grandes ideas

La buena igualdad. La de idéntica dignidad que es fuente de derechos iguales previos a la sociedad y al gobierno. La buena desigualdad también es buena. Tiene consecuencias positivas para todos.

Introducción

El tema de la buena igualdad y la buena desigualdad. De las dos salen consecuencias benéficas. Eso afirma el Catecismo Católico. Una idea fascinante.

El libro consultado para esta fue Iglesia Católica,  Catecismo, Madrid. Asociación de editores del catecismo, «Justicia Social», pp 430-434, nos. 1928-1948.

El libro comienza con una idea muy específica y concreta. La de la dignidad trascendente de la persona. En pocas palabras, la persona humana es el último fin de la sociedad.

La justificación de la sociedad es la persona. Ella es un ser merecedor de respeto pues tiene derechos que se derivan de su dignidad.

Es decir, el punto de partida es la idea de la persona humana como poseedora de dignidad y, por eso, merecedora de respeto. Es la idea de que la buena igualdad por idéntica dignidad tiene implicaciones serias. Más tarde se tratará a la buena desigualdad y sus consecuencias.

Derechos antes que sociedad

Esos derechos de la persona son anteriores a la sociedad, lo que quiere decir que los derechos de la persona se imponen sobre la sociedad.

Más aún, la misma legitimidad moral del gobierno está sustentada en esos derechos de la persona, derivados de su dignidad. Es el efecto de la buena igualdad.

Es posible, por tanto, concluir que si se diera el caso de una autoridad que despreciara o ignorara esos derechos de la persona, se estaría frente a un gobierno que ataca a su propia legitimidad moral.

La autoridad que deja de respetar con sus acciones esos derechos solo puede recurrir a la fuerza si es que quiere que los ciudadanos la obedezcan. La violencia es el recurso del gobierno que viola la dignidad de la persona.

Y la Iglesia tiene el deber de recordar esos derechos provenientes de la dignidad humana. Pero distinguiendo esos derechos de reivindicaciones o activismos que sea falsos y abusivos.

La persona humana es digna en sí misma. De esta dignidad se derivan derechos que deben ser respetados y que se imponen sobre la sociedad.

La sociedad y el gobierno están al servicio de la persona. No al revés. La buena igualdad tiene ese efectos innegable.

Buena igualdad: las personas iguales

Continúa el Catecismo diciendo que el respeto a la persona es un principio igual al que establece que cada persona debe considerar a su prójimo como otro yo Y dar atención primero a su vida y a la forma de vivirla con dignidad.

Resulta obvio que si cada persona es igualmente digna y tiene los mismos derechos, ello significa que yo entienda que los demás son iguales a mí.

Ninguna ley ni disposición del gobierno, por otro lado, puede ser el medio para hacer que desaparezcan prejuicios, actitudes y soberbias que dificultan la vida fraterna en sociedad.

La ley puede prohibir y castigar las violaciones de los derechos de la persona, pero no tiene la capacidad para entrar a corregir esas percepciones erróneas que evitan el trato fraterno.

Solo es posible remediar esos defectos por medio de la caridad, lo que equivale a tener la plena conciencia de que cada persona debe ser tratada como un hermano, especialmente los más necesitados.

Aún más, esa conducta de caridad fraterna debe ser extendida a las personas que piensan y actúan de manera diferente a nosotros. Este es el principio del perdón de las ofensas.

Pero no sólo eso. Tampoco es admisible el odio hacia la persona enemiga o contraria, No puede odiarse a la persona, aunque sí pueda odiarse el mal causado.

El paso adicional del Catecismo es la imposición de una obligación moral en cada persona, sin nadie que ejerza la fuerza para que esa obligación sea cumplida. Es la buena igualdad interiorizada.

Igualdad y desigualdad de las personas

Sobre las bases anteriores, el Catecismo inicia ahora el tratamiento del tema de las igualdades y de las diferencias entre las personas. Aquí se encuentra la idea de la buena desigualdad.

Como entrada, es natural de acuerdo a lo mencionado antes, que se considere que todas las personas tienen una misma naturaleza y un mismo origen.

Todos somos iguales, sin ninguna distinción. Todos hemos sido rescatados mediante el sacrificio de Cristo.

Nuestra buena igualdad, como se vio, proviene de la dignidad personal y de los derechos que emanan de esa dignidad. De esto es fácilmente concluido que es contraria a Dios la discriminación de los derechos fundamentales del hombre.

Por ejemplo, sobre bases como raza, color, lengua, sexo, posición social. Esta es una reiteración de la consecuencia lógica de la dignidad personal, pero hay algo más.

Dignidad igual, pero…

Somos iguales en esa dignidad. Pero no puede negarse que las personas difieren en aspectos como edad,  capacidad física, aptitudes intelectuales o morales.

Somos diferentes también en cuanto a las circunstancias que han influido en nuestra vida para nuestro beneficio o perjuicio. Somos desiguales en nuestra riqueza.

Las personas, en pocas palabras, no tenemos una igual distribución de talentos. Somos iguales en nuestra esencia pero no puede negarse la realidad, somos diferentes en muchos otros aspectos.

Somos iguales en dignidad esencial, pero somos diferentes en habilidades, edades, talentos circunstancias, fortuna. Y esta desigualdad es buena.

Desigualdad bienvenida

El Catecismo afirma que esta desigualdad es parte del plan de Dios, pues así cada persona recibe de los demás lo que ella necesita y no tiene.

Dios quiere que dependamos unos de otros. Ese plan es de la idea de que quienes gozan de talentos propios los lleven y extiendan los beneficios de esos talentos a los demás que los necesitan y no tienen.

Estos aspectos de la buena desigualdad son las causas que nos imponen obligaciones de magnanimidad, de benevolencia y de comunicación entre las personas. Las diferencias humanas son un incentivo para que las personas se enriquezcan unos a otros.

Visto de otra manera, no es voluntad de Dios que cada persona sea autosuficiente, que tenga todo lo que necesita, De esa manera, no podría practicarse la caridad.

Las diferencias entre las personas son de hecho parte del Plan Divino que intencionalmente impide que las personas sean independientes. Las personas, por ser diferentes, nos necesitamos unos a otros.

Amor al prójimo

Sobre lo anterior es que el Catecismo establece el principio de solidaridad, es decir, de amistad, de caridad, de trato fraterno, lo que es una exigencia humana.

Las diferencias entre las personas son, por tanto, una ocasión de acciones benevolentes, de ayuda a otros. De llevar lo que unos tienen a los que otros necesitan, de extender los beneficios de los talentos personales.

Más aún, afirma que los problemas de tipo socio-económico pueden ser solucionados solamente con la ayuda de todas las formas de solidaridad entre todas las personas sin importar su condición.

Debe haber solidaridad no solo entre ricos y pobres, sino también entre pobres y entre ricos. Al igual que entre naciones, de lo que depende la paz del mundo.

Termina esta exposición con el establecimiento de una función de la Iglesia Católica. Al difundir los llamados bienes espirituales se favorece también el desarrollo de los bienes temporales al que ha abierto vías nuevas.

La difusión de buenos hábitos y el cumplimiento de normas morales, por tanto, tiene un beneficio también terrenal. La igualdad es buena, pero también es buena la desigualdad.

Y una cosa más…

Hay más material sobre el tema en ContraPeso.info: igualdad.

[La columna fue revisada en 2019-08]