Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cambiar y Seguir Igual
Eduardo García Gaspar
3 marzo 2015
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Un sillón como instrumento científico. Una copa como ayuda de laboratorio. androjo

Formas de ayudar a pensar. Ponerse cómodo y tomar un suceso cualquiera.

Cuanto más pedestre mejor. Y de él tratar de llegar a conclusiones.

Un método de aprendizaje.

Un niño de cinco años. Tiene su alcancía y gusta recibir monedas. Alguien le da cuatro monedas de 25 centavos. Otro le da dos monedas de un peso.

El niño piensa que quien le dio las cuatro monedas le ha dado también más dinero. Pintoresco, curioso, agradable.

Pero eso puede estar enseñándonos algo. O varias cosas tal vez. Una de ellas es que no pensamos que el niño se quedará para siempre pensado que cuatro monedas de 25 centavos es más que dos de un peso.

Presuponemos que ese niño cambiará y llegará a entender el valor de cada moneda, el sumar y el ir más allá de las apariencias.

Si nos imaginamos al niño, ahora con 10 años, y le damos cuatro monedas de 25 centavos, de seguro sabrá que eso es igual a un peso y quizá nos pida cuatro monedas, pero de un peso cada una. Y esto es muy llamativo si ponemos atención en lo que ha sucedido.

Lo que ha pasado es que ha habido un cambio en ese niño. Y, más aún, el cambio por el que ha pasado requiere necesariamente que pensemos que es el mismo niño que antes quería cuatro monedas y no dos. Si no es el mismo niño, la idea de cambio desaparece.

Tiene que ser el mismo ser para que pueda hablarse de cambio. Por obvio que sea, esto merece ser recordado. Gracias a que hay una idea de ser el mismo es que podemos decir que estamos perdiendo pelo, que nos han operado del apéndice y que hemos llegado a un bar para tomar una copa con los amigos.

Existe, por tanto, algo en nosotros que cambia y que no altera nuestra esencia. Seguimos siendo los mismos aún después de haber bajado 20 kilos de peso. Los mismos incluso si vamos vestidos con camisa hawaiana. Los mismos aunque nos encontremos en Madrid o en Buenos Aires.

Quizá otra copa y llegaremos a pensar en que hay algo en todo eso que podemos llamar potencialidades. Algo interno que representa un poder hacer algo.

El niño de las monedas puede llegar a ser un abuelo tacaño y cascarrabias que trata de convencer a los nietos de que es mejor tener dos monedas de 25 centavos que una de un peso.

Las potencialidades las tenemos dentro. Manteniendo el mismo ser que somos podemos ser y hacer. Quizá un pintor famoso, o un abogado, o un trabajador de fábrica, o un taxista y muchas cosas más. Todo eso está encerrado en nuestro ser propio.

Y esto nos lleva a hacer una pregunta, la de desde cuándo entran a nosotros esas capacidades. El niño de las monedas tenía desde antes el potencial de contar y también el de reconocer su valor y el de ser un financiero más tarde. ¿Desde cuándo tenemos esas potencialidades?

La mejor respuesta, la más razonable, es desde que somos, desde que existimos. Desde que tenemos un potencial general de cambiar manteniéndonos como nosotros mismos. Lo que nos lleva a otra pregunta, la de desde cuándo somos y existimos.

La respuesta es obvia, aunque en estos tiempos haya sido preferible ignorarla. Obviamente somos y existimos desde nuestra concepción. Desde ese momento mismo somos y tenemos las potencialidades. Las de ser y hacer manteniendo la misma identidad.

Lo que nos regresa a la misma idea de antes: sabemos que cambiamos porque seguimos siendo los mismos. Un tanto paradójico en apariencia, pero inevitable.

La única posibilidad de reconocer cambios es reconocer también identidad igual. Es la manera única en la que un calvo puede reconocerse en el espejo.

Todo muy bien, pero hay un problema, el de cuándo somos capaces de reconocer que somos una entidad, una persona. Es obvio que un bebé no la tiene. Tampoco un feto, ni un cigoto.

Esa es una de sus potencialidades, la que quizá no se desarrolle en casos extremos de atraso mental, pero que no quita existencia e identidad al ser.

En fin, creo haber demostrado la posibilidad de que el más pequeño de los sucesos que vivimos o que sabemos es una oportunidad para ponerse a pensar y dejarnos llevar por las ideas.

Si lo hacemos con cierta disciplina, el camino nos dará sorpresas que no se encuentran en la televisión.

Post Scriptum

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