Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Dios Deseable
Leonardo Girondella Mora
29 mayo 2017
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Uno de tantos correos electrónicos, que se reciben sin solicitarlos, llamó mi atención —no como calidad de contenido, sino como oportunidad de análisis y de uso de la razón.

El tema es el Dios que la persona quiere, la Divinidad deseable que quisiera tener cualquiera, expresado en las palabras que ese Dios hubiera dirigido a los humanos —lo que examino en lo que sigue, no como un tema teológico sino como uno de razonamiento.

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Según ese correo, el Dios mejor hubiera hablado diciendo:

«Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti. ¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa. Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti».

¿Suena bien? Claro, pero no se sostiene. Montañas, bosques y ríos también pueden ser lúgubres, tristes y fríos; y los templos pueden ser alegres, bellos, cálidos. La comparación es débil.

Los templos se construyeron para Dios, son un tributo a Dios y no pueden ser despreciados sin mayor consideración —siendo lugares sagrados, consagrados, especiales para Dios.

En otra parte, el Dios que se desea dice:

«Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito… ¡No me encontrarás en ningún libro!»

Esto es insensato: Dios dice que no se haga caso a lo que dice —escribe o habla ordenado que se ignore lo que escribe o habla. Es absurdo.

Más adelante, continúa hablando el Dios que se desea:

«Yo no te juzgo, ni te crítico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor. Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice… yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias… de libre albedrío».

El texto supone a un Dios que crea a la persona y la abandona pidiéndole que se comporte como quiera, sin aspiraciones, sin ideales —que siga sus pasiones y sus sentimientos, incluso sus «incoherencias».

No es algo que tenga mucho sentido. ¿Dirían eso mismo los padres que han engendrado hijos? No resulta lógico, al contrario, se preocuparían por ellos.

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En otra parte, el Dios deseable, dice que:

«Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti. Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti».

Tampoco tiene sentido solicitar el olvido de todo mandamiento y ley al mismo tiempo que se da uno, el respetar a los demás y no hacerles lo que uno no querría que otros le hicieran —una contradicción.

También, ese Dios escribe:

«Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas […] No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.».

Es curioso que Dios, que es eterno por definición, diga que esta vida temporal es todo lo que existe y luego diga que no sabe si hay otra vida —llamando a un desprecio de la eternidad en la que él existe.

Y sigue hablando ese Dios, ahora en caso de que existe la vida eterna —al llegar cada persona al paraíso:

«[…] no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?… ¿Te divertiste? ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste?…»

Por supuesto, eso sería fantástico, como una escuela sin necesidad de estudiar, o un ingreso sin requisito de trabajar —una invitación a la irresponsabilidad.

Cerca del final, sigue Dios escribiendo:

«Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar».

Con independencia de los lugares comunes, aquí se repite la carencia de lógica: Dios da instrucciones diciendo que no se crea en él, es decir, las instrucciones sobran y también la razón. Todo se reduce a sentimientos.

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Lo que he tratado de hacer es examinar un texto que supongo tenga un atractivo inicial importante para demasiados —pero que si es examinado con un poquito de mayor profundidad exhibe problemas de falta de lógica interna.

Los asuntos teológicos los he ignorado por no sentirme capacitado en ese campo —solo he querido examinar los errores de razonamiento, que hacen al menos rebatible lo que dice ese texto.

Nota del Editor

Creo que resulta aconsejable la columna Una Invención Incómoda, en la que se expone la idea de que si Dios fuera una invención humana habríamos inventado un Dios más cómodo y dúctil a nuestros deseos. Un Dios como el que pide ese texto examinado por Girondella.

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