la orden por él fundada.

Pero visto de manera más profunda es un sistema distinto al usual. Los usuales estudian las consecuencias externas de las decisiones y así determinan si fue una decisión acertada o no.

El sistema explicado por Martin es desacostumbrado: pone atención en las consecuencias internas de quien toma las decisiones.

Su atención está en la persona que decide, las consecuencias internas de las decisiones y, muy notablemente, en la naturaleza humana. Incluso para quienes no son religiosos, el sistema tiene un valor extraordinario.

Bonus track: más sobre decisiones difíciles y cómo tomarlas.

La decisión de aprobar medicinas

Por Leonardo Girondella Mora –   9 abril, 2008

Decisiones con consecuencias

Uno de los puntos centrales que esta página ha sostenido es el de la existencia de dilemas, o decisiones que significan aceptar consecuencias negativas —pero que en su saldo final son las mejores.

Por ejemplo, negarse a aplicar la pena de muerte alegando que no se tiene derecho a matar a nadie es una decisión que no es «limpia” —tiene consecuencias negativas: las muertes de personas inocentes que se habrían prevenido en caso de aplicar ese castigo máximo. El tema fue examinado en El dilema de la pena de muerte: a favor y en contra.

Otro examen aún más sugerente de decisiones difíciles, es el presentado en El dilema de usar la bomba, donde se examinaron las consecuencias de las dos decisiones posibles: tirar o no las bombas en Japón en la Segunda Guerra. En El Dilema del Interrogatorio, se exploró la gran decisión de usar o no métodos fuertes de interrogación a terroristas.

El dilema de la aprobación de medicinas

Quiero ahora, por mi parte, explorar otro dilema, el de la aprobación de medicinas—el modelo seguido por la FDA en los EEUU y comenzando por reconocer una realidad: ningún medicamento es absolutamente seguro para todos en todo momento.

Con esto se llega al núcleo del problema y que es el de qué tan segura debe ser una medicina para ser aprobada. Un caso claro que ilustra la necesidad de un método para tomar mejores decisiones.

Un ejemplo ayuda a entender la decisión: el medicamento X tiene estudios que muestran que cura la enfermedad Y en el 67% de los casos. Sin embargo, los estudios muestran también que el mismo medicamento tiene riesgos de producir cáncer en el 10% de los pacientes.

La decisión a tomar es la de aprobar o no el uso del medicamento, permitiendo su producción y distribución para uso masivo.

  • Para algunos, la decisión sería relativamente simple: el medicamento podría ser distribuido sin limitaciones pero señalando los riesgos —cada paciente y cada médico decidirán su uso. 
  • Para otros, la decisión no debe ser libre, sino del gobierno, el que por medio de una institución tiene la última palabra para aprobar o no la venta.

Este último mecanismo de aprobación incorpora un incentivo distinto al de la libertad individual —los burócratas se abstendrán de aprobar medicinas con riesgos que consideren altos para su propia reputación, no la salud de los pacientes.

Una medicina aprobada que resulte de riesgo elevado tenderá a ser no permitida a pesar de que ella tenga una alta efectividad en el tratamiento de una enfermedad. Una decisión afectada por aspectos personales.

La diferencia es elemental entre ambos enfoques —en uno, la decisión es del paciente y del médico bajo las condiciones propias del caso específico; en el otro, la decisión es general con una alta inclinación a aprobar medicinas de muy escasos riesgos aplicables al universo. Este es el dilema a resolver: ¿cuál de los dos enfoques seguir?

Consecuencias

El de la libertad de uso producirá más enfermos que sanarán, aunque seguramente habrá más personas afectadas por los riesgos colaterales de la medicina.

En el otro caso habrá menos enfermos que sanarán y seguramente menos personas afectadas por los riesgos colaterales. No es una decisión sencilla de tomar.

Podría hacerse una investigación de consecuencias entre los dos enfoques para seleccionar el que mejores resultados dé —pero siempre comprendiendo que no hay una solución perfecta.

Sin embargo, ese estudio en sí mismo no sería el único a considerar porque en el enfoque de la aprobación gubernamental de medicamentos hay más consecuencias de las que aparecen a primera vista.

Efectos no intencionales

La aprobación gubernamental de las medicinas, al enfatizar medicamentos con menores riesgos colaterales provocará una reducción general del número de medicinas permitidas.

Esto sucedió en EEUU: de 1962 a 1979, la introducción de medicamentos se redujo en más de la mitad. El efecto neto de esto es un número general de enfermos no sanados, independientemente de la enfermedad concreta: más muertos, inválidos e incapacitados que podrían haberse evitado.

Un sistema de aprobación medicinal con más énfasis en evitar riesgos colaterales tiene otra consecuencia —la de elevar el costo de investigación y desarrollo de medicamentos: más tiempo de desarrollo y menos medicamentos.

Las cifras muestran eso en los EEUU: de los años 50-60 a finales de los 70, el costo creció cien veces y el tiempo se cuadruplicó. Las medicinas son entonces más caras, menos accesibles a pacientes; el tiempo de espera es mayor; y las enfermedades poco comunes tenderán a ser ignoradas.

Ahora sí es posible tener una mejor idea de las consecuencias que cada decisión implica —entre las dos, deberá seleccionarse una sabiendo que ninguna es perfecta.

Las dos tienen consecuencias negativas y, por tanto, el criterio central seguramente será el de las menores consecuencias negativas netas.

Por lo pronto, creo haber demostrado que existen indicaciones de que el tema es intrincado y que aceptar la opción de la supervisión gubernamental no es necesariamente el mejor camino —aunque sea la opinión políticamente correcta.

Notas

Los datos de las medicinas en EEUU fueron tomados de Murphy, Robert P. (2007). The Politically Incorrect Guide To Capitalism. Washington DC. Regnery. 9781596985049, pp 69 y 70.

[La columna fue revisada en 2019-11]